Por mucho que los responsables de Turismo Andaluz se dejen los sesos pensando qué es lo mejor de nuestra tierra, ésta siempre nos acaba sorprendiendo. Chocan dos trenes en la provincia de Córdoba, en ese hilo fino que nos empieza unir con el norte, cerca de los túneles que salvan Despeñaperros, al calor de esa dehesa formada de encinas, alcornoques y olivos en Sierra Morena. La muerte se esparce entre la nada cuando el sol ya se ha escondido por las costas de Huelva. «Ay, mi Huelva», de tantas ausencias ya a partir de ahora. En plena noche, el pueblo cordobés de Adamuz se movilizó para que nada le faltase a las víctimas del accidente ferroviario. Funcionando como un único ser, fueron los vecinos a sacar los cuerpos, vivos o muertos, del presidio de hierro. Por terraplenes, sin luz, entre gritos y lamentos. Lo hicieron sin dudarlo, con la convicción de que había que darlo todo. Sin pensarlo dos veces, que es como deben hacerse las cosas de verdad en esta vida. ¿Cuántas personas hoy le deben la existencia al valor de esos vecinos para meterse de cabeza en el infierno? Cuando todo esto pase volverá el silencio al campo cordobés, a esa tierra roja donde una noche muchos perdieron la vida y otros tantos derrocharon valentía. Se metieron en la muerte para sacarlos de sus garras, tiraron de ellos, la vencieron una vez más. Curzio Malaparte escribió una vez en las faldas frías del Vesubio que la muerte de Cristo no tendría sentido ni utilidad si nosotros no tuviéramos la capacidad de convertirnos en Cristo cada vez que salvamos a alguien. De la manera que sea, pero sacarlo de la oscuridad a la luz. Me conmovió la tragedia, pero me emociona la respuesta de estos andaluces locos por la vida, valientes en el caos, que vuelven a demostrar, otra vez, que lo mejor de Andalucía no aparece en un folleto publicitario. Andaluces, eternos héroes anónimos, que se lo merecen todo.
«¿Cuántas personas hoy le deben la existencia al valor de esos vecinos para meterse de cabeza en el infierno?»
Por mucho que los responsables de Turismo Andaluz se dejen los sesos pensando qué es lo mejor de nuestra tierra, ésta siempre nos acaba sorprendiendo. Chocan dos trenes en la provincia de Córdoba, en ese hilo fino que nos empieza unir con el norte, cerca de los túneles que salvan Despeñaperros, al calor de esa dehesa formada de encinas, alcornoques y olivos en Sierra Morena. La muerte se esparce entre la nada cuando el sol ya se ha escondido por las costas de Huelva. «Ay, mi Huelva», de tantas ausencias ya a partir de ahora. En plena noche, el pueblo cordobés de Adamuz se movilizó para que nada le faltase a las víctimas del accidente ferroviario. Funcionando como un único ser, fueron los vecinos a sacar los cuerpos, vivos o muertos, del presidio de hierro. Por terraplenes, sin luz, entre gritos y lamentos. Lo hicieron sin dudarlo, con la convicción de que había que darlo todo. Sin pensarlo dos veces, que es como deben hacerse las cosas de verdad en esta vida. ¿Cuántas personas hoy le deben la existencia al valor de esos vecinos para meterse de cabeza en el infierno? Cuando todo esto pase volverá el silencio al campo cordobés, a esa tierra roja donde una noche muchos perdieron la vida y otros tantos derrocharon valentía. Se metieron en la muerte para sacarlos de sus garras, tiraron de ellos, la vencieron una vez más. Curzio Malaparte escribió una vez en las faldas frías del Vesubio que la muerte de Cristo no tendría sentido ni utilidad si nosotros no tuviéramos la capacidad de convertirnos en Cristo cada vez que salvamos a alguien. De la manera que sea, pero sacarlo de la oscuridad a la luz. Me conmovió la tragedia, pero me emociona la respuesta de estos andaluces locos por la vida, valientes en el caos, que vuelven a demostrar, otra vez, que lo mejor de Andalucía no aparece en un folleto publicitario. Andaluces, eternos héroes anónimos, que se lo merecen todo.
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