El ataque de Estados Unidos a Irán ha supuesto para Rusia un nuevo desafío en materia de política exterior. Mientras se producían los bombardeos en esta república islámica, Moscú lo condenaba de inmediato, calificándolo como una nueva desestabilización de Oriente Medio y una violación del derecho internacional por parte de Washington. Detrás esa retórica, el Kremlin ha sido prudente, evitando una intervención militar directa. Esta combinación de palabras duras y prudencia es solo el reflejo de un hecho: en apenas dos meses, dos socios cruciales para la proyección global rusa —Irán y Venezuela— han visto erosionadas sus posiciones, poniendo en entredicho la fuerza de la red internacional que el presidente Vladímir Putin ha ido construyendo durante la última década.. La relación entre Moscú y Teherán se había vuelto estratégica. Irán, que había sido un socio energético se convirtió también en un aliado político frente a las sanciones occidentales. Poco después del comienzo de la operación militar del Kremlin en el Donbás, Irán y Rusia intensificaron su cooperación tecnológica, logística y diplomática. En las votaciones internacionales, Moscú y Teherán mostraban su sintonía, creando la imagen de un nuevo eje antioccidental.. La crisis iraní suma otro golpe geopolítico a la estrategia internacional de Putin después del debilitamiento del Gobierno venezolano. Durante los últimos años, Nicolás Maduro ha sido uno de los principales aliados de Moscú en Latinoamérica. Rusia invirtió en petróleo venezolano, lo subvencionó y lo usó para proyectar poder en el hemisferio occidental. Más allá del dinero, el Kremlin demostraba que podía desafiar el poder estadounidense en su propia esfera de influencia. Pero lo ocurrido en Caracas nada más comenzar el año lo cambió todo. El golpe al régimen chavista supone para Rusia perder influencia en la región y un golpe a sus esfuerzos para convertirse en una potencia capaz de defender a sus aliados lejanos.. En el caso iraní, la variable regional añade otra dimensión. Moscú y Teherán han actuado conjuntamente en Siria, donde han apoyado durante años al gobierno de Damasco y han establecido una fuerte coordinación militar sobre el terreno. Eso generó confianza y forjó una cooperación que ahora se ve amenazada por la escalada en el Golfo Pérsico. Los ataques estadounidenses alteran esa ecuación, pero Rusia ha reafirmado su apoyo político a Irán en la medida de lo posible. Las sanciones y la guerra en Ucrania han debilitado al Kremlin y le dejan menos capacidad para otra guerra. Un respaldo militar abierto a Teherán le costaría a Moscú una escalada con Estados Unidos que no puede permitirse. De ahí que la reacción oficial haya sido retórica, llamamientos a la moderación y arreglos en foros multilaterales, pero sin promesas concretas de ayuda.. Aunque parece que para Moscú “no hay mal que por bien no venga”, ya que el temor a una interrupción del tráfico de petróleo por el estrecho de Ormuz ha disparado las previsiones de una fuerte subida de esta materia prima. Algunos analistas ya advierten de que el barril podría superar los 110 dólares si la vía permanece cerrada. Una caída de la oferta mundial haría temblar el mercado energético. Para Rusia, como productor de petróleo, unos precios altos sostenidos aliviarían parte de la presión sobre las finanzas por las sanciones occidentales. El petróleo ruso, que se vende con descuento en mercados asiáticos, podría volver a ser competitivo. Países como India, que dependen del estrecho de Ormuz, podrían incrementar sus compras a Moscú si empeora la situación en la región. Esta ambigüedad muestra lo complicado que es el caso ruso. Por un lado, la debilidad de Venezuela e Irán deteriora su sistema de alianzas y cuestiona su proyección internacional. Por el otro, la volatilidad del mercado energético le puede proporcionar oxígeno para reforzar su resistencia frente a Occidente. La política exterior rusa oscila entre hacerse pasar por una potencia mundial y admitir sus limitaciones económicas y militares. Vladímir Putin lleva años vendiendo una Rusia pacificadora, defensora de un mundo multipolar. Pero la historia y la guerra van revelando lo costoso que va a resultar sostener ese relato.. A corto plazo, Moscú seguirá aprovechando los canales diplomáticos para denunciar la ofensiva estadounidense y tratar de lograr condenas en foros internacionales. También puede fortalecer la coordinación con socios como China para crear un frente unido contra Washington. Pero el juicio del Kremlin hasta ahora es el de evitar cualquier cosa que lo pueda arrastrar a un conflicto directo. Con dos socios clave en problemas, Moscú debe reajustar su política exterior en un momento en que las oportunidades económicas chocan con riesgos geopolíticos.
El ataque de Estados Unidos a Irán ha supuesto para Rusia un nuevo desafío en materia de política exterior. Mientras se producían los bombardeos en esta república islámica, Moscú lo condenaba de inmediato, calificándolo como una nueva desestabilización de Oriente Medio y una violación del derecho internacional por parte de Washington. Detrás esa retórica, el Kremlin ha sido prudente, evitando una intervención militar directa. Esta combinación de palabras duras y prudencia es solo el reflejo de un hecho: en apenas dos meses, dos socios cruciales para la proyección global rusa —Irán y Venezuela— han visto erosionadas sus posiciones, poniendo en entredicho la fuerza de la red internacional que el presidente Vladímir Putin ha ido construyendo durante la última década.. La relación entre Moscú y Teherán se había vuelto estratégica. Irán, que había sido un socio energético se convirtió también en un aliado político frente a las sanciones occidentales. Poco después del comienzo de la operación militar del Kremlin en el Donbás, Irán y Rusia intensificaron su cooperación tecnológica, logística y diplomática. En las votaciones internacionales, Moscú y Teherán mostraban su sintonía, creando la imagen de un nuevo eje antioccidental.. La crisis iraní suma otro golpe geopolítico a la estrategia internacional de Putin después del debilitamiento del Gobierno venezolano. Durante los últimos años, Nicolás Maduro ha sido uno de los principales aliados de Moscú en Latinoamérica. Rusia invirtió en petróleo venezolano, lo subvencionó y lo usó para proyectar poder en el hemisferio occidental. Más allá del dinero, el Kremlin demostraba que podía desafiar el poder estadounidense en su propia esfera de influencia. Pero lo ocurrido en Caracas nada más comenzar el año lo cambió todo. El golpe al régimen chavista supone para Rusia perder influencia en la región y un golpe a sus esfuerzos para convertirse en una potencia capaz de defender a sus aliados lejanos.. En el caso iraní, la variable regional añade otra dimensión. Moscú y Teherán han actuado conjuntamente en Siria, donde han apoyado durante años al gobierno de Damasco y han establecido una fuerte coordinación militar sobre el terreno. Eso generó confianza y forjó una cooperación que ahora se ve amenazada por la escalada en el Golfo Pérsico. Los ataques estadounidenses alteran esa ecuación, pero Rusia ha reafirmado su apoyo político a Irán en la medida de lo posible. Las sanciones y la guerra en Ucrania han debilitado al Kremlin y le dejan menos capacidad para otra guerra. Un respaldo militar abierto a Teherán le costaría a Moscú una escalada con Estados Unidos que no puede permitirse. De ahí que la reacción oficial haya sido retórica, llamamientos a la moderación y arreglos en foros multilaterales, pero sin promesas concretas de ayuda.. Aunque parece que para Moscú “no hay mal que por bien no venga”, ya que el temor a una interrupción del tráfico de petróleo por el estrecho de Ormuz ha disparado las previsiones de una fuerte subida de esta materia prima. Algunos analistas ya advierten de que el barril podría superar los 110 dólares si la vía permanece cerrada. Una caída de la oferta mundial haría temblar el mercado energético. Para Rusia, como productor de petróleo, unos precios altos sostenidos aliviarían parte de la presión sobre las finanzas por las sanciones occidentales. El petróleo ruso, que se vende con descuento en mercados asiáticos, podría volver a ser competitivo. Países como India, que dependen del estrecho de Ormuz, podrían incrementar sus compras a Moscú si empeora la situación en la región. Esta ambigüedad muestra lo complicado que es el caso ruso. Por un lado, la debilidad de Venezuela e Irán deteriora su sistema de alianzas y cuestiona su proyección internacional. Por el otro, la volatilidad del mercado energético le puede proporcionar oxígeno para reforzar su resistencia frente a Occidente. La política exterior rusa oscila entre hacerse pasar por una potencia mundial y admitir sus limitaciones económicas y militares. Vladímir Putin lleva años vendiendo una Rusia pacificadora, defensora de un mundo multipolar. Pero la historia y la guerra van revelando lo costoso que va a resultar sostener ese relato.. A corto plazo, Moscú seguirá aprovechando los canales diplomáticos para denunciar la ofensiva estadounidense y tratar de lograr condenas en foros internacionales. También puede fortalecer la coordinación con socios como China para crear un frente unido contra Washington. Pero el juicio del Kremlin hasta ahora es el de evitar cualquier cosa que lo pueda arrastrar a un conflicto directo. Con dos socios clave en problemas, Moscú debe reajustar su política exterior en un momento en que las oportunidades económicas chocan con riesgos geopolíticos.
El golpe a Maduro y el ataque a Irán hacen que Rusia pierda aliados para su expansión pero también pueden beneficiarla
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