Carles Puigdemont ha vuelto a intervenir en el debate público español a través de las redes sociales, esta vez a propósito de una noticia que alertaba de un fenómeno cada vez más visible: la polarización política se ha instalado de forma estructural en España hasta el punto de romper amistades y fracturar familias. El expresident de la Generalitat retuiteó la información acompañándola de una reflexión extensa y poco habitual por su tono, en la que atribuye ese deterioro de la convivencia a una estrategia sostenida de “deshumanización” impulsada por buena parte del sistema mediático español.. Según Puigdemont, esa estrategia se activó con especial intensidad durante el procés independentista con un objetivo claro: neutralizar al independentismo catalán. “Todo vale”, sostiene, también hoy, porque quienes la pusieron en marcha “han comprobado su eficacia”. En su diagnóstico, años de informaciones sesgadas, tertulias incendiarias, artículos de opinión y desinformación masiva —“terabytes de desprecios, calumnias e insultos”— han acabado generando un poso tóxico que ahora ya no solo afecta a los independentistas, sino que se extiende al conjunto de la sociedad española.. La idea central de su reflexión es el llamado efecto «boomerang»: lo que en su día se utilizó para señalar y aislar a un adversario político concreto ha terminado por generalizarse como método. Puigdemont apunta a una cultura comunicativa basada en el enfrentamiento permanente que, además, ha inspirado a una nueva generación de influencers y agitadores —“algunos hacen comunicación, otros hacen política”— que han convertido el odio en su principal combustible. El resultado, advierte, es una degradación profunda de la calidad democrática y de la convivencia.. El mensaje conecta de forma directa con el contenido de la noticia que comparte: durante años se repitió de forma insistente que el procés había dividido Cataluña, que había provocado rupturas familiares y amistades rotas por motivos políticos. Ahora, subraya implícitamente Puigdemont, ese mismo fenómeno se constata a escala estatal. La polarización ya no sería una anomalía territorial, sino una característica del clima político español.. Sin embargo, la reflexión del expresident no ha quedado exenta de críticas. Muchos usuarios le reprochan que omita cualquier autocrítica sobre el papel que jugó el propio independentismo en ese clima de confrontación, especialmente desde las instituciones catalanas. En ese contexto, se recuerda con frecuencia el rol de TV3 durante los años álgidos del procés, una televisión pública acusada por amplios sectores de haber actuado como altavoz de una sola sensibilidad política y de haber discriminado, en términos de relato y representación, a más de la mitad de los catalanes que no eran independentistas.. Las críticas también alcanzan a las administraciones públicas catalanas de aquellos años, a las que se reprocha haber olvidado deliberadamente a los ciudadanos no independentistas, tanto en el discurso institucional como en determinadas políticas simbólicas. Para estos sectores, la deshumanización que Puigdemont denuncia no fue un fenómeno exclusivamente importado desde Madrid, sino un proceso que también se produjo dentro de Cataluña, alimentando una fractura social que aún hoy persiste.. Otro de los reproches más repetidos en respuesta a su reflexión tiene que ver con el llamado “cordón sanitario”. Algunos usuarios le recuerdan que Puigdemont mantiene una política de aislamiento explícito tanto hacia Vox como hacia Aliança Catalana, tratándolos como actores ilegítimos del sistema político. Para sus críticos, esa exclusión sistemática contribuye igualmente a la lógica del señalamiento y del odio que ahora denuncia.. En este punto, se añade además un dato recurrente en el debate público catalán: Vox y Aliança Catalana son los partidos que más agresiones sufren en Cataluña cuando organizan mítines o instalan puntos informativos en la vía pública. Sus simpatizantes y cargos suelen ser objeto habitual de insultos, boicots y ataques físicos, una realidad que, a juicio de sus defensores, contradice cualquier discurso que se presente como garante de la convivencia democrática.
El líder de Junts arremetió contra el odio y la polarización
Carles Puigdemont ha vuelto a intervenir en el debate público español a través de las redes sociales, esta vez a propósito de una noticia que alertaba de un fenómeno cada vez más visible: la polarización política se ha instalado de forma estructural en España hasta el punto de romper amistades y fracturar familias. El expresident de la Generalitat retuiteó la información acompañándola de una reflexión extensa y poco habitual por su tono, en la que atribuye ese deterioro de la convivencia a una estrategia sostenida de “deshumanización” impulsada por buena parte del sistema mediático español.. Según Puigdemont, esa estrategia se activó con especial intensidad durante el procés independentista con un objetivo claro: neutralizar al independentismo catalán. “Todo vale”, sostiene, también hoy, porque quienes la pusieron en marcha “han comprobado su eficacia”. En su diagnóstico, años de informaciones sesgadas, tertulias incendiarias, artículos de opinión y desinformación masiva —“terabytes de desprecios, calumnias e insultos”— han acabado generando un poso tóxico que ahora ya no solo afecta a los independentistas, sino que se extiende al conjunto de la sociedad española.. La idea central de su reflexión es el llamado efecto «boomerang»: lo que en su día se utilizó para señalar y aislar a un adversario político concreto ha terminado por generalizarse como método. Puigdemont apunta a una cultura comunicativa basada en el enfrentamiento permanente que, además, ha inspirado a una nueva generación de influencers y agitadores —“algunos hacen comunicación, otros hacen política”— que han convertido el odio en su principal combustible. El resultado, advierte, es una degradación profunda de la calidad democrática y de la convivencia.. El mensaje conecta de forma directa con el contenido de la noticia que comparte: durante años se repitió de forma insistente que el procés había dividido Cataluña, que había provocado rupturas familiares y amistades rotas por motivos políticos. Ahora, subraya implícitamente Puigdemont, ese mismo fenómeno se constata a escala estatal. La polarización ya no sería una anomalía territorial, sino una característica del clima político español.. Sin embargo, la reflexión del expresident no ha quedado exenta de críticas. Muchos usuarios le reprochan que omita cualquier autocrítica sobre el papel que jugó el propio independentismo en ese clima de confrontación, especialmente desde las instituciones catalanas. En ese contexto, se recuerda con frecuencia el rol de TV3 durante los años álgidos del procés, una televisión pública acusada por amplios sectores de haber actuado como altavoz de una sola sensibilidad política y de haber discriminado, en términos de relato y representación, a más de la mitad de los catalanes que no eran independentistas.. Las críticas también alcanzan a las administraciones públicas catalanas de aquellos años, a las que se reprocha haber olvidado deliberadamente a los ciudadanos no independentistas, tanto en el discurso institucional como en determinadas políticas simbólicas. Para estos sectores, la deshumanización que Puigdemont denuncia no fue un fenómeno exclusivamente importado desde Madrid, sino un proceso que también se produjo dentro de Cataluña, alimentando una fractura social que aún hoy persiste.. Otro de los reproches más repetidos en respuesta a su reflexión tiene que ver con el llamado “cordón sanitario”. Algunos usuarios le recuerdan que Puigdemont mantiene una política de aislamiento explícito tanto hacia Vox como hacia Aliança Catalana, tratándolos como actores ilegítimos del sistema político. Para sus críticos, esa exclusión sistemática contribuye igualmente a la lógica del señalamiento y del odio que ahora denuncia.. En este punto, se añade además un dato recurrente en el debate público catalán: Vox y Aliança Catalana son los partidos que más agresiones sufren en Cataluña cuando organizan mítines o instalan puntos informativos en la vía pública. Sus simpatizantes y cargos suelen ser objeto habitual de insultos, boicots y ataques físicos, una realidad que, a juicio de sus defensores, contradice cualquier discurso que se presente como garante de la convivencia democrática.
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