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  Cultura  La cara oculta del cristianismo: la meditación sin pensamientos
Cultura

La cara oculta del cristianismo: la meditación sin pensamientos

28 de abril de 2026
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El cristianismo lo tiene todo. A los historiadores de la antigüedad no les extraña en absoluto el éxito apabullante de la pequeña religión que nació como escisión del judaísmo en el siglo primero de nuestra era y que muy pronto, en torno a la figura esencial de Jesucristo, se convertirá en el catalizador de toda la religiosidad anterior y en la síntesis perfecta del mundo antiguo grecorromano y de los arcanos del hebreo, aunando lo indoeuropeo con lo semítico para lo porvenir. Tuvo incluso una potente vía contemplativa que se abrió paso pese a ser constantemente preterida por las propias autoridades eclesiásticas.. Como continuación de un libro anterior sobre la «Historia de los métodos de meditación no dual», Javier Alvarado nos regala ahora un estudio de la práctica contemplativa en su libro «Cristianismo y no dualidad: la práctica de la contemplación» a través de un análisis de diversos textos, especialmente del Nuevo Testamento. En este libro se combinan la tradición sapiencial comparada entre Oriente y Occidente. Se inserta, como los libros anteriores del autor, en la benemérita colección «Ignitus», comprometida en rescatar obras esenciales de las tradiciones contemplativas de diversas latitudes: entre ellas, cabe recordar que Alvarado ha publicado las «Obras Completas» de René Guénon, que también tuve ocasión de comentar en estas páginas, dedicándole un libro introductorio llamado «René Guénon, testigo de la Tradición».. El tema clave en esta ocasión es la experiencia de la no-dualidad en el cristianismo. El libro estudia las técnicas del desapropio a los pensamientos, el cese del flujo del pensar, como conoce la iglesia oriental desde Evagrio Póntico y como también practicó la occidental con místicos señalados desde el maestro Eckhart a San Juan de la Cruz. El punto de partida, como estudia Alvarado, está en la atención al Ahora; «Ahora es el momento favorable» (2 Corintios 6, 2). En el presente, el «yo» está ausente (otra cosa es su construcción del pasado en el recuerdo o la proyección en un futuro que no existe), lo cual abre paso al «Yo Soy» de la Divinidad: esto se ve, por supuesto, desde el «Yo soy el que soy» de Yahvé en Éxodo 3, 14, que Alvarado compara con la experiencia Brahman/Atman del hinduismo y, en cierto modo, con la Shahada musulmana, que implica que «no hay más seres que el Ser»). Si se leen las Escrituras cristianas en clave no-dual, desde el conocimiento humano que procede del Árbol y se desvela a Adán y Eva, con una suerte de caída al mundo aparente, hasta la realización del Reino interior a través de Cristo, hay diversos reclamos y llamadas a esa práctica contemplativa. De entrada, como propone el libro, Caín (según la etimología popular «posesión» o «poseído») representa la apropiación del pensamiento, que mata a Abel (el «soplo» o la nada), la mente pura. Luego, a partir de Lucas 10, 38-42, donde la disyuntiva entre la vida activa y la vida contemplativa es personificada en las hermanas Marta y María (Cristo resuelve que ésta «ha elegido lo mejor»), se abre el camino para pasar revista al Antiguo y Nuevo Testamento en busca de la unidad entre el contemplativo y el contemplado en un camino ascendente de realización espiritual. Esta vía mística aparece como uno de los componentes específicos del cristianismo desde su propio origen hebreo, pasando por su perfeccionamiento helénico y su adopción romana, y hasta su consagración en la llamada «teología mística» en el medievo bizantino y occidental.. Nuestra verdadera naturaleza. El cristianismo se presenta como una vía de unidad espiritual en la que resuena la afirmación evangélica «que todos sean uno; como tú Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros» (Juan 17, 21-23). Ya la tradición profética insistía en la «unicidad divina» con la expresión «Yo soy Yahveh y no hay nada más» (Isaías 45, 5), y de su «inmutabilidad»; «Yo, Yahveh, no cambio» (Malaquías 3, 6). La Creación, comparada con Yahveh es vacío: «Vacuidad de vacuidades todo está vacío» (Eclesiastés 1, 2). Pero ese vacío está hecho de pensamientos o «logismoi», que proporcionan una transitoria y aparente sensación de racionalidad al mundo. Precisamente, la vía contemplativa enseña que la verdadera «conversión» (los Evangelios emplean la palabra «metanoia») implica trascender el «nous», una interpretación que confiere un nuevo sentido a la frase; «el Reino de Dios está cerca; id más allá de la mente» (Marcos 1, 15). En este sentido, la transformación interior consiste en la renovación de la mente hacia dentro; «transformaos renovando vuestra mente hacia dentro» (Romanos 12, 2). Pero también de la subsidiariedad del cuerpo; «el cuerpo no es más que un vestido» (Mateo 6, 25).. Si no consistimos en mente ni en cuerpo, ¿cuál es nuestra última y verdadera naturaleza? En el fondo del hombre mora Yahveh, literalmente «El que Es», eseidad y consciencia que debe ser realizada, divinización o «theosis» del ser humano que se expresa en la afirmación «dioses sois» (Juan 10, 30), que justifica la afirmación de que «el reino de Dios está dentro de vosotros» (Lucas 17, 21). En varias ocasiones la Biblia define a Dios como «Yo Soy». Así, Yahveh se aparece a Moisés y le revela que; «Así dirás a los hijos de Israel: «Yahveh (Yo soy) me ha enviado a vosotros» (Éxodo 3, 14). Así, «Yo Soy», el Ser, es la meta del contemplativo que aspira a experimentar que, por encima de los pensamientos, existe otra morada o estado que los presencia; la Consciencia de ser, es decir, el «Yo soy». Las cualidades de «Yo Soy» se manifiestan en afirmaciones notables que, como suelen pasar desapercibidas, deben ser resaltadas; «Yo soy, no temáis» (Juan 6, 16-21). Es una realidad atemporal, pues «antes de que Abraham existiera, Yo soy» (Juan 8, 58). Esta identidad alcanza su plenitud en la figura de Jesucristo con la afirmación «Entonces sabréis que Yo soy» (Juan 8, 24).. Como explica Alvarado, el buscador espiritual que pretende la amistad con Dios se encuentra con la paradoja de que las facultades mentales y sensoriales no son siempre las más adecuadas. El mundo de la dualidad, que divide y separa al Creador de lo creado altera, hace otro, toda experiencia; como dice el Salmo, «Dios habló una vez, y yo lo oigo dos veces» (62, 11). En Dios hay unidad, en la creación, dualidad. Por eso, en varios pasajes bíblicos se acude a metáforas que describen la mente como un movimiento constante y servil, pues «la mente del ignorante es como la rueda de un carro cuyos pensamientos dan vueltas y vueltas» (Eclesiastés 33, 5). Para remediarlo, la vía contemplativa es uno de los caminos tradicionales para realizar la experiencia de la unidad. A tal efecto, señala Alvarado, la «tranquillitas mentis», la «apatheia», el control de las pasiones, en definitiva, el desapego de los pensamientos es el medio más sencillo y tradicional: «Sed quietos, y conoced que yo soy Dios» (Salmos 46, 10).. La «teología mística». Para el cristianismo, en suma, «Yo soy» es el camino, nos viene a decir Alvarado en su exégesis del Evangelio de San Juan: con ello sigue acaso las antiguas paráfrasis del texto bíblico que cruzaban la fina línea entre ortodoxia y heterodoxia y llevaban, en una escala ascendente, hacia el Ser Supremo. En ese sentido, como se ve, no hay que ir a buscar las herramientas de la contemplación fuera del cristianismo porque este las tiene y muy sobradas, culminando en la ya citada «teología mística», de impresionantes implicaciones en todos los planos de la ética y la metafísica cristianas, pasando por la estética y la poética. No en vano, para terminar, este estupendo recorrido, el libro concluye con un apéndice sobre la recepción de la teología mística de Dionisio Areopagita en la España del Siglo de Oro, que producirá las cumbres de la contemplación cristiana de todos los tiempos. Lo que esas antiguas tradiciones del cristianismo desvelan es un estadio antiguo del conocimiento que conduce a la paradoja de una docta ignorancia que es supremo saber, desde el Areopagita a la «necedad» bizantina de los santos locos –que luego pasan al mundo eslavo–, desde ese «saber no sabiendo, toda ciencia trascendiendo» de nuestro San Juan al «no hacer» de la tradición oriental. Es una vía de investigación fascinante para desvelar un arcaico idioma común de cierta tradición sapiencial que había sido un tanto descuidado en el cristianismo más oficial. Bienvenido sea este libro que, en lo sucesivo, será una referencia para evaluar el lugar del cristianismo en esta antigua tradición que comunica Oriente y Occidente.

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Javier Alvarado nos regala un estudio de la práctica contemplativa en su libro «Cristianismo y no dualidad: la práctica de la contemplación», a través de un análisis de diversos textos, especialmente del Nuevo Testamento

  

El cristianismo lo tiene todo. A los historiadores de la antigüedad no les extraña en absoluto el éxito apabullante de la pequeña religión que nació como escisión del judaísmo en el siglo primero de nuestra era y que muy pronto, en torno a la figura esencial de Jesucristo, se convertirá en el catalizador de toda la religiosidad anterior y en la síntesis perfecta del mundo antiguo grecorromano y de los arcanos del hebreo, aunando lo indoeuropeo con lo semítico para lo porvenir. Tuvo incluso una potente vía contemplativa que se abrió paso pese a ser constantemente preterida por las propias autoridades eclesiásticas.. Como continuación de un libro anterior sobre la «Historia de los métodos de meditación no dual», Javier Alvarado nos regala ahora un estudio de la práctica contemplativa en su libro «Cristianismo y no dualidad: la práctica de la contemplación» a través de un análisis de diversos textos, especialmente del Nuevo Testamento. En este libro se combinan la tradición sapiencial comparada entre Oriente y Occidente. Se inserta, como los libros anteriores del autor, en la benemérita colección «Ignitus», comprometida en rescatar obras esenciales de las tradiciones contemplativas de diversas latitudes: entre ellas, cabe recordar que Alvarado ha publicado las «Obras Completas» de René Guénon, que también tuve ocasión de comentar en estas páginas, dedicándole un libro introductorio llamado «René Guénon, testigo de la Tradición».. El tema clave en esta ocasión es la experiencia de la no-dualidad en el cristianismo. El libro estudia las técnicas del desapropio a los pensamientos, el cese del flujo del pensar, como conoce la iglesia oriental desde Evagrio Póntico y como también practicó la occidental con místicos señalados desde el maestro Eckhart a San Juan de la Cruz. El punto de partida, como estudia Alvarado, está en la atención al Ahora; «Ahora es el momento favorable» (2 Corintios 6, 2). En el presente, el «yo» está ausente (otra cosa es su construcción del pasado en el recuerdo o la proyección en un futuro que no existe), lo cual abre paso al «Yo Soy» de la Divinidad: esto se ve, por supuesto, desde el «Yo soy el que soy» de Yahvé en Éxodo 3, 14, que Alvarado compara con la experiencia Brahman/Atman del hinduismo y, en cierto modo, con la Shahada musulmana, que implica que «no hay más seres que el Ser»). Si se leen las Escrituras cristianas en clave no-dual, desde el conocimiento humano que procede del Árbol y se desvela a Adán y Eva, con una suerte de caída al mundo aparente, hasta la realización del Reino interior a través de Cristo, hay diversos reclamos y llamadas a esa práctica contemplativa. De entrada, como propone el libro, Caín (según la etimología popular «posesión» o «poseído») representa la apropiación del pensamiento, que mata a Abel (el «soplo» o la nada), la mente pura. Luego, a partir de Lucas 10, 38-42, donde la disyuntiva entre la vida activa y la vida contemplativa es personificada en las hermanas Marta y María (Cristo resuelve que ésta «ha elegido lo mejor»), se abre el camino para pasar revista al Antiguo y Nuevo Testamento en busca de la unidad entre el contemplativo y el contemplado en un camino ascendente de realización espiritual. Esta vía mística aparece como uno de los componentes específicos del cristianismo desde su propio origen hebreo, pasando por su perfeccionamiento helénico y su adopción romana, y hasta su consagración en la llamada «teología mística» en el medievo bizantino y occidental.. Nuestra verdadera naturaleza. El cristianismo se presenta como una vía de unidad espiritual en la que resuena la afirmación evangélica «que todos sean uno; como tú Padre, en mí y yo en ti, que ellos también sean uno en nosotros» (Juan 17, 21-23). Ya la tradición profética insistía en la «unicidad divina» con la expresión «Yo soy Yahveh y no hay nada más» (Isaías 45, 5), y de su «inmutabilidad»; «Yo, Yahveh, no cambio» (Malaquías 3, 6). La Creación, comparada con Yahveh es vacío: «Vacuidad de vacuidades todo está vacío» (Eclesiastés 1, 2). Pero ese vacío está hecho de pensamientos o «logismoi», que proporcionan una transitoria y aparente sensación de racionalidad al mundo. Precisamente, la vía contemplativa enseña que la verdadera «conversión» (los Evangelios emplean la palabra «metanoia») implica trascender el «nous», una interpretación que confiere un nuevo sentido a la frase; «el Reino de Dios está cerca; id más allá de la mente» (Marcos 1, 15). En este sentido, la transformación interior consiste en la renovación de la mente hacia dentro; «transformaos renovando vuestra mente hacia dentro» (Romanos 12, 2). Pero también de la subsidiariedad del cuerpo; «el cuerpo no es más que un vestido» (Mateo 6, 25).. Si no consistimos en mente ni en cuerpo, ¿cuál es nuestra última y verdadera naturaleza? En el fondo del hombre mora Yahveh, literalmente «El que Es», eseidad y consciencia que debe ser realizada, divinización o «theosis» del ser humano que se expresa en la afirmación «dioses sois» (Juan 10, 30), que justifica la afirmación de que «el reino de Dios está dentro de vosotros» (Lucas 17, 21). En varias ocasiones la Biblia define a Dios como «Yo Soy». Así, Yahveh se aparece a Moisés y le revela que; «Así dirás a los hijos de Israel: «Yahveh (Yo soy) me ha enviado a vosotros» (Éxodo 3, 14). Así, «Yo Soy», el Ser, es la meta del contemplativo que aspira a experimentar que, por encima de los pensamientos, existe otra morada o estado que los presencia; la Consciencia de ser, es decir, el «Yo soy». Las cualidades de «Yo Soy» se manifiestan en afirmaciones notables que, como suelen pasar desapercibidas, deben ser resaltadas; «Yo soy, no temáis» (Juan 6, 16-21). Es una realidad atemporal, pues «antes de que Abraham existiera, Yo soy» (Juan 8, 58). Esta identidad alcanza su plenitud en la figura de Jesucristo con la afirmación «Entonces sabréis que Yo soy» (Juan 8, 24).. Como explica Alvarado, el buscador espiritual que pretende la amistad con Dios se encuentra con la paradoja de que las facultades mentales y sensoriales no son siempre las más adecuadas. El mundo de la dualidad, que divide y separa al Creador de lo creado altera, hace otro, toda experiencia; como dice el Salmo, «Dios habló una vez, y yo lo oigo dos veces» (62, 11). En Dios hay unidad, en la creación, dualidad. Por eso, en varios pasajes bíblicos se acude a metáforas que describen la mente como un movimiento constante y servil, pues «la mente del ignorante es como la rueda de un carro cuyos pensamientos dan vueltas y vueltas» (Eclesiastés 33, 5). Para remediarlo, la vía contemplativa es uno de los caminos tradicionales para realizar la experiencia de la unidad. A tal efecto, señala Alvarado, la «tranquillitas mentis», la «apatheia», el control de las pasiones, en definitiva, el desapego de los pensamientos es el medio más sencillo y tradicional: «Sed quietos, y conoced que yo soy Dios» (Salmos 46, 10).. La «teología mística». Para el cristianismo, en suma, «Yo soy» es el camino, nos viene a decir Alvarado en su exégesis del Evangelio de San Juan: con ello sigue acaso las antiguas paráfrasis del texto bíblico que cruzaban la fina línea entre ortodoxia y heterodoxia y llevaban, en una escala ascendente, hacia el Ser Supremo. En ese sentido, como se ve, no hay que ir a buscar las herramientas de la contemplación fuera del cristianismo porque este las tiene y muy sobradas, culminando en la ya citada «teología mística», de impresionantes implicaciones en todos los planos de la ética y la metafísica cristianas, pasando por la estética y la poética. No en vano, para terminar, este estupendo recorrido, el libro concluye con un apéndice sobre la recepción de la teología mística de Dionisio Areopagita en la España del Siglo de Oro, que producirá las cumbres de la contemplación cristiana de todos los tiempos. Lo que esas antiguas tradiciones del cristianismo desvelan es un estadio antiguo del conocimiento que conduce a la paradoja de una docta ignorancia que es supremo saber, desde el Areopagita a la «necedad» bizantina de los santos locos –que luego pasan al mundo eslavo–, desde ese «saber no sabiendo, toda ciencia trascendiendo» de nuestro San Juan al «no hacer» de la tradición oriental. Es una vía de investigación fascinante para desvelar un arcaico idioma común de cierta tradición sapiencial que había sido un tanto descuidado en el cristianismo más oficial. Bienvenido sea este libro que, en lo sucesivo, será una referencia para evaluar el lugar del cristianismo en esta antigua tradición que comunica Oriente y Occidente.

 

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