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  Cultura  Hitler, los errores que lo convirtieron en el líder de Alemania
Cultura

Hitler, los errores que lo convirtieron en el líder de Alemania

21 de diciembre de 2025
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«El ascenso de Hitler al poder (1932-1933)» (traducción de Alejandro Pradera), de Timothy W. Ryback, reconstruye el proceso por el cual un régimen democrático, complejo y en apariencia estable entregó voluntariamente el mando a un hombre que nunca obtuvo una mayoría de votos y cuya figura había sido, hasta pocos meses antes, objeto de burla y desprecio entre las élites. El libro, que abarca el breve pero decisivo periodo entre abril de 1932 y enero de 1933, se presenta como una crónica casi diaria del derrumbe político de la República de Weimar y de la simultánea ascensión del nazismo. Es una narración sobre la cadena de errores, temores, ambiciones y rendiciones que hicieron posible aquel desenlace. Sin embargo, Ryback no explica el ascenso de [[LINK:TAG|||tag|||633615e95c059a26e23f7b37|||Hitler ]]como una fatalidad; se limita a mostrar cómo fue el propio sistema democrático el que, en nombre de la estabilidad, el orden o la conveniencia, le abrió las puertas del poder.. El punto de partida del autor es muy sencillo. En 1932, Alemania celebró tres elecciones nacionales. En las presidenciales de abril, Hitler se enfrentó a Paul von Hindenburg y perdió de forma clara. En las legislativas de julio, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán se convirtió en la fuerza más votada, con un 37% de los sufragios, pero sin alcanzar la mayoría necesaria para gobernar. En noviembre, tras meses de agitación y violencia, los nazis volvieron a ganar, aunque con un resultado menor: perdieron 34 escaños. En cualquier sistema parlamentario, aquella pérdida de apoyo habría significado el declive de un líder. Pero apenas dos meses después, el 30 de enero de 1933, Adolf Hitler juraba su cargo como canciller del Reich. La pregunta central del libro, formulada de manera implícita pero ineludible, es cómo pudo ocurrir algo semejante.. ¿Qué lleva a una democracia a entregar su poder a quien la desprecia? ¿Por qué los defensores del orden constitucional acabaron facilitando su propia destrucción? Ryback responde a esto con el peso de los hechos. Su relato avanza con el apoyo de archivos inéditos, diarios personales y actas de reuniones políticas, de tal modo que la investigación se construye como una secuencia de días en los que cada decisión errónea, cada gesto de arrogancia o de miedo, va configurando el terreno del desastre. El lector asiste al modo en que los protagonistas —presidentes, generales, industriales, parlamentarios y periodistas— confunden la amenaza con una oportunidad y se convencen de que podrán controlar al demagogo que crece en las calles. Hitler no conquista el poder, insiste Ryback: se lo ofrecen, creyendo que lo domesticarán.. Hitler mirando las estrellas. El libro comienza con una imagen inesperada. En una noche despejada de agosto de 1932, Hitler se encuentra en su residencia de montaña del Obersalzberg, junto a [[LINK:TAG|||tag|||63361ba11e757a32c790c7ea|||Joseph Goebbels]]. El país ha sufrido tormentas devastadoras que han destruido las cosechas. Mientras tanto, ambos hombres contemplan las estrellas y hablan del futuro. Goebbels anota en su diario: «Una noche maravillosa. Estrellas fugaces. Pedimos como deseo buena suerte y libertad». En esa serenidad se condensa la paradoja del momento: un político que acaba de perder votos, que se halla al borde de la bancarrota y que, no obstante, está convencido de su destino. Hitler comenta: «Mi padre se negó a abandonar su “Nunca”, y yo le pagué con la misma moneda». Esa obstinación infantil, transformada en voluntad política, se convertirá en su principal arma. La escena no tiene el dramatismo del mitin o la violencia de la calle, pero sí una quietud premonitoria: mientras el país se derrumba, Hitler contempla las estrellas, esperando su hora.. Consideraban a Hitler un agitador sin profundidad, un histrión carente de experiencia. A lo largo del libro, Ryback alterna el retrato íntimo con la descripción precisa del juego político. Muestra a un Hitler que no es aún el dictador totalitario, sino un dirigente con un discurso errático, a veces derrotista, que necesita desesperadamente una entrada institucional. Su fuerza reside menos en su número de votantes que en la debilidad de quienes lo rodean. Los conservadores alemanes —aristócratas, generales y burócratas— lo consideran un instrumento útil para contener a la izquierda y restaurar el orden.. El general Kurt von Schleicher, último canciller de Weimar antes de Hitler, acuña incluso un término para justificar su estrategia: «Zähmungsprozess», el «proceso de domesticación». Su plan consiste en incorporar a los nazis al gobierno, ofrecerles puestos limitados y así neutralizar su potencial revolucionario. Pero la lógica de la manipulación política se vuelve contra quienes la idean. Schleicher, al igual que Hindenburg y sus asesores, subestima a Hitler: lo considera un agitador sin profundidad, un histrión carente de experiencia. En sus palabras, «¿qué voy a hacer con ese psicópata?». No comprende que, bajo la apariencia de irracionalidad, se esconde una voluntad de poder absoluta.. La tesis de Ryback es que Hitler triunfa porque sus adversarios no creen en la posibilidad real de su triunfo. La élite conservadora lo subestima; la izquierda se divide entre socialistas y comunistas incapaces de formar un frente común; los liberales, paralizados por el miedo al caos, renuncian a defender los principios democráticos que dicen sostener. Todo se derrumba no por un golpe violento, sino por una cadena de renuncias. La República de Weimar muere por una combinación de agotamiento moral y ceguera política. En un pasaje especialmente elocuente, Ryback recuerda que en 1932 Alemania seguía siendo un país con elecciones libres, tribunales independientes y una prensa activa. El sistema funcionaba, aunque con dificultades. Pero los propios guardianes de ese sistema empezaron a dudar de él. Creyeron que la democracia era un lujo que no podían permitirse en tiempos de crisis. Y así, buscando protegerla, la sacrificaron.. La fe del perseverante. El retrato que emerge de Hitler es el de un hombre con una inteligencia práctica y una intuición política extraordinarias, pero sin escrúpulos. Cuando el «New York Times» lo declara acabado tras las elecciones de noviembre, él repite ante sus seguidores: «Seguiré igual que empecé: atacaré, atacaré y volveré a atacar». Esa fe en la perseverancia, que Ryback relaciona con su infancia, en el seno de una familia con un padre autoritario, le permite sobrevivir a cada revés. Al mismo tiempo, su mensaje de unidad nacional —simple, agresivo, emocional— conecta con una sociedad cansada de las divisiones y de la humillación del Tratado de Versalles. Los discursos de Hitler, convertidos en discos y transmitidos por radio, se multiplican por el país: «Empecé hace trece años con siete hombres. Hoy somos trece millones. Al principio se reían de nosotros; ahora nadie ríe». El tono mesiánico sustituye al programa político.. Cabe decir que Ryback evita el lenguaje moralizante. No describe a los protagonistas como monstruos, sino como hombres comunes inmersos en un proceso que apenas comprenden. Hindenburg, anciano y agotado, cede ante las presiones de su entorno. Los empresarios financian a los nazis esperando que defiendan sus intereses. Los medios, atraídos por el espectáculo de la violencia, contribuyen a amplificar su figura. En ese contexto, el nombramiento de Hitler como canciller no aparece como un acto de locura colectiva, sino como una decisión casi burocrática. Nadie cree estar destruyendo la democracia; todos piensan estar salvándola de un mal mayor. Esa es, para Ryback, la enseñanza más perturbadora de la historia: las dictaduras no siempre se imponen desde fuera; a menudo nacen de la ilusión de que se pueden controlar.. Así, la tensión proviene precisamente de la normalidad: los cafés llenos, las reuniones de gabinete, los cálculos electorales, las conversaciones entre políticos convencidos de que todo sigue bajo control. Sólo al final, cuando Hitler entra en la cancillería el 30 de enero de 1933, se percibe el cierre de un círculo. Lo que durante meses parecía una estrategia política resulta ser una rendición. La democracia alemana, en apariencia sólida, se ha vaciado por dentro. La historia del ascenso de Hitler no es un caso aislado de fanatismo, sino una muestra de cómo los sistemas democráticos pueden autodestruirse cuando sus actores dejan de creer en ellos. Se trata de una lección inquietante: el autoritarismo no llega siempre a través de la violencia, sino a través de la aceptación gradual del miedo y la indiferencia. En la Alemania de 1932, el poder no fue arrebatado, sino cedido. Y esa cesión —basada en la comodidad, el cálculo o la fatiga— es la que, en distintas formas, amenaza a toda democracia cuando olvida que debe defenderse incluso de sí misma.. PLANES POLÍTICOS EN UN HOTEL DE LUJO. Una anécdota reveladora del ascenso de Hitler tiene lugar en los primeros días de enero de 1933, pocas semanas antes de su nombramiento como canciller. En aquel momento, la República de Weimar todavía contaba con instituciones funcionales, pero el ambiente político estaba saturado de intrigas y conspiraciones. Ryback relata cómo un grupo de generales y líderes conservadores se reunió en secreto en un lujoso hotel de Berlín para discutir la posibilidad de colocar a Hitler al frente del gobierno, convencidos de que podrían controlarlo desde atrás. La reunión se desarrolló entre cafés, cigarrillos y risas nerviosas, mientras los participantes debatían con calma sobre el futuro del país, como si estuvieran planeando una estrategia de ajedrez y no la entrega de una democracia a un hombre que despreciaba las reglas del juego. Lo más curioso es que en ese encuentro ninguno de ellos consideró realmente el peligro de su decisión; se sentían astutos y seguros, convencidos de que la maniobra les permitiría mantener la autoridad, sin darse cuenta que estaban sentando las bases para una de las mayores catástrofes políticas del siglo XX

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El historiador Timothy W. Ryback explica su ascenso en un libro y señala cómo semanas antes de convertirse en canciller, Hitler fue objeto de intrigas y subestimaciones que revelarían la fragilidad de la democracia alemana y la ironía de quienes creyeron que podían controlarlo

  

«El ascenso de Hitler al poder (1932-1933)» (traducción de Alejandro Pradera), de Timothy W. Ryback, reconstruye el proceso por el cual un régimen democrático, complejo y en apariencia estable entregó voluntariamente el mando a un hombre que nunca obtuvo una mayoría de votos y cuya figura había sido, hasta pocos meses antes, objeto de burla y desprecio entre las élites. El libro, que abarca el breve pero decisivo periodo entre abril de 1932 y enero de 1933, se presenta como una crónica casi diaria del derrumbe político de la República de Weimar y de la simultánea ascensión del nazismo. Es una narración sobre la cadena de errores, temores, ambiciones y rendiciones que hicieron posible aquel desenlace. Sin embargo, Ryback no explica el ascenso de Hitler como una fatalidad; se limita a mostrar cómo fue el propio sistema democrático el que, en nombre de la estabilidad, el orden o la conveniencia, le abrió las puertas del poder.. El punto de partida del autor es muy sencillo. En 1932, Alemania celebró tres elecciones nacionales. En las presidenciales de abril, Hitler se enfrentó a Paul von Hindenburg y perdió de forma clara. En las legislativas de julio, el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán se convirtió en la fuerza más votada, con un 37% de los sufragios, pero sin alcanzar la mayoría necesaria para gobernar. En noviembre, tras meses de agitación y violencia, los nazis volvieron a ganar, aunque con un resultado menor: perdieron 34 escaños. En cualquier sistema parlamentario, aquella pérdida de apoyo habría significado el declive de un líder. Pero apenas dos meses después, el 30 de enero de 1933, Adolf Hitler juraba su cargo como canciller del Reich. La pregunta central del libro, formulada de manera implícita pero ineludible, es cómo pudo ocurrir algo semejante.. ¿Qué lleva a una democracia a entregar su poder a quien la desprecia? ¿Por qué los defensores del orden constitucional acabaron facilitando su propia destrucción? Ryback responde a esto con el peso de los hechos. Su relato avanza con el apoyo de archivos inéditos, diarios personales y actas de reuniones políticas, de tal modo que la investigación se construye como una secuencia de días en los que cada decisión errónea, cada gesto de arrogancia o de miedo, va configurando el terreno del desastre. El lector asiste al modo en que los protagonistas —presidentes, generales, industriales, parlamentarios y periodistas— confunden la amenaza con una oportunidad y se convencen de que podrán controlar al demagogo que crece en las calles. Hitler no conquista el poder, insiste Ryback: se lo ofrecen, creyendo que lo domesticarán.. Hitler mirando las estrellas. El libro comienza con una imagen inesperada. En una noche despejada de agosto de 1932, Hitler se encuentra en su residencia de montaña del Obersalzberg, junto a Joseph Goebbels. El país ha sufrido tormentas devastadoras que han destruido las cosechas. Mientras tanto, ambos hombres contemplan las estrellas y hablan del futuro. Goebbels anota en su diario: «Una noche maravillosa. Estrellas fugaces. Pedimos como deseo buena suerte y libertad». En esa serenidad se condensa la paradoja del momento: un político que acaba de perder votos, que se halla al borde de la bancarrota y que, no obstante, está convencido de su destino. Hitler comenta: «Mi padre se negó a abandonar su “Nunca”, y yo le pagué con la misma moneda». Esa obstinación infantil, transformada en voluntad política, se convertirá en su principal arma. La escena no tiene el dramatismo del mitin o la violencia de la calle, pero sí una quietud premonitoria: mientras el país se derrumba, Hitler contempla las estrellas, esperando su hora.. Consideraban a Hitler un agitador sin profundidad, un histrión carente de experiencia. A lo largo del libro, Ryback alterna el retrato íntimo con la descripción precisa del juego político. Muestra a un Hitler que no es aún el dictador totalitario, sino un dirigente con un discurso errático, a veces derrotista, que necesita desesperadamente una entrada institucional. Su fuerza reside menos en su número de votantes que en la debilidad de quienes lo rodean. Los conservadores alemanes —aristócratas, generales y burócratas— lo consideran un instrumento útil para contener a la izquierda y restaurar el orden.. El general Kurt von Schleicher, último canciller de Weimar antes de Hitler, acuña incluso un término para justificar su estrategia: «Zähmungsprozess», el «proceso de domesticación». Su plan consiste en incorporar a los nazis al gobierno, ofrecerles puestos limitados y así neutralizar su potencial revolucionario. Pero la lógica de la manipulación política se vuelve contra quienes la idean. Schleicher, al igual que Hindenburg y sus asesores, subestima a Hitler: lo considera un agitador sin profundidad, un histrión carente de experiencia. En sus palabras, «¿qué voy a hacer con ese psicópata?». No comprende que, bajo la apariencia de irracionalidad, se esconde una voluntad de poder absoluta.. La tesis de Ryback es que Hitler triunfa porque sus adversarios no creen en la posibilidad real de su triunfo. La élite conservadora lo subestima; la izquierda se divide entre socialistas y comunistas incapaces de formar un frente común; los liberales, paralizados por el miedo al caos, renuncian a defender los principios democráticos que dicen sostener. Todo se derrumba no por un golpe violento, sino por una cadena de renuncias. La República de Weimar muere por una combinación de agotamiento moral y ceguera política. En un pasaje especialmente elocuente, Ryback recuerda que en 1932 Alemania seguía siendo un país con elecciones libres, tribunales independientes y una prensa activa. El sistema funcionaba, aunque con dificultades. Pero los propios guardianes de ese sistema empezaron a dudar de él. Creyeron que la democracia era un lujo que no podían permitirse en tiempos de crisis. Y así, buscando protegerla, la sacrificaron.. La fe del perseverante. El retrato que emerge de Hitler es el de un hombre con una inteligencia práctica y una intuición política extraordinarias, pero sin escrúpulos. Cuando el «New York Times» lo declara acabado tras las elecciones de noviembre, él repite ante sus seguidores: «Seguiré igual que empecé: atacaré, atacaré y volveré a atacar». Esa fe en la perseverancia, que Ryback relaciona con su infancia, en el seno de una familia con un padre autoritario, le permite sobrevivir a cada revés. Al mismo tiempo, su mensaje de unidad nacional —simple, agresivo, emocional— conecta con una sociedad cansada de las divisiones y de la humillación del Tratado de Versalles. Los discursos de Hitler, convertidos en discos y transmitidos por radio, se multiplican por el país: «Empecé hace trece años con siete hombres. Hoy somos trece millones. Al principio se reían de nosotros; ahora nadie ríe». El tono mesiánico sustituye al programa político.. Cabe decir que Ryback evita el lenguaje moralizante. No describe a los protagonistas como monstruos, sino como hombres comunes inmersos en un proceso que apenas comprenden. Hindenburg, anciano y agotado, cede ante las presiones de su entorno. Los empresarios financian a los nazis esperando que defiendan sus intereses. Los medios, atraídos por el espectáculo de la violencia, contribuyen a amplificar su figura. En ese contexto, el nombramiento de Hitler como canciller no aparece como un acto de locura colectiva, sino como una decisión casi burocrática. Nadie cree estar destruyendo la democracia; todos piensan estar salvándola de un mal mayor. Esa es, para Ryback, la enseñanza más perturbadora de la historia: las dictaduras no siempre se imponen desde fuera; a menudo nacen de la ilusión de que se pueden controlar.. Así, la tensión proviene precisamente de la normalidad: los cafés llenos, las reuniones de gabinete, los cálculos electorales, las conversaciones entre políticos convencidos de que todo sigue bajo control. Sólo al final, cuando Hitler entra en la cancillería el 30 de enero de 1933, se percibe el cierre de un círculo. Lo que durante meses parecía una estrategia política resulta ser una rendición. La democracia alemana, en apariencia sólida, se ha vaciado por dentro. La historia del ascenso de Hitler no es un caso aislado de fanatismo, sino una muestra de cómo los sistemas democráticos pueden autodestruirse cuando sus actores dejan de creer en ellos. Se trata de una lección inquietante: el autoritarismo no llega siempre a través de la violencia, sino a través de la aceptación gradual del miedo y la indiferencia. En la Alemania de 1932, el poder no fue arrebatado, sino cedido. Y esa cesión —basada en la comodidad, el cálculo o la fatiga— es la que, en distintas formas, amenaza a toda democracia cuando olvida que debe defenderse incluso de sí misma.. PLANES POLÍTICOS EN UN HOTEL DE LUJO. Una anécdota reveladora del ascenso de Hitler tiene lugar en los primeros días de enero de 1933, pocas semanas antes de su nombramiento como canciller. En aquel momento, la República de Weimar todavía contaba con instituciones funcionales, pero el ambiente político estaba saturado de intrigas y conspiraciones. Ryback relata cómo un grupo de generales y líderes conservadores se reunió en secreto en un lujoso hotel de Berlín para discutir la posibilidad de colocar a Hitler al frente del gobierno, convencidos de que podrían controlarlo desde atrás. La reunión se desarrolló entre cafés, cigarrillos y risas nerviosas, mientras los participantes debatían con calma sobre el futuro del país, como si estuvieran planeando una estrategia de ajedrez y no la entrega de una democracia a un hombre que despreciaba las reglas del juego. Lo más curioso es que en ese encuentro ninguno de ellos consideró realmente el peligro de su decisión; se sentían astutos y seguros, convencidos de que la maniobra les permitiría mantener la autoridad, sin darse cuenta que estaban sentando las bases para una de las mayores catástrofes políticas del siglo XX

 

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