Apenas hay que cruzar la frontera. En menos de una hora desde el sur de Galicia, el viajero se encuentra paseando por calles que conservan la huella de romanos, suevos, arzobispos y reyes. Braga, en el norte de Portugal, es uno de esos lugares donde la historia no se explica: se pisa. Y lo hace con una naturalidad que sorprende, especialmente por su cercanía con Galicia, con la que comparte paisaje, memoria y una forma muy similar de entender el territorio.. Con más de 2.000 años de antigüedad, Braga es la ciudad más antigua de Portugal. Fundada en el año 16 a.C. como Bracara Augusta, en honor al emperador Augusto, fue capital de la provincia romana de Gallaecia, un dato que explica no solo su relevancia política, sino también su temprana prosperidad económica y cultural.. Su posición estratégica la convirtió en un activo centro comercial, especializado en cerámica, vidrio y metales preciosos, y en un auténtico nudo de comunicaciones del noroeste peninsular.. Tras la caída del Imperio romano, Braga no perdió protagonismo. En el siglo V fue capital del reino suevo, uno de los primeros reinos cristianos de Europa, y más tarde pasó a manos visigodas. Su peso eclesiástico ya era entonces incuestionable: en el siglo IV contaba con un obispado relevante y, con el paso de los siglos, se consolidó como sede archiepiscopal, la más antigua de Portugal, un título que aún hoy marca la identidad de la ciudad.. La historia medieval de Braga está íntimamente ligada a Galicia y al antiguo Reino de León. Tras las incursiones musulmanas, la ciudad fue reconquistada en el año 868 por Alfonso III de Asturias.. Más tarde, en 1093, Alfonso VI entregó Braga en dote a su hija Teresa al casarse con Enrique de Borgoña, primer conde de Portugal. Esa conexión política y dinástica refuerza la sensación, todavía perceptible, de que Braga forma parte de un mismo tronco histórico que el sur de Galicia, separado hoy por una frontera administrativa, pero no cultural.. El poder de los arzobispos marcó durante siglos el urbanismo y el paisaje monumental de la ciudad. Especialmente visible es la huella del Renacimiento y del Barroco. Entre los siglos XVII y XVIII, Braga vivió una auténtica edad dorada arquitectónica, con la construcción de iglesias, palacios y plazas que le valieron el apelativo de gran escaparate del Barroco portugués.. Sus monumentos. El símbolo más claro de esa continuidad histórica es la Sé de Braga, la catedral más antigua del país. Iniciada en el siglo XI en estilo románico, fue ampliada posteriormente con elementos góticos, manuelinos y barrocos. En su interior se conservan tumbas reales y un valioso tesoro de arte sacro que resume siglos de poder religioso y político.. A escasos metros, el Arco da Porta Nova, del siglo XVIII, recuerda una de las antiguas entradas a la ciudad amurallada, mientras que la Arcada da Lapa aporta un aire clásico y sereno al casco urbano.. Pero si hay un lugar que sintetiza el alma de Braga es el Santuario do Bom Jesus do Monte. Declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO, se alza sobre el Monte Espinho y es famoso por su monumental escalinata barroca, un recorrido simbólico por la Pasión de Cristo a través de capillas, fuentes y esculturas.. La llamada Escalera de los Cinco Sentidos es una de las imágenes más icónicas del norte de Portugal, y desde lo alto las vistas sobre la ciudad y el valle justifican por sí solas la visita.. Muy cerca, en el monte Sameiro, se encuentra otro enclave imprescindible: el Santuario de Sameiro, uno de los principales centros de peregrinación mariana del país. Desde su mirador, Braga se muestra en toda su dimensión histórica y urbana, con un horizonte que recuerda constantemente la proximidad de Galicia, visible casi como una prolongación natural del territorio.. El recorrido se completa con joyas como el Palácio dos Raio, ejemplo sobresaliente del barroco civil portugués con su fachada de azulejos azules, o museos como el Arqueológico D. Diogo de Sousa y la Casa dos Biscainhos, que permiten profundizar en el pasado romano, medieval y aristocrático de la ciudad.. Braga no vive solo de su historia. Sus celebraciones la mantienen viva. La Semana Santa es una de las más solemnes y espectaculares de Portugal, y cada mes de mayo la ciudad retrocede dos mil años con el festival Braga Romana, una recreación histórica que llena las calles de legionarios, mercados y escenas de la antigua Bracara Augusta.
Fundada en el año 16 a.C., combina dos mil años de historia con un patrimonio monumental difícil de igualar
Apenas hay que cruzar la frontera. En menos de una hora desde el sur de Galicia, el viajero se encuentra paseando por calles que conservan la huella de romanos, suevos, arzobispos y reyes. Braga, en el norte de Portugal, es uno de esos lugares donde la historia no se explica: se pisa. Y lo hace con una naturalidad que sorprende, especialmente por su cercanía con Galicia, con la que comparte paisaje, memoria y una forma muy similar de entender el territorio.. Con más de 2.000 años de antigüedad, Braga es la ciudad más antigua de Portugal. Fundada en el año 16 a.C. como Bracara Augusta, en honor al emperador Augusto, fue capital de la provincia romana de Gallaecia, un dato que explica no solo su relevancia política, sino también su temprana prosperidad económica y cultural.. Su posición estratégica la convirtió en un activo centro comercial, especializado en cerámica, vidrio y metales preciosos, y en un auténtico nudo de comunicaciones del noroeste peninsular.. Tras la caída del Imperio romano, Braga no perdió protagonismo. En el siglo V fue capital del reino suevo, uno de los primeros reinos cristianos de Europa, y más tarde pasó a manos visigodas. Su peso eclesiástico ya era entonces incuestionable: en el siglo IV contaba con un obispado relevante y, con el paso de los siglos, se consolidó como sede archiepiscopal, la más antigua de Portugal, un título que aún hoy marca la identidad de la ciudad.. La historia medieval de Braga está íntimamente ligada a Galicia y al antiguo Reino de León. Tras las incursiones musulmanas, la ciudad fue reconquistada en el año 868 por Alfonso III de Asturias.. Más tarde, en 1093, Alfonso VI entregó Braga en dote a su hija Teresa al casarse con Enrique de Borgoña, primer conde de Portugal. Esa conexión política y dinástica refuerza la sensación, todavía perceptible, de que Braga forma parte de un mismo tronco histórico que el sur de Galicia, separado hoy por una frontera administrativa, pero no cultural.. El poder de los arzobispos marcó durante siglos el urbanismo y el paisaje monumental de la ciudad. Especialmente visible es la huella del Renacimiento y del Barroco. Entre los siglos XVII y XVIII, Braga vivió una auténtica edad dorada arquitectónica, con la construcción de iglesias, palacios y plazas que le valieron el apelativo de gran escaparate del Barroco portugués.. El símbolo más claro de esa continuidad histórica es la Sé de Braga, la catedral más antigua del país. Iniciada en el siglo XI en estilo románico, fue ampliada posteriormente con elementos góticos, manuelinos y barrocos. En su interior se conservan tumbas reales y un valioso tesoro de arte sacro que resume siglos de poder religioso y político.. A escasos metros, el Arco da Porta Nova, del siglo XVIII, recuerda una de las antiguas entradas a la ciudad amurallada, mientras que la Arcada da Lapa aporta un aire clásico y sereno al casco urbano.. Pero si hay un lugar que sintetiza el alma de Braga es el Santuario do Bom Jesus do Monte. Declarado Patrimonio Mundial por la UNESCO, se alza sobre el Monte Espinho y es famoso por su monumental escalinata barroca, un recorrido simbólico por la Pasión de Cristo a través de capillas, fuentes y esculturas.. La llamada Escalera de los Cinco Sentidos es una de las imágenes más icónicas del norte de Portugal, y desde lo alto las vistas sobre la ciudad y el valle justifican por sí solas la visita.. Muy cerca, en el monte Sameiro, se encuentra otro enclave imprescindible: el Santuario de Sameiro, uno de los principales centros de peregrinación mariana del país. Desde su mirador, Braga se muestra en toda su dimensión histórica y urbana, con un horizonte que recuerda constantemente la proximidad de Galicia, visible casi como una prolongación natural del territorio.. El recorrido se completa con joyas como el Palácio dos Raio, ejemplo sobresaliente del barroco civil portugués con su fachada de azulejos azules, o museos como el Arqueológico D. Diogo de Sousa y la Casa dos Biscainhos, que permiten profundizar en el pasado romano, medieval y aristocrático de la ciudad.. Braga no vive solo de su historia. Sus celebraciones la mantienen viva. La Semana Santa es una de las más solemnes y espectaculares de Portugal, y cada mes de mayo la ciudad retrocede dos mil años con el festival Braga Romana, una recreación histórica que llena las calles de legionarios, mercados y escenas de la antigua Bracara Augusta.
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