Volvía Morante. Y no era cualquier cosa. Ni cualquier día. Suponía el regreso después del 16 de abril. Fecha que ya ha pasado a la historia por la faena icónica de Morante en Sevilla. Aquella manera de parar al toro, las banderillas, el comienzo de faena en la silla y la rotundidad de una labor que no tuvo espada, como tampoco Puerta del Príncipe, porque la autoridad puso razón al corazón y no le salían las cuentas al cero trofeos frente a los tres que dice (o el rabo) el reglamento. Si echáramos solo razón y matemática a la vida sería de un sufrimiento insoportable. Menos mal que se pudo quitar la euforia y la alegría a los aficionados que estaban en el ruedo de sacar al de La Puebla por la del Príncipe, pero nadie nos puede robar la emoción que sentimos en esa faena, que ya es eterna, pase el tiempo que pase, e incluso si la vida es tan cabrona como para robarnos la memoria, habría un instante del tiempo, un suspiro del pasado que se detendrá inevitablemente en la inexplicable felicidad que no sabe ni de facturas ni de cuentas, solo del embrujo que se te agarra al estómago y no perdona, de salir de la plaza como si te hubieran dado una paliza. La paliza emocional. Regresaba Martín, mi hijo que ama el toreo con las profundidades de los océanos, con los ojos en lágrimas aquella tarde, había bajado al ruedo. Pensé que volvía agobiado por el barullo. No lo hubo. Quién se ha criado en el temple de los pasos de Semana Santa camino de otra manera en las multitudes. Martín se sentía incomprendido con la felicidad sentida con Morante. Era difícil pensar que hoy se pudiera acercar a sí mismo. Complejo hasta el concepto.. Morante por chicuelinas paró al primero y al tiempo. Lo del capote es otro mundo. Las gaonera no sé si las volverán a ver estos ojos. Puede que fuera la tercera un hundimiento de toreo, sabiduría, joder José Antonio qué te cabe en esas muñecas, qué forma de torear, de sentir esta mágica locura de la tauromaquia. Caben todos los tiempos. Hizo después el de La Puebla una faena condensada. ¿Para qué más? Pronto y en la mano. Tan cerca del toro, cerquita, arrebujado, denso, qué belleza de Morante. Cogió la espada de matar para dejarnos luego la expresión al natural. Nos quedamos con ganas de más, porque lo bueno en verdad no sacia. Pero Morante se había hecho ya con ese trofeo. Preciado. Y gozado. Torero todo. Armado. Cimentado en la gracia de Dios.. Paraba al cuarto y cuando se disponía a torearlo de camino a los medios le cogió y se quedó medio inconsciente en el ruedo. Se lo llevaron rápido a la enfermería y Sevilla en el silencio más absoluto. Entró a la enfermería asistido por los banderilleros. Parecía que llevaba algo en el glúteo. Y después supimos que le estaban interviniendo de una cornada. Suposiciones hasta confirmación real. Borja salió a torearlo y se puso de rodillas. Anduvo bien con el toro que tuvo muchas condiciones. La faena, medida, mereció mejor final porque el sevillano logró había dado todo. Centrado y con el toreo en las muñecas y las cercanías, no logró la rúbrica de la espada.. Bueno fue el segundo que embistió por abajo, con entrega, humillado y vivo. Lo vio claro Borja Jiménez, que anduvo medido, rebozándose de toro y disfrutando de sus arrancadas por ambos pitones. La espada se le fue atrás y punto desprendida.. Rufo pasó discreto con un tercero flojo pero con calidad con el que tiró de oficio. Y lo mismo con un quinto justo de poder.
El torero había cortado un trofeo tras una gran faena en el primero de la tarde
Volvía Morante. Y no era cualquier cosa. Ni cualquier día. Suponía el regreso después del 16 de abril. Fecha que ya ha pasado a la historia por la faena icónica de Morante en Sevilla. Aquella manera de parar al toro, las banderillas, el comienzo de faena en la silla y la rotundidad de una labor que no tuvo espada, como tampoco Puerta del Príncipe, porque la autoridad puso razón al corazón y no le salían las cuentas al cero trofeos frente a los tres que dice (o el rabo) el reglamento. Si echáramos solo razón y matemática a la vida sería de un sufrimiento insoportable. Menos mal que se pudo quitar la euforia y la alegría a los aficionados que estaban en el ruedo de sacar al de La Puebla por la del Príncipe, pero nadie nos puede robar la emoción que sentimos en esa faena, que ya es eterna, pase el tiempo que pase, e incluso si la vida es tan cabrona como para robarnos la memoria, habría un instante del tiempo, un suspiro del pasado que se detendrá inevitablemente en la inexplicable felicidad que no sabe ni de facturas ni de cuentas, solo del embrujo que se te agarra al estómago y no perdona, de salir de la plaza como si te hubieran dado una paliza. La paliza emocional. Regresaba Martín, mi hijo que ama el toreo con las profundidades de los océanos, con los ojos en lágrimas aquella tarde, había bajado al ruedo. Pensé que volvía agobiado por el barullo. No lo hubo. Quién se ha criado en el temple de los pasos de Semana Santa camino de otra manera en las multitudes. Martín se sentía incomprendido con la felicidad sentida con Morante. Era difícil pensar que hoy se pudiera acercar a sí mismo. Complejo hasta el concepto.. Morante por chicuelinas paró al primero y al tiempo. Lo del capote es otro mundo. Las gaonera no sé si las volverán a ver estos ojos. Puede que fuera la tercera un hundimiento de toreo, sabiduría, joder José Antonio qué te cabe en esas muñecas, qué forma de torear, de sentir esta mágica locura de la tauromaquia. Caben todos los tiempos. Hizo después el de La Puebla una faena condensada. ¿Para qué más? Pronto y en la mano. Tan cerca del toro, cerquita, arrebujado, denso, qué belleza de Morante. Cogió la espada de matar para dejarnos luego la expresión al natural. Nos quedamos con ganas de más, porque lo bueno en verdad no sacia. Pero Morante se había hecho ya con ese trofeo. Preciado. Y gozado. Torero todo. Armado. Cimentado en la gracia de Dios.. Paraba al cuarto y cuando se disponía torearlo de camino a los medios le cogió y se quedó inconsciente en el ruedo. Se lo llevaron rápido a la enfermería y Sevilla en el silencio más absoluto. Entra a la enfermería asistido por los banderilleros.. Bueno fue el segundo que embistió por abajo, con entrega, humillado y vivo. Lo vio claro Borja Jiménez, que anduvo medido, rebozándose de toro y disfrutando de sus arrancadas por ambos pitones. La espada se le fue atrás y punto desprendida.. Rufo pasó discreto con un tercero flojo pero con calidad con el que tiró de oficio.
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