La presentación de Morante. Punto y aparte (Espasa), el último libro de Rubén Amón, se convirtió anoche en algo más que un acto editorial. Fue, sin pretenderlo, una escenificación elocuente de la tauromaquia que atraviesa un tiempo de interrogantes, silencios y ausencias que dicen más que cualquier discurso.. El salón, lleno. Las sillas, ocupadas. Todas menos una. La que estaba reservada para Morante de la Puebla. El torero había confirmado su presencia, pero no llegó. Y esa silla vacía —dispuesta, visible, imposible de ignorar— terminó por convertirse en el verdadero centro de gravedad del acto. Un símbolo involuntario pero poderoso: la baja del artista, la fragilidad del genio, la incógnita abierta de una temporada que asoma sin certezas y, tal vez, sin su figura más determinante.. Rubén Amón presentó su libro con la serenidad de quien sabe que ha escrito algo más que una temporada para la historia. Punto y aparte no clausura nada: abre preguntas. Acompañándole en la mesa estuvieron Elena Sánchez, de Televisión Española; Luis Enríquez, empresario y ejecutivo de los medios; y el periodista Fernando Bermejo, en una conversación que transitó entre la literatura, la tauromaquia y la condición humana de un torero que siempre ha desbordado el traje de luces.. Se habló de Morante como personaje cultural, como creador, como anomalía necesaria en un tiempo que tiende a la uniformidad. Se citó su manera de estar en el mundo, su relación con el miedo, la inspiración y el sufrimiento. Pero, paradójicamente, cuanto más se hablaba de él, más se agrandaba su ausencia física. No estaba Morante, pero estaba en todo.. La silla vacía operó como una metáfora brutalmente honesta. No hubo necesidad de subrayarla. Nadie la explicó. Simplemente estaba ahí, recordando que el toreo —como el arte— no se rige por calendarios ni compromisos, sino por estados del alma. Que hay genios que comparecen cuando pueden y desaparecen cuando no.. Al terminar el acto, la sensación era compartida: se había presentado un libro, sí, pero también se había asistido a un presagio. Quizá solo sea una ausencia puntual. O quizá —y solo quizá— estemos asomándonos a una temporada sin Morante en los ruedos. Un punto y aparte que, esta vez, no está escrito en papel, sino en una silla vacía.
Rubén Amón presenta el libro sobre el torero de La Puebla, que va por la quinta edición, con éxito de público y la ausencia del diestro sevillano
La presentación de Morante. Punto y aparte (Espasa), el último libro de Rubén Amón, se convirtió anoche en algo más que un acto editorial. Fue, sin pretenderlo, una escenificación elocuente de la tauromaquia que atraviesa un tiempo de interrogantes, silencios y ausencias que dicen más que cualquier discurso.. El salón, lleno. Las sillas, ocupadas. Todas menos una. La que estaba reservada para Morante de la Puebla. El torero había confirmado su presencia, pero no llegó. Y esa silla vacía —dispuesta, visible, imposible de ignorar— terminó por convertirse en el verdadero centro de gravedad del acto. Un símbolo involuntario pero poderoso: la baja del artista, la fragilidad del genio, la incógnita abierta de una temporada que asoma sin certezas y, tal vez, sin su figura más determinante.. Rubén Amón presentó su libro con la serenidad de quien sabe que ha escrito algo más que una temporada para la historia. Punto y aparte no clausura nada: abre preguntas. Acompañándole en la mesa estuvieron Elena Sánchez, de Televisión Española; Luis Enríquez, empresario y ejecutivo de los medios; y el periodista Fernando Bermejo, en una conversación que transitó entre la literatura, la tauromaquia y la condición humana de un torero que siempre ha desbordado el traje de luces.. Se habló de Morante como personaje cultural, como creador, como anomalía necesaria en un tiempo que tiende a la uniformidad. Se citó su manera de estar en el mundo, su relación con el miedo, la inspiración y el sufrimiento. Pero, paradójicamente, cuanto más se hablaba de él, más se agrandaba su ausencia física. No estaba Morante, pero estaba en todo.. La silla vacía operó como una metáfora brutalmente honesta. No hubo necesidad de subrayarla. Nadie la explicó. Simplemente estaba ahí, recordando que el toreo —como el arte— no se rige por calendarios ni compromisos, sino por estados del alma. Que hay genios que comparecen cuando pueden y desaparecen cuando no.. Al terminar el acto, la sensación era compartida: se había presentado un libro, sí, pero también se había asistido a un presagio. Quizá solo sea una ausencia puntual. O quizá —y solo quizá— estemos asomándonos a una temporada sin Morante en los ruedos. Un punto y aparte que, esta vez, no está escrito en papel, sino en una silla vacía.
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