Que España es un país de contrastes territoriales no sorprende a nadie. Lo que quizás resulte menos evidente es que esa desigualdad regional, lejos de corregirse con el paso del tiempo como cabría esperar, lleva décadas estancada. La promesa de que el desarrollo económico acabaría acercando a un intervalo estrecho las rentas entre comunidades autónomas se ha quedado, en buena medida, en eso, en una promesa incumplida.. Seguir leyendo
La promesa de que el desarrollo económico acabaría acercando a un intervalo estrecho las rentas entre comunidades autónomas se ha quedado, en buena medida, en eso, en una promesa incumplida
Que España es un país de contrastes territoriales no sorprende a nadie. Lo que quizás resulte menos evidente es que esa desigualdad regional, lejos de corregirse con el paso del tiempo como cabría esperar, lleva décadas estancada. La promesa de que el desarrollo económico acabaría acercando a un intervalo estrecho las rentas entre comunidades autónomas se ha quedado, en buena medida, en eso, en una promesa incumplida.. La convergencia regional lleva años instalada en el ámbito de estudio académico. Sin embargo, no es solo un campo de estudio de economistas frente a sus datos y ordenador. Sin duda, dicha convergencia es una cuestión que descansa en objetivos como son la cohesión social y la eficiencia económica. Un país donde las oportunidades dependen excesivamente del código postal es un país que desaprovecha talento, que genera tensiones territoriales y que, en última instancia, crece menos de lo que podría. España, con su estructura autonómica y su diversidad productiva, debería tener un interés especial en comprender por qué, según diversas fuentes, el ascensor territorial parece hace tiempo haberse averiado.. La economía ofrece dos visiones contrapuestas sobre la convergencia. La tradición neoclásica predecía que las regiones pobres deberían crecer más rápido que las ricas. El argumento es elegante y sencillo. Así, según estas primeras aproximaciones teóricas a la cuestión predecía que donde el capital es escaso, su rendimiento marginal es alto, lo que debería atraer inversiones. De este modo la tecnología se difunde desde los centros hacia la periferia mientras que los trabajadores migran hacia donde los salarios son mayores. Con el tiempo, estas fuerzas deberían igualar las rentas.. Frente a esta visión optimista y con claras evidencias de haberse dado en no pocos casos, otras corrientes teóricas advierten que la convergencia no está garantizada. Las teorías del crecimiento endógeno y la nueva geografía económica subrayan que las regiones ricas pueden acumular ventajas gracias a las economías de aglomeración, a una mayor dotación de capital humano, gracias a mejores instituciones o por la acumulación de más innovación. Los rendimientos pueden ser crecientes, no decrecientes, por lo que la consecuencia final es la persistencia o incluso la ampliación de las brechas. La evidencia empírica, como veremos, parece dar la razón a los escépticos, sobre todo en estas últimas décadas.. Entre 1964 y principios de los años ochenta, España vivió una convergencia regional acelerada. La dispersión del PIB per cápita entre comunidades autónomas se redujo drásticamente. Lo que llamamos la convergencia-sigma y cuya determinación matemática excede de los objetivos de esta columna, pasó de valores cercanos a 0,34 en 1964 a aproximadamente 0,23 en 1980. En apenas dos décadas, España recorrió un camino que a otros países les llevó generaciones.. Belén Trincado Aznar. ¿Qué impulsó esta convergencia? Fundamentalmente dos motores. El primero fue la productividad. La industrialización trasladó trabajadores desde una agricultura de bajísima productividad hacia sectores manufactureros y de servicios mucho más eficientes. Las regiones atrasadas, precisamente por partir de niveles tan bajos, tenían un enorme margen de mejora. La brecha de productividad entre comunidades se redujo a la mitad en este periodo.. El segundo motor fueron las migraciones. Millones de españoles abandonaron el campo andaluz, extremeño o castellano para trabajar en las fábricas de Cataluña, el País Vasco o Madrid. Este trasvase de población tuvo un doble efecto igualador: alivió el exceso de mano de obra en las regiones pobres —presionando al alza sus salarios— y proporcionó trabajadores a las regiones ricas. La tasa de ocupación, medida como el cociente entre ocupados y población total, también convergió significativamente.. Sin embargo, a partir de 1980, la maquinaria de la convergencia comenzó a mostrar claros signos de debilitamiento. La dispersión regional siguió reduciéndose, pero a un ritmo mucho más lento. Y lo que es más preocupante: la productividad dejó de converger.. ¿Por qué se paralizó este proceso? La explicación es compleja, pero pueden identificarse varios factores. En primer lugar, la construcción del Estado del Bienestar redujo los incentivos a migrar. La extensión de prestaciones por desempleo, la universalización de la sanidad y la educación, y mecanismos específicos como el subsidio agrario hicieron que quedarse en la región de origen fuera una opción viable. El coste de oportunidad de no emigrar se redujo drásticamente.. En segundo lugar, las actividades económicas que crecieron en las regiones rezagadas no eran las más propicias para cerrar la brecha de productividad. El boom de la construcción y el turismo de masas crearon empleo abundante, pero de baja productividad y escaso contenido tecnológico. Se convergía en ladrillo y en camas hoteleras, no en eficiencia industrial ni en servicios avanzados. La burbuja inmobiliaria de los años 2000 agudizó este problema: muchas regiones del sur y del arco mediterráneo crecieron en empleo, pero su productividad relativa se estancó o retrocedió.. No cabe duda de que la crisis de 2008 actuó como un revelador brutal. Las regiones que habían basado su crecimiento en la construcción sufrieron una destrucción de empleo devastadora. La convergencia artificial lograda durante la burbuja se evaporó. Desde entonces, el proceso está esencialmente paralizado.. Sin embargo, si queremos reactivar la convergencia, necesitamos un enfoque claro y proactivo. La inversión en infraestructuras físicas, que durante décadas fue el pilar de las políticas de cohesión, ha mostrado sus límites. España tiene una red de autovías y alta velocidad ferroviaria envidiable, pero eso no ha transformado la estructura productiva de las regiones rezagadas. En ocasiones, las infraestructuras incluso han facilitado que el talento emigre más fácilmente hacia los centros dinámicos.. El verdadero desafío es crear factores que generen valor añadido y que arraiguen a la población de forma sostenible. Esto pasa, en primer lugar, por el capital humano. Las regiones pobres invierten en formar universitarios que luego emigran a Madrid porque no encuentran oportunidades locales. Romper este círculo vicioso exige no solo más educación, sino una educación conectada con las necesidades del tejido productivo local y, sobre todo, un tejido productivo capaz de absorber ese talento.. En segundo lugar, necesitamos empresas más grandes y productivas. El minifundismo empresarial español es particularmente agudo en las regiones rezagadas. Las microempresas de subsistencia, con enorme presencia de autónomos, no innovan, no exportan, no forman a sus trabajadores. Las políticas deben facilitar el crecimiento empresarial, no solo la supervivencia.. En tercer lugar, la inversión en I+D e intangibles está excesivamente concentrada en Madrid, Cataluña y el País Vasco. Sin capacidad de innovación propia, las regiones periféricas quedan condenadas a competir en costes, una carrera hacia abajo que nunca lleva a la convergencia real.. Todo esto plantea un reto político formidable. Reorientar recursos desde determinados sectores productivos de bajo valor añadido hacia la educación, la innovación y el apoyo a empresas tractoras no da réditos electorales inmediatos. Construir un AVE se inaugura con una foto; mejorar la productividad de mil pymes es un proceso invisible que lleva años. Pero si queremos que España deje de ser un país de dos velocidades, no hay otro camino. La convergencia no vendrá sola, como pensaban los modelos iniciales de crecimiento. Hay que construirla, y los cimientos son distintos de los que hemos usado hasta ahora.
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