José es totanero, tiene 76 años y llevaba los últimos 6 viviendo en la calle. La suya no ha sido una vida fácil. Según nos cuentan, quedó huérfano con tan solo 4 años y creció en unas condiciones muy duras. No sabe leer ni escribir y se ha ganado la vida como ha podido: emigró a Francia para hacer trabajos agrícolas y desempeñó funciones en ferias y algunas fábricas. Su pensión es mínima, apenas de 450 euros, lo que no le permitía costearse un techo. Pernoctaba, junto a su perro Kiki, hasta hace poco en un banco de La Glorieta de España en Murcia. Es ahí donde conoció a Rosa y a Noemí, dos trabajadoras de la cafetería Tornasol que, no solo le ayudaban diariamente proporcionándole un café o un desayuno, sino que decidieron pasar a la acción e idearon un proyecto para conseguirle una casa de alquiler a José.
“La iniciativa nació de algo muy sencillo: dejar de mirar hacia otro lado y escuchar a una persona que llevaba años viviendo en la calle”, cuenta Noemí Nanut, una argentina afincada 20 años en España y que es abogada de profesión. Lo que empezó como una hucha solidaria en su bar, se transformó en algo más: la posibilidad de sacar a José de su penosa situación. “Se nos ocurrió lo de Instagram, porque la ayuda no nos llegaba a cubrir sus necesidades. Queremos que José, con 76 años, no vuelva a la calle y que la ayuda perdure en el tiempo”, afirma Rosa, que es licenciada en Comunicación Audiovisual y que se dedica a la hostelería. En la citada red social ya han superado los 3.000 seguidores en la cuenta @amiguicojose y han abierto un canal en la plataforma Teaming con el mismo nombre, que permite hacer donaciones por el módico precio de un euro al mes.
El principal y único beneficiario de esta propuesta solidaria no puede ocultar su felicidad, gracias a la encomiable labor que han hecho las que podríamos llamar sus ángeles de la guarda, Rosa y Noemí. “Estoy divino, ahora sí, me acuesto y me levanto muy bien. Y antes me dolían mucho las costillas, por todo el lado este, del suelo”, narra alegre José, que se señala el costado y recuerda, cuando sus longevos huesos tenían que reposar, como único colchón, en el mobiliario público de la ciudad, en concreto, a las puertas del Ayuntamiento de la capital.
“Hoy José disfruta de algo que para muchos puede parecer cotidiano, pero que para él tiene un valor inmenso: un techo, una cama y la tranquilidad de saber que cada día tiene un lugar al que volver”, dice Noemí, que narra las rutinas de este exsintecho totanero. Se ha asentado en el murciano barrio de Espinardo, donde ya le conocen los vecinos y comerciantes. No ha dejado de visitar a diario a sus salvadoras: coge el autobús, se planta en La Glorieta y allí pasa la mañana charlando y saludando a sus “amiguicos”, como él los llama. Cuando se echa la tarde, regresa al que ahora es su hogar.
Las dos promotoras de esta bonita iniciativa aseguran que no quieren “protagonismos”, ni “polémicas”, simplemente, “resultados”. Les gustaría ayudar a más personas como José, pero sus quehaceres profesionales se lo impiden. “Trabajando en la plaza del Ayuntamiento veo cada vez a más personas con ese problema. Es muy difícil conseguir ayudas. Y lo que hemos conseguido me parece imposible. Es difícil ayudar con el ritmo de vida que llevamos a alguien. Se vuelven invisibles”, se lamenta Rosa, quien es testigo a diario de personas que se encuentran en la misma situación de vulnerabilidad y exclusión social en la que vivía José.
De momento, la historia de José y su perro Kiki se ha hecho viral y ha conseguido el foco de la atención pública. Desde la Administración ya están tramitando ayudas para este septuagenario pero, mientras llegan, Rosa y Noemí han tomado la iniciativa y le han conseguido un techo a este totanero, que cada día recibe paquetes con comida y ropa, que le donan altruistamente quienes han sabido de su historia. Quienes le conocen, como Noemí, destacan “su carácter generoso, su cercanía y su capacidad de compartir, incluso, cuando tiene muy poco. Es un persona profundamente humana”.
José asegura que no hubiese podido pasar un invierno más a la intemperie. “Fuera estaría muerto ya, con el agua esta que cae y todo, estoy jodido, pues adiós Madrid”, dice animadamente este hombre, que se deshace en elogios hacia sus ángeles guardianes y hacia todos los que se han volcado con este proyecto. “Estoy más que agradecido por la gente que me está echando una manico”, cuenta este entrañable anciano, que no contaba con la ayuda desinteresada de estas dos mujeres excepcionales
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José es totanero, tiene 76 años y llevaba los últimos 6 viviendo en la calle. La suya no ha sido una vida fácil. Según nos cuentan, quedó huérfano con tan solo 4 años y creció en unas condiciones muy duras. No sabe leer ni escribir y se ha ganado la vida como ha podido: emigró a Francia para hacer trabajos agrícolas y desempeñó funciones en ferias y algunas fábricas. Su pensión es mínima, apenas de 450 euros, lo que no le permitía costearse un techo. Pernoctaba, junto a su perro Kiki, hasta hace poco en un banco de La Glorieta de España en Murcia. Es ahí donde conoció a Rosa y a Noemí, dos trabajadoras de la cafetería Tornasol que, no solo le ayudaban diariamente proporcionándole un café o un desayuno, sino que decidieron pasar a la acción e idearon un proyecto para conseguirle una casa de alquiler a José.. “La iniciativa nació de algo muy sencillo: dejar de mirar hacia otro lado y escuchar a una persona que llevaba años viviendo en la calle”, cuenta Noemí Nanut, una argentina afincada 20 años en España y que es abogada de profesión. Lo que empezó como una hucha solidaria en su bar, se transformó en algo más: la posibilidad de sacar a José de su penosa situación. “Se nos ocurrió lo de Instagram, porque la ayuda no nos llegaba a cubrir sus necesidades. Queremos que José, con 76 años, no vuelva a la calle y que la ayuda perdure en el tiempo”, afirma Rosa, que es licenciada en Comunicación Audiovisual y que se dedica a la hostelería. En la citada red social ya han superado los 3.000 seguidores en la cuenta @amiguicojose y han abierto un canal en la plataforma Teaming con el mismo nombre, que permite hacer donaciones por el módico precio de un euro al mes.. El principal y único beneficiario de esta propuesta solidaria no puede ocultar su felicidad, gracias a la encomiable labor que han hecho las que podríamos llamar sus ángeles de la guarda, Rosa y Noemí. “Estoy divino, ahora sí, me acuesto y me levanto muy bien. Y antes me dolían mucho las costillas, por todo el lado este, del suelo”, narra alegre José, que se señala el costado y recuerda, cuando sus longevos huesos tenían que reposar, como único colchón, en el mobiliario público de la ciudad, en concreto, a las puertas del Ayuntamiento de la capital.. “Hoy José disfruta de algo que para muchos puede parecer cotidiano, pero que para él tiene un valor inmenso: un techo, una cama y la tranquilidad de saber que cada día tiene un lugar al que volver”, dice Noemí, que narra las rutinas de este exsintecho totanero. Se ha asentado en el murciano barrio de Espinardo, donde ya le conocen los vecinos y comerciantes. No ha dejado de visitar a diario a sus salvadoras: coge el autobús, se planta en La Glorieta y allí pasa la mañana charlando y saludando a sus “amiguicos”, como él los llama. Cuando se echa la tarde, regresa al que ahora es su hogar.. Las dos promotoras de esta bonita iniciativa aseguran que no quieren “protagonismos”, ni “polémicas”, simplemente, “resultados”. Les gustaría ayudar a más personas como José, pero sus quehaceres profesionales se lo impiden. “Trabajando en la plaza del Ayuntamiento veo cada vez a más personas con ese problema. Es muy difícil conseguir ayudas. Y lo que hemos conseguido me parece imposible. Es difícil ayudar con el ritmo de vida que llevamos a alguien. Se vuelven invisibles”, se lamenta Rosa, quien es testigo a diario de personas que se encuentran en la misma situación de vulnerabilidad y exclusión social en la que vivía José.. De momento, la historia de José y su perro Kiki se ha hecho viral y ha conseguido el foco de la atención pública. Desde la Administración ya están tramitando ayudas para este septuagenario pero, mientras llegan, Rosa y Noemí han tomado la iniciativa y le han conseguido un techo a este totanero, que cada día recibe paquetes con comida y ropa, que le donan altruistamente quienes han sabido de su historia. Quienes le conocen, como Noemí, destacan “su carácter generoso, su cercanía y su capacidad de compartir, incluso, cuando tiene muy poco. Es un persona profundamente humana”.. José asegura que no hubiese podido pasar un invierno más a la intemperie. “Fuera estaría muerto ya, con el agua esta que cae y todo, estoy jodido, pues adiós Madrid”, dice animadamente este hombre, que se deshace en elogios hacia sus ángeles guardianes y hacia todos los que se han volcado con este proyecto. “Estoy más que agradecido por la gente que me está echando una manico”, cuenta este entrañable anciano, que no contaba con la ayuda desinteresada de estas dos mujeres excepcionales
Dos hosteleras murcianas sacan de la calle y le consiguen un piso de alquiler a un hombre de 76 años, gracias a una iniciativa solidaria que se ha hecho viral
