La noche madrileña ha perdido en pocos meses dos de sus grandes símbolos. Teatro Barceló, la antigua sala Pachá, y Fortuny, el palacete de Almagro reconvertido durante años en santuario de la élite social y empresarial, han acabado, aunque con trayectorias distintas, con una misma imagen final: espacios de la ‘jet-set’ madrileña desahuciados. “Se vende el emblemático Teatro Barceló”. “Se subasta la sala más exclusiva de Madrid: Fortuny”. Dos titulares que, separados, podrían no tener nada que ver. Pero guardan relación. Y mucha. Para empezar, ambas han recibido órdenes de lanzamiento. Y para continuar, ambas han recibido recientemente sanciones por parte del Ayuntamiento de la capital por sus licencias de actividad. Barceló, por aforo, tuvo que cerrar un año y ahora anuncia la venta del edificio; Fortuny entró en una subasta que ganó el Grupo Paraguas, pero en enero el Consistorio dictó una orden de clausura y precinto del jardín de la sala. En una ciudad donde el ocio se reinventa cada día, estos dos viejos símbolos se apagan entre polémicas por impagos y denuncias.. Seguir leyendo
Las dos salas han cerrado este mes en una ciudad donde el ocio apuesta por el cambio constante y la oferta de experiencias, mientras sus viejos símbolos se apagan
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La noche madrileña ha perdido en pocos meses dos de sus grandes símbolos. Teatro Barceló, la antigua sala Pachá, y Fortuny, el palacete de Almagro reconvertido durante años en santuario de la élite social y empresarial, han acabado, aunque con trayectorias distintas, con una misma imagen final: espacios de la ‘jet-set’ madrileña desahuciados. “Se vende el emblemático Teatro Barceló”. “Se subasta la sala más exclusiva de Madrid: Fortuny”. Dos titulares que, separados, podrían no tener nada que ver. Pero guardan relación. Y mucha. Para empezar, ambas han recibido órdenes de lanzamiento. Y para continuar, ambas han recibido recientemente sanciones por parte del Ayuntamiento de la capital por sus licencias de actividad. Barceló, por aforo, tuvo que cerrar un año y ahora anuncia la venta del edificio; Fortuny entró en una subasta que ganó el Grupo Paraguas, pero en enero el Consistorio dictó una orden de clausura y precinto del jardín de la sala. En una ciudad donde el ocio se reinventa cada día, estos dos viejos símbolos se apagan entre polémicas por impagos y denuncias.. En el caso de Barceló, el derrumbe ha sido tan rápido como traumático para la plantilla. La sala quedó clausurada durante un año como castigo por haber superado en dos ocasiones el aforo permitido de 990 personas en 2023. Admitieron a 600 más de las que cabían. La preocupación entre los trabajadores, sin embargo, empezó antes. Julia Montoto, jefa de control de la sala, sitúa el origen de los problemas en junio del mismo año, cuando se extendieron rumores de cierre entre los empleados. Montoto y su marido trabajaban allí desde 2014.. Según su testimonio, en septiembre fueron convocados a una reunión con Pablo Trapote, el dueño, y responsables del grupo que iba a asumir la explotación. El mensaje que recibieron entonces fue de tranquilidad: no había de qué preocuparse, pues el cambio de manos no dejaría a nadie en la calle. La realidad fue otra. Montoto sostiene que, en lugar de una subrogación de contrato en las mismas condiciones, parte de la plantilla empezó a recibir propuestas para firmar contratos nuevos que no respetaban su antigüedad. Varios trabajadores rechazaron firmarlos tras consultar con abogados. Entonces, siempre según la versión de la exempleada, comenzaron las presiones: “O firmas o no cobras”, resume sobre las llamadas que, asegura, recibieron algunos empleados. El Teatro Barceló no ha respondido a las preguntas de este periódico para ofrecer su versión.. La plantilla más veterana quedó entonces en una especie de limbo: sin trabajo, sin reubicación efectiva y, según denuncian, sin cobrar salarios, finiquitos o indemnizaciones. Montoto describe meses de angustia económica en su casa. “Llevamos desde enero sin cobrar nada”, cuenta. La situación se agravó porque ambos cónyuges trabajaban en la misma sala y tienen a su cargo un hijo con discapacidad. “Estamos ya a por todas”, dice sobre las acciones judiciales que preparan para reclamar salarios, finiquitos, vacaciones no retribuidas e indemnizaciones.. Su relato coincide con el malestar de otros 49 empleados de la sala. Sergio Valle, uno de los trabajadores afectados y con 17 años de experiencia en el sector de eventos, relata que tras el cierre se les planteó una salida laboral vinculada a la empresa del padre del propietario, la mítica chocolatería San Ginés. Pero las condiciones eran, según su testimonio, sensiblemente peores. “Se nos dijo que estaríamos un año allí hasta que el Grupo Sound retomara el negocio, pero al final todo se hizo con presiones y los trabajadores no aceptamos”, explica. “Nos han despedido y no quieren pagar, así que vamos a demandar”, añade. Valle, que cobraba en torno a 1.700 euros mensuales, asegura que la situación ha derivado en un problema de subsistencia: “Estamos pasando hambre. Hay compañeros a los que les están ayudando los vecinos para poder comer”.. Por su parte, Luis del Cura, de 49 años y jefe de rango en Teatro Barceló, llevaba vinculado a la empresa desde 2008 cuando, según relata, el cierre llegó de forma abrupta el 26 de noviembre de 2025 tras una orden por exceso de aforo. “Nos enteramos por nuestros jefes y por redes sociales de que era el último día”, explica, y asegura que no han hecho las cosas bien.. Detrás del cierre del negocio estaba, además, el peso del inmueble. El edificio de Barceló, uno de los iconos arquitectónicos y nocturnos de la capital, había sido vendido por Pedro Trapote en mayo de 2022 a la sociedad Azurea Inicial por 24 millones de euros. El empresario se reservó una opción de recompra durante cinco años y blindó la continuidad del negocio familiar con un contrato de alquiler a largo plazo para una sociedad vinculada a su hijo Pablo Trapote, según adelantó entonces El Confidencial. Pero el cierre administrativo terminó por desestabilizar la explotación. Ahora Savills ha sacado al mercado el edificio, un inmueble de unos 2.589 metros cuadrados, con protección patrimonial y con potencial para distintos usos. La operación resume bien el cambio de naturaleza del problema: cuando la actividad se bloquea, el ladrillo se convierte en la salida.. Lo confirma Vicente Pizcueta, portavoz de Noche Madrid. Para la patronal, Barceló es uno de los ejemplos más claros de cómo un cierre por cuestiones burocráticas puede asfixiar financieramente una empresa hasta llevarla al concurso o a la parálisis. Pizcueta habla de “inseguridad jurídica” en el sector y critica especialmente las interpretaciones sobre seguridad y aforos. A su juicio, el problema no es solo la sanción en sí, sino el efecto que desencadena: pérdida de actividad, cancelación de eventos, desplome de ingresos, impago de rentas y deterioro acelerado del negocio.. Si Barceló muestra el impacto devastador de un cierre administrativo sobre una gran sala, Fortuny representa el otro gran fantasma del ocio madrileño: que el lujo termine engullido por la deuda y la presión patrimonial. El histórico palacete de la calle Fortuny fue durante décadas un emblema de la noche exclusiva de Madrid. Allí convivieron aristócratas, empresarios, futbolistas y famosos como Brad Pitt bajo la promesa de privacidad total. El edificio, con jardín, restaurante, coctelería y discoteca, funcionó durante años como una dirección nocturna casi obligatoria del Madrid de alta alcurnia.. Pero esa aura no ha bastado para salvarlo. Fortuny acabó en una ejecución hipotecaria y en un lanzamiento judicial. El inmueble, vinculado durante años al empresario Javier Merino, arrastraba una pesada mochila de deudas. Salió a subasta y terminó en manos del Grupo Paraguas, dirigido por Sandro Silva y Marta Seco, que pagaron unos 16 millones de euros y trataron de relanzarlo como Fortuny Home Club, con nuevos espacios, una propuesta gastronómica reforzada y una oferta híbrida entre restauración, coctelería y ocio nocturno. Ni siquiera esa reconversión ha bastado para estabilizar el activo.. La imagen final fue la de un negocio de lujo despidiéndose en redes sociales por “el embargo de los bienes y su salida a subasta”. Fuentes jurídicas sitúan el último golpe en la diligencia de lanzamiento practicada por un juzgado madrileño, que puso fin al procedimiento de ejecución hipotecaria. Es decir: el templo de la exclusividad ha acabado, literalmente, en desahucio.. A ese deterioro patrimonial se añadió un frente administrativo que terminó por complicar la situación. En enero de 2026, el Ayuntamiento dictó una orden de clausura y precinto del jardín de Fortuny. Según fuentes municipales, el espacio contaba desde 2012 con licencia para funcionar como bar al aire libre, pero esta fue revocada en 2025 por incumplimiento de sus condiciones. El consistorio insiste en que esa clausura “no proviene de una sanción, sino de una orden incumplida” y subraya que el cierre del establecimiento en su conjunto “no tiene nada que ver con ninguna actuación municipal”, sino con “un tema privado, por impagos”, han asegurado a este periódico.. Un empresario del sector consultado para este reportaje, que pide no ser identificado, considera que no se trata de un cierre por falta de público, sino de una transformación del uso del inmueble. En su opinión, el palacete vale hoy más por lo que puede llegar a ser —por ejemplo, un hotel de lujo o un exclusivo club privado— que por lo que ha sido. La frase resume la lógica inmobiliaria que sobrevuela buena parte de la noche madrileña: a veces deja de ser rentable explotar un local incluso cuando sigue teniendo nombre.. La caída de Barceló y Fortuny se produce, además, en un momento de cambio profundo en los hábitos de ocio. La noche de Madrid sigue siendo poderosa, pero ya no funciona exactamente con las reglas que hicieron grandes a estas salas. La pandemia aceleró un giro que el sector resume en una idea sencilla: la gente sale antes, cena antes, mezcla restauración y copas, busca formatos más versátiles y es menos fiel a las discotecas de siempre. “Hay un antes y un después del covid”, dice Pizcueta. Tras la euforia de 2022 y 2023, añade, el mercado vive ahora “un momento de ajuste”.. En Madrid, el prestigio ya no garantiza la supervivencia. Ni siquiera cuando detrás hay décadas de historia, clientela fiel y una marca mítica. A veces la exclusividad termina así: con un precinto policial.
