Caminar por una playa y sentir el roce de la brisa fresca, asomarse a los parques y respirar el olor de algunas flores mucho más que el de la contaminación, o simplemente poder pagar una casita o una paella a precios decentes parecen estampas de otra época. Cuando yo era pequeña, solíamos pasar algunos días en la costa de Cádiz o Málaga, sin preocuparnos por las olas de calor —ya fuesen marinas o terrestres—, pero lo que más ilusión me hacía eran las eternas semanas de piscina municipal en un pueblo cuya temperatura aún no abrasaba los huesos a pesar de encontrarse en mitad de la campiña cordobesa. Confieso una nostalgia que sólo podemos experimentar quienes vivimos los veranos de entonces; una suerte de privilegio que concede la edad y le está vedado a quienes nacieron hace poco: reconocer, a través de la memoria del cuerpo, un mundo que ya no existe y regalaba placer en los detalles más nimios. Y no se trata exactamente de una querencia de juventud —algunos no rememoramos desde la vejez—; más bien, del recuerdo afectivo, del viaje sentimental hacia un territorio perdido al que acompaña la verdad científica: los incendios no solían alcanzar la voracidad que se gastan actualmente, ni hacía falta el laboratorio semántico con que ahora intentamos definir las noches tórridas o infernales. El lenguaje y la realidad fluían acompasados porque los estíos apocalípticos únicamente ocurrían en el reino de las pesadillas.. Seguir leyendo
Cuando yo era pequeña, los estíos apocalípticos únicamente ocurrían en el reino de las pesadillas
Caminar por una playa y sentir el roce de la brisa fresca, asomarse a los parques y respirar el olor de algunas flores mucho más que el de la contaminación, o simplemente poder pagar una casita o una paella a precios decentes parecen estampas de otra época. Cuando yo era pequeña, solíamos pasar algunos días en la costa de Cádiz o Málaga, sin preocuparnos por las olas de calor —ya fuesen marinas o terrestres—, pero lo que más ilusión me hacía eran las eternas semanas de piscina municipal en un pueblo cuya temperatura aún no abrasaba los huesos a pesar de encontrarse en mitad de la campiña cordobesa. Confieso una nostalgia que sólo podemos experimentar quienes vivimos los veranos de entonces; una suerte de privilegio que concede la edad y le está vedado a quienes nacieron hace poco: reconocer, a través de la memoria del cuerpo, un mundo que ya no existe y regalaba placer en los detalles más nimios. Y no se trata exactamente de una querencia de juventud —algunos no rememoramos desde la vejez—; más bien, del recuerdo afectivo, del viaje sentimental hacia un territorio perdido al que acompaña la verdad científica: los incendios no solían alcanzar la voracidad que se gastan actualmente, ni hacía falta el laboratorio semántico con que ahora intentamos definir las noches tórridas o infernales. El lenguaje y la realidad fluían acompasados porque los estíos apocalípticos únicamente ocurrían en el reino de las pesadillas.. Seguir leyendo
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