El silencio en Aljaraque estuvo ayer más presente que nunca. El municipio onubense, que aún intenta despertar de la pesadilla que comenzó el pasado domingo en las vías ferroviarias de Adamuz, se detuvo para despedir a cuatro de sus vecinos. El matrimonio formado por Pepe Zamorano y Cristina Álvarez, su hijo Pepe, de tan solo 12 años, y su sobrino Félix, de 23, recibieron el último adiós en una ceremonia multitudinaria a la que no faltaron familiares, amigos, vecinos y representantes institucionales.. El escenario de esta despedida fue el Pabellón de Deportes Juan Manuel Orta Prieto. Convertido desde la noche del miércoles en capilla ardiente, el recinto deportivo se transformó en una iglesia cuyo altar improvisado presidía la Virgen de los Remedios de Aljaraque. Enfrente, los cuatro féretros alineados y, ante ellos, una foto de cada uno de los fallecidos. Una imagen que resumía la magnitud de un accidente que ha dejado una única y pequeña superviviente: Cristina, la hija de seis años del matrimonio.. La llegada de los restos mortales desde Córdoba, pasadas las 22:00 horas del miércoles, marcó el inicio de una vigilia ininterrumpida. Durante toda la madrugada, un goteo constante de vecinos, amigos y allegados desfiló ante los ataúdes rodeados de un mar de coronas de flores. El dispositivo, organizado por la Policía Local, Protección Civil y la Guardia Civil, permitió que la despedida fuera ordenada.. Aljaraque, una localidad de 22.000 habitantes, amaneció ayer con el corazón encogido. Los rostros de cansancio por la vela se mezclaban con la incredulidad persistente por lo sucedido: la pérdida de una familia querida y profundamente arraigada en la vida social del municipio y de la cercana Punta Umbría.. A las 11:00 horas comenzó la misa funeral, oficiada por el padre Emilio Rodríguez Claudio, en la que la fe trataba de poner consuelo a una tragedia inexplicable: «No se buscan explicaciones, sino poner la vida, el dolor y la esperanza en manos de Dios… La muerte no tiene la última palabra», pronunció. En los bancos de autoridades, la representación fue amplia: el alcalde de Aljaraque, Adrián Cano; el presidente de la Diputación de Huelva, David Toscano; y la consejera de Inclusión Social de la Junta de Andalucía, Loles López, entre otros. También estuvo presente Juan Carlos Hernández Cansino, alcalde de Punta Umbría, reflejando el duelo compartido con la localidad donde Cristina Álvarez tenía sus raíces y regentaba una tienda de ropa.. Sin embargo, el protagonismo no fue para las autoridades, sino para el pueblo y, especialmente, para los más jóvenes. Los antiguos compañeros de Pepe en el colegio Antonio Guerrero –desde el día 8 de enero cursaba estudios en el centro Entrepinos– quisieron rendir a su amigo un emotivo homenaje que marcó el final del funeral. Ese cierre se convirtió, quizás, en el momento más sobrecogedor de la ceremonia. Mientras los féretros eran portados hacia el exterior para ser trasladados al crematorio, el silencio que había reinado durante la misa se rompió por el sonido de los sollozos contenidos. Allí, esos compañeros y amigos sostenían globos blancos, símbolo de inocencia y de paz.. Bajo el lema «Pepe, tus amigos siempre te llevarán en su corazón», los compañeros del pequeño lanzaron esos globos al cielo onubense. Las esferas blancas se fueron elevando y perdiéndose en el azul del cielo a medida que los coches fúnebres iniciaban su marcha.. Más allá de los tres días de luto oficial, el municipio queda ahora con la tarea de procesar un trauma que perdurará siempre. La mención a Tamara Valdés, vecina del barrio aljaraqueño de Bellavista también fallecida en el contexto de esta tragedia, recordó que el dolor se extiende por diversos núcleos de población.. En la mente de todos está también la pequeña Cristina. La niña de seis años, única superviviente del grupo familiar que viajó a Madrid el fin de semana pasado para disfrutar de un regalo de Reyes, se convierte ahora en el símbolo de la resiliencia y en la prioridad absoluta de una red familiar y vecinal que no la dejará sola.. Cristina compartió con su familia un anhelado viaje a la capital de España, que incluyó una visita al Estadio Santiago Bernabéu para Pepe, gran aficionado al fútbol y jugador de la cantera del Aljaraque S.D., y una tarde en la Gran Vía para asistir al musical de «El Rey León». Después llegó la tragedia camino de regreso a Huelva.. Aljaraque despidió ayer a cuatro de los suyos, pero la herida tardará en cerrar. El pabellón Juan Manuel Orta Prieto volverá a su actividad deportiva, pero en la memoria colectiva del pueblo siempre será el lugar donde, entre flores y globos blancos, un pueblo lloró unido por la pérdida de unos familiares, amigos o vecinos en la que ha sido la mayor tragedia de la historia reciente de la provincia de Huelva.
Aljaraque despide a la familia Zamorano-Álvarez en un último y doloroso adiós en el que participó todo el pueblo
El silencio en Aljaraque estuvo ayer más presente que nunca. El municipio onubense, que aún intenta despertar de la pesadilla que comenzó el pasado domingo en las vías ferroviarias de Adamuz, se detuvo para despedir a cuatro de sus vecinos. El matrimonio formado por Pepe Zamorano y Cristina Álvarez, su hijo Pepe, de tan solo 12 años, y su sobrino Félix, de 23, recibieron el último adiós en una ceremonia multitudinaria a la que no faltaron familiares, amigos, vecinos y representantes institucionales.. El escenario de esta despedida fue el Pabellón de Deportes Juan Manuel Orta Prieto. Convertido desde la noche del miércoles en capilla ardiente, el recinto deportivo se transformó en una iglesia cuyo altar improvisado presidía la Virgen de los Remedios de Aljaraque. Enfrente, los cuatro féretros alineados y, ante ellos, una foto de cada uno de los fallecidos. Una imagen que resumía la magnitud de un accidente que ha dejado una única y pequeña superviviente: Cristina, la hija de seis años del matrimonio.. La llegada de los restos mortales desde Córdoba, pasadas las 22:00 horas del miércoles, marcó el inicio de una vigilia ininterrumpida. Durante toda la madrugada, un goteo constante de vecinos, amigos y allegados desfiló ante los ataúdes rodeados de un mar de coronas de flores. El dispositivo, organizado por la Policía Local, Protección Civil y la Guardia Civil, permitió que la despedida fuera ordenada.. Aljaraque, una localidad de 22.000 habitantes, amaneció ayer con el corazón encogido. Los rostros de cansancio por la vela se mezclaban con la incredulidad persistente por lo sucedido: la pérdida de una familia querida y profundamente arraigada en la vida social del municipio y de la cercana Punta Umbría.. A las 11:00 horas comenzó la misa funeral, oficiada por el padre Emilio Rodríguez Claudio, en la que la fe trataba de poner consuelo a una tragedia inexplicable: «No se buscan explicaciones, sino poner la vida, el dolor y la esperanza en manos de Dios… La muerte no tiene la última palabra», pronunció. En los bancos de autoridades, la representación fue amplia: el alcalde de Aljaraque, Adrián Cano; el presidente de la Diputación de Huelva, David Toscano; y la consejera de Inclusión Social de la Junta de Andalucía, Loles López, entre otros. También estuvo presente Juan Carlos Hernández Cansino, alcalde de Punta Umbría, reflejando el duelo compartido con la localidad donde Cristina Álvarez tenía sus raíces y regentaba una tienda de ropa.. Sin embargo, el protagonismo no fue para las autoridades, sino para el pueblo y, especialmente, para los más jóvenes. Los antiguos compañeros de Pepe en el colegio Antonio Guerrero –desde el día 8 de enero cursaba estudios en el centro Entrepinos– quisieron rendir a su amigo un emotivo homenaje que marcó el final del funeral. Ese cierre se convirtió, quizás, en el momento más sobrecogedor de la ceremonia. Mientras los féretros eran portados hacia el exterior para ser trasladados al crematorio, el silencio que había reinado durante la misa se rompió por el sonido de los sollozos contenidos. Allí, esos compañeros y amigos sostenían globos blancos, símbolo de inocencia y de paz.. Bajo el lema «Pepe, tus amigos siempre te llevarán en su corazón», los compañeros del pequeño lanzaron esos globos al cielo onubense. Las esferas blancas se fueron elevando y perdiéndose en el azul del cielo a medida que los coches fúnebres iniciaban su marcha.. Más allá de los tres días de luto oficial, el municipio queda ahora con la tarea de procesar un trauma que perdurará siempre. La mención a Tamara Valdés, vecina del barrio aljaraqueño de Bellavista también fallecida en el contexto de esta tragedia, recordó que el dolor se extiende por diversos núcleos de población.. En la mente de todos está también la pequeña Cristina. La niña de seis años, única superviviente del grupo familiar que viajó a Madrid el fin de semana pasado para disfrutar de un regalo de Reyes, se convierte ahora en el símbolo de la resiliencia y en la prioridad absoluta de una red familiar y vecinal que no la dejará sola.. Cristina compartió con su familia un anhelado viaje a la capital de España, que incluyó una visita al Estadio Santiago Bernabéu para Pepe, gran aficionado al fútbol y jugador de la cantera del Aljaraque S.D., y una tarde en la Gran Vía para asistir al musical de «El Rey León». Después llegó la tragedia camino de regreso a Huelva.. Aljaraque despidió ayer a cuatro de los suyos, pero la herida tardará en cerrar. El pabellón Juan Manuel Orta Prieto volverá a su actividad deportiva, pero en la memoria colectiva del pueblo siempre será el lugar donde, entre flores y globos blancos, un pueblo lloró unido por la pérdida de unos familiares, amigos o vecinos en la que ha sido la mayor tragedia de la historia reciente de la provincia de Huelva.
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