Javier Brandoli llegó al mundo del periodismo internacional hace 16 años dando «pasitos cortos», según sus propias palabras. No fue un mochilero a los 20 años, pero tampoco se paró, y por eso acabó llegando «a la otra esquina del mundo». Ha vivido en Sudáfrica, Mozambique, México, Italia, Tailandia y ahora Nueva York, y ha contado el mundo visitando y cubriendo más de 90 países cumpliendo a rajatabla la vieja definición que describe al periodista como «gente que le cuenta a la gente lo que le pasa a la gente».. Fruto de esos años como corresponsal publica ahora «Carbonara con nata» (editorial Viajes al Pasado), un libro que nace en Roma y que usa la receta de pasta más famosa de Italia como metáfora de lo difícil que es explicar la realidad de las cosas sin deformarla. Así lo contó durante la presentación del libro en Madrid, rodeado de público, amigos y colegas de profesión: «Desde algo tan sencillo como una receta, puedes entender lo complicado que es explicar la realidad. En muchos lugares la carbonara se cocina con nata y, para un italiano (el autor también tiene nacionalidad italiana), eso es un sacrilegio. Carbonara con nata es una metáfora del error, de lo fácil, de lo que funciona por desinformación. Tengo que confesar que en mi carrera yo he sido nata muchas veces, elevando estereotipos a titulares por no saber suficiente de un lugar».. El libro está dividido en capítulos titulados con el nombre de los ingredientes de la carbonara. En cada uno de ellos el autor le hinca el diente a los grandes temas del periodismo y la literatura, como la violencia, el amor, el sexo, la pobreza o la memoria. Brandoli escarba en los márgenes de las sociedades, retratando a héroes anónimos y a criminales sin perdón. De sus páginas sale la voz del padre Marcelo, una víctima del narco amenazado de muerte (lo mataron en 2024); pero también de victimarios, como el marero Mike, que presume de ser el más eficiente asesino a sueldo de El Salvador. A veces el protagonista es el propio autor, que reflexiona sobre sus dudas y temores cuando siente desde la planta 39 de un rascacielos de Bangkok un violento temblor que le lleva a pensar en una muerte inminente antes de saber que aquello era un terremoto.. Uno de los hilos que atraviesa el libro es su relación con los pueblos indígenas, («me divierte mucho contarlo porque es un mundo muy diverso»), pero siempre huyendo de lo que él denomina «racismo de algodón de azúcar». «Me molesta mucho la creencia de que si alguien es indígena o es pobre es una buena persona. En el mundo indígena hay tantas personas buenas y malas como en cualquier otro lugar del planeta. Lo que hay es una manera diferente de ordenar la vida, unas creencias distintas y, en muchos casos, la devastación que ha traído consigo el ciclón de una vida mejor que todos quieren». Para ilustrarlo recurre a una imagen insólita que presenció en Kenia: «Estaba con un Masái que con una tablet nos enseñaba el cielo a partir de un programa para ver las estrellas. Claro, tú ves un Masái con una tablet y dices: ¿Esto es un Masái?. Pues claro que es un Masái. Es que ellos tampoco son tontos. A ellos también les encanta tener una moto y si pueden también un frigorífico donde no se les pudra la comida».. En uno de los capítulos del libro aborda las fronteras (el guanciale). Brandoli recordó su viaje en coche en 2014 a través de Europa y África. Cada vez que cruzaba una frontera escuchaba la misma advertencia sobre lo peligrosa que era la gente del país vecino. «Había una especie de miedo al otro, una tensión geográfica. Recuerdo que en El Salvador vi en un bar un partido de Chile contra México. Yo iba con México a saco porque adoro México y casi me apalean porque todos en el bar querían que perdiera México. Al parecer les habían llegado muchas historias de que a los inmigrantes salvadoreños se les trataba muy mal en México”.. Entre los reportajes que más le marcaron está el de la casa Xochiquetzal, un asilo de prostitutas en México, donde vivían 22 ancianas que se llamaban a sí mismas «mujeres de la vida galante». Allí conoció a Consuelito, a quien sus hijos le raparon la cabeza, le pegaron una paliza y la echaron a la calle cuando supieron que era trabajadora sexual, «y ella se dejó morir de pena».. En el mundo de las redes sociales y los viajes baratos, viajar ya no es lo que era. «No sé si las redes sociales han convertido el viaje en un poco de ego y en un poco de viajar por viajar, sin querer repetir nunca». Él mismo ha roto un mito que tenía interiorizado: «Al lugar al que has sido feliz no deberías regresar». Ahora regresa a México, a Japón, a Tailandia y a Namibia. Y se siente un hombre feliz.. Su nueva etapa le ha llevado a Estados Unidos, un destino que él no siente como un plato de buen gusto. «Trump me aburre muchísimo, me parece que hemos creado un monstruo mediático». Brandoli -autor de la novela «Dante» y del libro de viajes «El Macondo africano»- prefiere encontrar otras formas de contar el país alejado de la agenda mediática. «Estoy haciendo un reportaje donde estoy descubriendo que en Estados Unidos hay clubs de chicos que se dedican a hacer orgías como las que ven en sus teléfonos cuando ven pornografía… Me parece que ese reportaje explica mucho de las nuevas generaciones», defiende el periodista, que mantiene su convicción de que «el mundo no se cuenta desde hospitales de campaña y desde trincheras de guerra sino con alguien que va al supermercado, que se ha ido al médico o que se sube al autobús. Esa es la realidad».. A Brandoli le gustaría volver a vivir en México y seguir visitando África, su verdadera pasión, un continente que le da «muy buen rollo» y al que vuelve cada vez que puede, aunque sea con la excusa de llevar a otros organizando viajes como el que tiene previsto a Namibia el próximo mes de septiembre.
El periodista ha viajado y hecho coberturas por más de 90 países como corresponsal contando la intrahistoria de los pueblos
Javier Brandoli llegó al mundo del periodismo internacional hace 16 años dando «pasitos cortos», según sus propias palabras. No fue un mochilero a los 20 años, pero tampoco se paró, y por eso acabó llegando «a la otra esquina del mundo». Ha vivido en Sudáfrica, Mozambique, México, Italia, Tailandia y ahora Nueva York, y ha contado el mundo visitando más de 90 países cumpliendo a rajatabla la vieja definición que describe al periodista como «gente que le cuenta a la gente lo que le pasa a la gente».. Fruto de esos años como corresponsal publica ahora «Carbonara con nata» (editorial Viajes al Pasado), un libro que nace en Roma y que usa la receta de pasta más famosa de Italia como metáfora de lo difícil que es explicar la realidad de las cosas sin deformarla. Así lo contó durante la presentación del libro en Madrid, rodeado de público, amigos y colegas de profesión: «Desde algo tan sencillo como una receta, puedes entender lo complicado que es explicar la realidad. En muchos lugares la carbonara se cocina con nata y, para un italiano (el autor también tiene nacionalidad italiana), eso es un sacrilegio. Carbonara con nata es una metáfora del error, de lo fácil, de lo que funciona por desinformación. Tengo que confesar que en mi carrera yo he sido nata muchas veces, elevando estereotipos a titulares por no saber suficiente de un lugar».. El libro está dividido en capítulos titulados con el nombre de los ingredientes de la carbonara. En cada uno de ellos el autor le hinca el diente a los grandes temas del periodismo y la literatura, como la violencia, el amor, el sexo, la pobreza o la memoria. Brandoli escarba en los márgenes de las sociedades, retratando a héroes anónimos y a criminales sin perdón. De sus páginas sale la voz del padre Marcelo, una víctima del narco amenazado de muerte (lo mataron en 2024); pero también de victimarios, como el marero Mike, que presume de ser el más eficiente asesino a sueldo de El Salvador. A veces el protagonista es el propio autor, que reflexiona sobre sus dudas y temores cuando siente desde la planta 39 de un rascacielos de Bangkok un violento temblor que le lleva a pensar en una muerte inminente antes de saber que aquello era un terremoto.. Uno de los hilos que atraviesa el libro es su relación con los pueblos indígenas, («me divierte mucho contarlo porque es un mundo muy diverso»), pero siempre huyendo de lo que él denomina «racismo de algodón de azúcar». «Me molesta mucho la creencia de que si alguien es indígena o es pobre es una buena persona. En el mundo indígena hay tantas personas buenas y malas como en cualquier otro lugar del planeta. Lo que hay es una manera diferente de ordenar la vida, unas creencias distintas y, en muchos casos, la devastación que ha traído consigo el ciclón de una vida mejor que todos quieren». Para ilustrarlo recurre a una imagen insólita que presenció en Kenia: «Estaba con un Masái que con una tablet nos enseñaba el cielo a partir de un programa para ver las estrellas. Claro, tú ves un Masái con una tablet y dices: ¿Esto es un Masái?. Pues claro que es un Masái. Es que ellos tampoco son tontos. A ellos también les encanta tener una moto y si pueden también un frigorífico donde no se les pudra la comida».. En uno de los capítulos del libro aborda las fronteras (el guanciale). Brandoli recordó su viaje en coche en 2014 a través de Europa y África. Cada vez que cruzaba una frontera escuchaba la misma advertencia sobre lo peligrosa que era la gente del país vecino. «Había una especie de miedo al otro, una tensión geográfica. Recuerdo que en El Salvador vi en un bar un partido de Chile contra México. Yo iba con México a saco porque adoro México y casi me apalean porque todos en el bar querían que perdiera México. Al parecer les habían llegado muchas historias de que a los inmigrantes salvadoreños se les trataba muy mal en México”.. Entre los reportajes que más le marcaron está el de la casa Xochiquetzal, un asilo de prostitutas en México, donde vivían 22 ancianas que se llamaban a sí mismas «mujeres de la vida galante». Allí conoció a Consuelito, a quien sus hijos le raparon la cabeza, le pegaron una paliza y la echaron a la calle cuando supieron que era trabajadora sexual, «y ella se dejó morir de pena».. En el mundo de las redes sociales y los viajes baratos, viajar ya no es lo que era. «No sé si las redes sociales han convertido el viaje en un poco de ego y en un poco de viajar por viajar, sin querer repetir nunca». Él mismo ha roto un mito que tenía interiorizado: «Al lugar al que has sido feliz no deberías regresar». Ahora regresa a México, a Japón, a Tailandia y a Namibia. Y se siente un hombre feliz.. Su nueva etapa le ha llevado a Estados Unidos, un destino que él no siente como un plato de buen gusto. «Trump me aburre muchísimo, me parece que hemos creado un monstruo mediático». Brandoli -autor de la novela «Dante» y del libro de viajes «El Macondo africano»- prefiere encontrar otras formas de contar el país alejado de la agenda mediática. «Estoy haciendo un reportaje donde estoy descubriendo que en Estados Unidos hay clubs de chicos que se dedican a hacer orgías como las que ven en sus teléfonos cuando ven pornografía… Me parece que ese reportaje explica mucho de las nuevas generaciones», defiende el periodista, que mantiene su convicción de que «el mundo no se cuenta desde hospitales de campaña y desde trincheras de guerra sino con alguien que va al supermercado, que se ha ido al médico o que se sube al autobús. Esa es la realidad».. A Brandoli le gustaría volver a vivir en México y seguir visitando África, su verdadera pasión, un continente que le da «muy buen rollo» y al que vuelve cada vez que puede, aunque sea con la excusa de llevar a otros organizando viajes como el que tiene previsto a Namibia el próximo mes de septiembre.
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