La segunda presidencia de Donald Trump parecía el verano pasado un trasatlántico que avanzaba imparable hacia la revolución global ultraconservadora y la demolición del orden internacional surgido de la II Guerra Mundial. Su potencial desestabilizador no ha desaparecido en absoluto, como demuestra la errática e improvisada guerra en Irán, las victorias de sus aliados en América Latina o el daño que todavía puede causar en las instituciones de Estados Unidos. Pero hoy, a menos de cuatro meses de las elecciones de medio mandato que pondrán a prueba las costuras de la democracia norteamericana, la Administración de Trump se encuentra empantanada en el plano interno en las arenas de la incompetencia y la corrupción, y en el exterior en aventuras fallidas y los desperfectos tal vez irreversibles que ha causado en sus alianzas internacionales.Seguir leyendo
La guerra en Irán, las extravagancias de Hegseth y los bulos sobre el fraude electoral muestran el desconcierto y la improvisación de Trump
editorialEs responsabilidad del director, y expresa la opinión del diario sobre asuntos de actualidad nacional o internacionalLa guerra en Irán, las extravagancias de Hegseth y los bulos sobre el fraude electoral muestran el desconcierto y la improvisación de TrumpEl presidente de EE UU, Donald Trump, rodeado de su operativo de seguridad a su llegada al aeropuerto en Dakota del Norte, el pasado 1 de julio. Evan Vucci (REUTERS)La segunda presidencia de Donald Trump parecía el verano pasado un trasatlántico que avanzaba imparable hacia la revolución global ultraconservadora y la demolición del orden internacional surgido de la II Guerra Mundial. Su potencial desestabilizador no ha desaparecido en absoluto, como demuestra la errática e improvisada guerra en Irán, las victorias de sus aliados en América Latina o el daño que todavía puede causar en las instituciones de Estados Unidos. Pero hoy, a menos de cuatro meses de las elecciones de medio mandato que pondrán a prueba las costuras de la democracia norteamericana, la Administración de Trump se encuentra empantanada en el plano interno en las arenas de la incompetencia y la corrupción, y en el exterior en aventuras fallidas y los desperfectos tal vez irreversibles que ha causado en sus alianzas internacionales.En ningún otro frente estos fracasos se han hecho tan evidentes esta semana como en Irán, donde el conflicto acaba de volver a su casilla de salida, o a algo peor: una disputa por el control del estrecho de Ormuz que ni siquiera estaba encima de la mesa al comenzar las hostilidades. El reinicio del conflicto ha coincidido con una salida extravagante del secretario de Defensa, Pete Hegseth. Más obsesionado con la virtud cinematográfica de la virilidad en el campo de batalla que con la desastrosa marcha de las cosas en Oriente Próximo para los intereses de su país, Hegseth publicó un vídeo con el anuncio, involuntariamente paródico, de que los soldados mayores de 30 años tendrán que someterse a pruebas de testosterona. Es solo otro ejemplo de cómo en Washington la política se ha instalado en una permanente ceremonia de la distracción mientras el Gobierno se embarca en una cruzada cada vez más grotesca que la anterior, como la que ha emprendido estos días Marco Rubio para desempolvar el peligro rojo. El secretario de Estado, en lo que parece un intento de recrear artificialmente los miedos de la Guerra Fría o de regresar a los años de plomo de la violencia de extrema izquierda, ha lanzado una coalición de 66 países para combatir la supuesta amenaza del terrorismo transnacional antifascista. Y no es que Rubio no tenga en estos momentos otros asuntos más graves que tratar. No hace falta salir de América para constatar que no se vislumbra una salida para Cuba, atrapada entre un régimen enrocado y la asfixia y las promesas de EE UU, o que nada se ha aclarado sobre el rumbo y el horizonte democrático de Venezuela, asolada por los terribles terremotos de junio y
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