Está claro que «Todos los Caminos Conducen a Roma». Pero hay algunos que están en mejor estado que otros. Pero la calzada mejor conservada de España se encuentra en una verdadera «joya natural» que permite conocer mejor la grandeza de un pueblo y de un territorio. Quizá uno de los períodos más interesantes de la historia de la Península Ibérica, fue el de la presencia del Imperio Romano en nuestro territorio. Mejor o peor conservados, son cientos, sino miles, los yacimientos arqueológicos presentes en nuestros pueblos y ciudades, los cuales demuestran la importancia de esa época. Todos podemos pensar en el Acueducto de Segovia, el Teatro de Mérida o el Puente de Salamanca. Pero en esta ocasión nos vamos a centrar más en las calzadas. Las calzadas romanas eran el modelo de camino usado por el Estado romano, y se construyeron desde aproximadamente el año 300 a. C. hasta la expansión y consolidación de la República Romana y el Imperio Romano. Proporcionaban medios eficaces para el transporte terrestre de ejércitos, funcionarios, civiles, comunicaciones oficiales y mercancías. Las calzadas eran de varios tipos, desde pequeñas vías locales hasta amplias carreteras de larga distancia. Solían estar conformadas por varias capas de materiales de distinto tamaño —solo presentaban enlosado las vías urbanas—, y contaban con sistemas de drenaje. Discurrían a lo largo de trazados topográficamente precisos, y atravesaban colinas o cruzaban ríos y barrancos sobre puentes. A diferencia de la creencia popular de que todas eran de piedra lisa, las calzadas solían construirse superponiendo capas compactadas de tierra, arena, grava y piedras de distintos tamaños para garantizar su durabilidad. Buscaban la línea recta siempre que fuera posible, utilizando técnicas topográficas avanzadas para la época. Hasta los años 400 a. C., los romanos utilizaban caminos para desplazarse de Roma a las ciudades de los alrededores. La incursión gala de Breno, que condujo al saqueo de Roma en el 390 a. C., fue el primer indicio de la ineficacia del sistema defensivo romano, debido principalmente a la lentitud del avance de las tropas por los caminos de la época. La necesidad de una mejor defensa, unida al deseo de expansión y hegemonía sobre Italia, llevó a una República romana aún frágil y amenazada desde el exterior a establecer una red de sólidas calzadas y de relevos, mejor adaptada a sus necesidades. Estos ejes permitían traslados rápidos de tropas. La velocidad de desplazamiento de una legión se ve así mejorada, alcanzando entre 3 y 4 km/h de media, pero el transporte de impedimenta (carga colectiva) y sarcina (fardo que incluye alimentos y armas) sólo les permite recorrer treinta kilómetros diarios a marchas forzadas. A medida que el Imperio se expandía, la administración adaptaba el mismo modelo a las nuevas provincias. En su apogeo, la red principal de calzadas romanas alcanzó unos 400 000 kilómetros. Los comerciante
Se le denomina el valle de los tres paisajes y está entre barrancos, bosques y campos de cultivo
Está claro que «Todos los Caminos Conducen a Roma». Pero hay algunos que están en mejor estado que otros. Pero la calzada mejor conservada de España se encuentra en una verdadera «joya natural» que permite conocer mejor la grandeza de un pueblo y de un territorio. Quizá uno de los períodos más interesantes de la historia de la Península Ibérica, fue el de la presencia del Imperio Romano en nuestro territorio. Mejor o peor conservados, son cientos, sino miles, los yacimientos arqueológicos presentes en nuestros pueblos y ciudades, los cuales demuestran la importancia de esa época.Todos podemos pensar en el Acueducto de Segovia, el Teatro de Mérida o el Puente de Salamanca. Pero en esta ocasión nos vamos a centrar más en las calzadas. Las calzadas romanas eran el modelo de camino usado por el Estado romano, y se construyeron desde aproximadamente el año 300 a. C. hasta la expansión y consolidación de la República Romana y el Imperio Romano. Proporcionaban medios eficaces para el transporte terrestre de ejércitos, funcionarios, civiles, comunicaciones oficiales y mercancías.Las calzadas eran de varios tipos, desde pequeñas vías locales hasta amplias carreteras de larga distancia. Solían estar conformadas por varias capas de materiales de distinto tamaño —solo presentaban enlosado las vías urbanas—, y contaban con sistemas de drenaje. Discurrían a lo largo de trazados topográficamente precisos, y atravesaban colinas o cruzaban ríos y barrancos sobre puentes.A diferencia de la creencia popular de que todas eran de piedra lisa, las calzadas solían construirse superponiendo capas compactadas de tierra, arena, grava y piedras de distintos tamaños para garantizar su durabilidad. Buscaban la línea recta siempre que fuera posible, utilizando técnicas topográficas avanzadas para la época. Hasta los años 400 a. C., los romanos utilizaban caminos para desplazarse de Roma a las ciudades de los alrededores. La incursión gala de Breno, que condujo al saqueo de Roma en el 390 a. C., fue el primer indicio de la ineficacia del sistema defensivo romano, debido principalmente a la lentitud del avance de las tropas por los caminos de la época. La necesidad de una mejor defensa, unida al deseo de expansión y hegemonía sobre Italia, llevó a una República romana aún frágil y amenazada desde el exterior a establecer una red de sólidas calzadas y de relevos, mejor adaptada a sus necesidades. Estos ejes permitían traslados rápidos de tropas. La velocidad de desplazamiento de una legión se ve así mejorada, alcanzando entre 3 y 4 km/h de media, pero el transporte de impedimenta (carga colectiva) y sarcina (fardo que incluye alimentos y armas) sólo les permite recorrer treinta kilómetros diarios a marchas forzadas.A medida que el Imperio se expandía, la administración adaptaba el mismo modelo a las nuevas provincias. En su apogeo, la red principal de calzadas romanas alcanzó unos 400 000 kilómetros. Los comerciantes ro
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