Destaca la directora Haifaa al-Mansour, sin rastro de moralina discursiva, que «la vergüenza borra la identidad de las mujeres». Lo hace, claro, sin entender de límites fronterizos, frecuencias culturales distintas, creencias, sintonías depuradas o colores de piel, pero sí de géneros, de geometría patriarcal, porque casualmente siempre son ellos los que tienen la goma entre sus manos para llevar a cabo un borrado cuya rapidez parece acentuarse en un territorio que la creadora conoce muy bien: Arabia Saudí. El mismo en el que nació ella, el mismo en el que siguen muriendo y siendo silenciadas tantas.. Siguiendo con la metáfora simbólica que propone con la base de la que parte esta película, ¿cuántas mujeres en Oriente Medio han permanecido olvidadas, opacadas, enterradas en cunetas de forma anónima sin que nadie repare en su existencia?, le preguntamos a esta pionera internacionalmente reconocida con motivo de su último trabajo, «La mujer sin nombre». «Si me preguntan por estadísticas, no puedo contestar de forma exacta pero sí aproximarme diciendo que hay muchas. Desde luego la mayoría de estas desapariciones son corpóreas, pero sobre todo morales. Ya no solo es que mueran mujeres físicamente por los crímenes de honor –que eso está cambiando afortunadamente, porque en Arabia Saudí no tenemos asesinatos por honor, o mejor dicho, son muy pocos. Ni punto de comparación con Pakistán, por ejemplo, ¿no? Pero sí es verdad que las mujeres nacen para cumplir con ciertos papeles dentro de la sociedad y si no cumple con esos papeles, se la considera un fracaso. Da igual que sea una hija perfecta, una maravillosa mujer o una abogada fantástica si no está casada con el hombre perfecto para su clase social y si no ha tenido hijos. Hay una presión terrible en las mujeres, horrorosa», reconoce la también autora de la movilizadora «La bicicleta verde» –primera película rodada enteramente en Arabia Saudí, primera en rodarse por una mujer saudita y primera vez que el país de Oriente Próximo envió una película a los Oscars– sobre una opresiva y subyugante exigencia centrada en domesticar y estandarizar las decisiones individuales de las mujeres que por desgracia está lo suficiente y significativamente occidentalizada como para que suene familiar en determinados oídos europeos.. «Digamos que sólo se puede existir en esa identidad concreta, la identidad que la sociedad te impone. Y sabemos que todas somos diferentes, todos los seres humanos lo son. Ya es hora de que las mujeres sean realmente ellas mismas, sin estar sometidas a esa presión compartida desde varios puntos del globo, por eso creo que las mujeres, en general y siempre, deben rebelarse. Pero desde luego, en Oriente Medio, mucho más». En este regreso de la directora a su tierra después de seis años sin rodar allí tras «La candidata perfecta», el protagonismo tanto interpretativo como narrativo y atmosférico vuelve a recaer sobre una figura femenina, en este caso, una investigadora amateur, aficionada, que acaba de perder a uno de sus hijos y de divorciarse, trabaja en el departamento de archivos de la comisaría local y se obsesiona con la desaparición de una adolescente cuyo cuerpo sin vida encontrado en el desierto no reclama nadie.. «Creo que hay un interés enorme, pero no sólo en Arabia Saudí sino en el mundo entero, por las voces femeninas. En mi país se han empezado a dar cuenta y están apoyando a las cineastas mujeres. Les dan una oportunidad para que cuenten sus historias y para que prosperen, para que crezcan. Creo que las mujeres deben aprovechar realmente este momento de conseguir la financiación necesaria, todo lo disponible. Pero eso no significa que hagan lo que se les mande. Deben ser fieles a lo que quieren contar, a las historias que tienen en la cabeza, en el pecho», se despide Al-Mansour, sabiéndose, en parte, responsable de ese alentador empuje.
La pionera cineasta saudita Haifaa al-Mansour presenta «La mujer sin nombre»
Destaca la directora Haifaa al-Mansour, sin rastro de moralina discursiva, que «la vergüenza borra la identidad de las mujeres». Lo hace, claro, sin entender de límites fronterizos, frecuencias culturales distintas, creencias, sintonías depuradas o colores de piel, pero sí de géneros, de geometría patriarcal, porque casualmente siempre son ellos los que tienen la goma entre sus manos para llevar a cabo un borrado cuya rapidez parece acentuarse en un territorio que la creadora conoce muy bien: Arabia Saudí. El mismo en el que nació ella, el mismo en el que siguen muriendo y siendo silenciadas tantas.. Siguiendo con la metáfora simbólica que propone con la base de la que parte esta película, ¿cuántas mujeres en Oriente Medio han permanecido olvidadas, opacadas, enterradas en cunetas de forma anónima sin que nadie repare en su existencia?, le preguntamos a esta pionera internacionalmente reconocida con motivo de su último trabajo, «La mujer sin nombre». «Si me preguntan por estadísticas, no puedo contestar de forma exacta pero sí aproximarme diciendo que hay muchas. Desde luego la mayoría de estas desapariciones son corpóreas, pero sobre todo morales. Ya no solo es que mueran mujeres físicamente por los crímenes de honor –que eso está cambiando afortunadamente, porque en Arabia Saudí no tenemos asesinatos por honor, o mejor dicho, son muy pocos. Ni punto de comparación con Pakistán, por ejemplo, ¿no? Pero sí es verdad que las mujeres nacen para cumplir con ciertos papeles dentro de la sociedad y si no cumple con esos papeles, se la considera un fracaso. Da igual que sea una hija perfecta, una maravillosa mujer o una abogada fantástica si no está casada con el hombre perfecto para su clase social y si no ha tenido hijos. Hay una presión terrible en las mujeres, horrorosa», reconoce la también autora de la movilizadora «La bicicleta verde» –primera película rodada enteramente en Arabia Saudí, primera en rodarse por una mujer saudita y primera vez que el país de Oriente Próximo envió una película a los Oscars– sobre una opresiva y subyugante exigencia centrada en domesticar y estandarizar las decisiones individuales de las mujeres que por desgracia está lo suficiente y significativamente occidentalizada como para que suene familiar en determinados oídos europeos.. «Digamos que sólo se puede existir en esa identidad concreta, la identidad que la sociedad te impone. Y sabemos que todas somos diferentes, todos los seres humanos lo son. Ya es hora de que las mujeres sean realmente ellas mismas, sin estar sometidas a esa presión compartida desde varios puntos del globo, por eso creo que las mujeres, en general y siempre, deben rebelarse. Pero desde luego, en Oriente Medio, mucho más». En este regreso de la directora a su tierra después de seis años sin rodar allí tras «La candidata perfecta», el protagonismo tanto interpretativo como narrativo y atmosférico vuelve a recaer sobre una figura femenina, en este caso, una investigadora amateur, aficionada, que acaba de perder a uno de sus hijos y de divorciarse, trabaja en el departamento de archivos de la comisaría local y se obsesiona con la desaparición de una adolescente cuyo cuerpo sin vida encontrado en el desierto no reclama nadie.. «Creo que hay un interés enorme, pero no sólo en Arabia Saudí sino en el mundo entero, por las voces femeninas. En mi país se han empezado a dar cuenta y están apoyando a las cineastas mujeres. Les dan una oportunidad para que cuenten sus historias y para que prosperen, para que crezcan. Creo que las mujeres deben aprovechar realmente este momento de conseguir la financiación necesaria, todo lo disponible. Pero eso no significa que hagan lo que se les mande. Deben ser fieles a lo que quieren contar, a las historias que tienen en la cabeza, en el pecho», se despide Al-Mansour, sabiéndose, en parte, responsable de ese alentador empuje.
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