La lucha contra los incendios forestales en España cuenta con una vanguardia de élite: el Grupo 43 del Ejército del Aire y del Espacio. Desde su base en Torrejón de Ardoz, estos profesionales operan los emblemáticos hidroaviones Canadair, aeronaves diseñadas con una configuración de ala alta para proteger sus motores del agua durante los amerizajes. Su misión exige un perfil de vuelo extremadamente complejo, operando a escasos metros del suelo y enfrentándose a turbulencias, cables de alta tensión y obstáculos geográficos que obligan a una vigilancia constante de «seis ojos» en cabina.. El Canadair, específicamente el modelo 215T (donde la «T» indica su modernización a motores turboélice), es una máquina de precisión hidrodinámica. A diferencia de otros aviones, no necesita regresar a una pista para repostar su carga extintora. Mediante dos pequeñas sondas del tamaño de una mano, el avión es capaz de ingerir 6.000 litros de agua en tan solo diez segundos mientras se desplaza sobre la superficie de un embalse. Este proceso se realiza por presión hidrodinámica, sin sistemas de succión, lo que permite multiplicar las descargas sobre el foco del incendio aprovechando puntos de agua cercanos.. Un bombardero de agua en entornos críticos. En el interior, la aeronave funciona como un auténtico barco. Su quilla está diseñada para resistir el impacto con el agua, y cuenta incluso con una escotilla en el morro y un ancla para operar desde puertos marítimos. La cabina, descrita por los propios pilotos como un «bombardero de la Segunda Guerra Mundial» por su instrumentación analógica, requiere una coordinación total entre los dos pilotos y el mecánico de vuelo. Mientras uno maneja los mandos, otro controla la potencia y el tercero supervisa los sistemas, una división de tareas esencial cuando se vuela de forma puramente visual.. La capacidad de ataque es demoledora: el avión puede liberar sus seis toneladas de agua de forma simultánea a través de dos compuertas principales. En apenas un segundo, el contenido de los depósitos, que puede mezclarse con agentes espumantes para mayor efectividad, cae sobre las llamas. Debido al estrés físico y mental que supone este tipo de vuelo, los pilotos tienen una limitación estricta de nueve horas de vuelo diarias durante el verano, época en la que la unidad se despliega por toda la península para garantizar una respuesta inmediata ante cualquier emergencia.. El sobrenombre de «corsarios» no es casualidad. En el argot aeronáutico, volar saltándose los procedimientos estándar por necesidad de la misión suele calificarse como «pirata». Sin embargo, al realizar estas maniobras bajo el respaldo de la ley y por el interés nacional, estos pilotos han adoptado con orgullo el término de corsarios. Es una labor que va más allá del deber, formando una familia unida por el riesgo y la vocación de servicio que protege, cada año, el patrimonio natural de todos los españoles.
A bordo de un Canadair del Grupo 43, los pilotos del Ejército del Aire y del Espacio operan auténticos barcos voladores capaces de descargar seis toneladas de agua en apenas un segundo
La lucha contra los incendios forestales en España cuenta con una vanguardia de élite: el Grupo 43 del Ejército del Aire y del Espacio. Desde su base en Torrejón de Ardoz, estos profesionales operan los emblemáticos hidroaviones Canadair, aeronaves diseñadas con una configuración de ala alta para proteger sus motores del agua durante los amerizajes. Su misión exige un perfil de vuelo extremadamente complejo, operando a escasos metros del suelo y enfrentándose a turbulencias, cables de alta tensión y obstáculos geográficos que obligan a una vigilancia constante de «seis ojos» en cabina.. El Canadair, específicamente el modelo 215T (donde la «T» indica su modernización a motores turboélice), es una máquina de precisión hidrodinámica. A diferencia de otros aviones, no necesita regresar a una pista para repostar su carga extintora. Mediante dos pequeñas sondas del tamaño de una mano, el avión es capaz de ingerir 6.000 litros de agua en tan solo diez segundos mientras se desplaza sobre la superficie de un embalse. Este proceso se realiza por presión hidrodinámica, sin sistemas de succión, lo que permite multiplicar las descargas sobre el foco del incendio aprovechando puntos de agua cercanos.. Un bombardero de agua en entornos críticos. En el interior, la aeronave funciona como un auténtico barco. Su quilla está diseñada para resistir el impacto con el agua, y cuenta incluso con una escotilla en el morro y un ancla para operar desde puertos marítimos. La cabina, descrita por los propios pilotos como un «bombardero de la Segunda Guerra Mundial» por su instrumentación analógica, requiere una coordinación total entre los dos pilotos y el mecánico de vuelo. Mientras uno maneja los mandos, otro controla la potencia y el tercero supervisa los sistemas, una división de tareas esencial cuando se vuela de forma puramente visual.. La capacidad de ataque es demoledora: el avión puede liberar sus seis toneladas de agua de forma simultánea a través de dos compuertas principales. En apenas un segundo, el contenido de los depósitos, que puede mezclarse con agentes espumantes para mayor efectividad, cae sobre las llamas. Debido al estrés físico y mental que supone este tipo de vuelo, los pilotos tienen una limitación estricta de nueve horas de vuelo diarias durante el verano, época en la que la unidad se despliega por toda la península para garantizar una respuesta inmediata ante cualquier emergencia.. El sobrenombre de «corsarios» no es casualidad. En el argot aeronáutico, volar saltándose los procedimientos estándar por necesidad de la misión suele calificarse como «pirata». Sin embargo, al realizar estas maniobras bajo el respaldo de la ley y por el interés nacional, estos pilotos han adoptado con orgullo el término de corsarios. Es una labor que va más allá del deber, formando una familia unida por el riesgo y la vocación de servicio que protege, cada año, el patrimonio natural de todos los españoles.
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