Gran Hermano 20 ha acelerado su final. El regreso del legendario programa venía con una colorista nueva casa en Tres Cantos, pero no ha conquistado el interés de un público resabiado de realities. «Os lo tengo que decir, qué rápido se me ha pasado», ironizaba Jorge Javier Vázquez este jueves. El primer fallo de Telecinco ha sido lanzar el formato en noviembre, con la temporada natural ya iniciada, y en la misma semana en la que se estrenaba también La isla de las tentaciones. Perfecto para liar a la audiencia que, de repente, se encuentra con cincuenta protagonistas anónimos de tele-realidades varias que hay que asimilar y conocer.. La isla de las tentaciones atesora el aliciente de que sus tramas cuentan con una edición trepidante repleta de giros de guion. En cambio, GH necesita conquistar la atención de la audiencia con el imprevisible devenir del directo. Estaba claro cuál de los dos programas tenía todas las de perder. GH requiere una implicación añadida de unos espectadores de hoy aturullados a imágenes desde la tele, las plataformas y las redes. Lo que propicia una dificultad extra a la hora de diferenciar a los desconocidos concursantes de cada propuesta de tele-realidad. Y los de La isla y Gran Hermano se parecen demasiado. Hasta cuando son distintos.. Ahí nace otro gran aprendizaje: no basta con los castings abiertos a los que solo acuden los fervientes seguidores de los programas. GH debe huir de personas que sean fanáticas del formato. Es la manera de volver a encontrar al participante genuino de Gran Hermano. Los concursantes de esta edición replican lo que creen que se espera de ellos. Son muy espontáneos y, sin embargo, no transmiten autenticidad. Porque solo imitan la tele con la que crecieron. Así el público no comprende la motivación de sus conflictos, pues nada más entrar en la casa parece que llevan meses internos por la manera de reproducir frases que vieron en otros.. El triunfo social de GH estaba en la convivencia de personas de diversas procedencias, clases sociales y estatus. Aunque todas tuvieran cierto magnetismo por la fama televisiva. Pero no tenían estudiado cuál debía ser su papel en el programa y terminábamos empatizando con ellas porque representaban las emociones que brotan de compartir piso. Emociones identificables por todos. Como consecuencia, generábamos vínculo con los personajes que sobre todo eran personas. Teníamos nuestros favoritos y queríamos que ganaran al vernos reflejados en su decepción o en su desamor.. En 2025, hasta la contrastada dinámica del concurso se ha desintegrado. De hecho, una de las grandes enseñanzas de este GH ha estado en la importancia de proteger la credibilidad de los tempos de las nominaciones y expulsiones que otorgan el poder de elegir al público. En este GH ha dado la sensación de que estaban todo el rato teatralizando la «expulsión» a gente. Y ni siquiera sonaba de fondo la banda sonora de tensión de siempre. Con tanta ida y venida, la narración del programa no ha incidido lo suficiente en las tramas más humanas de los concursantes. Solo transmitían ser unos parlanchines a la caza de foco. Un concurso debe ser riguroso con sus liturgias de juego. Si abusas de la simulación de “expulsiones” -que, en realidad, solo son un truco de guion- se termina perdiendo el sentimiento que despertaba el ritual de la eliminación cierta. Incluso el propio espectador se pierde.. Un espectador que ya protagoniza su propio reality con un móvil que no suelta de su mano. Entre tanto impacto audiovisual, ni nos hemos enterado del retorno de este Gran Hermano que ha quedado diluido después de un Supervivientes All Stars, en una cadena volcada por una versión troceada de La isla de las tentaciones y con un casting que habla mucho pero que no cuenta realmente nada. Qué podía salir mal. Todo.
Telecinco ha adelantado el final de ‘GH’ por su bajo rendimiento de audiencia.
20MINUTOS.ES – Televisión
Gran Hermano 20 ha acelerado su final. El regreso del legendario programa venía con una colorista nueva casa en Tres Cantos, pero no ha conquistado el interés de un público resabiado de realities. «Os lo tengo que decir, qué rápido se me ha pasado», ironizaba Jorge Javier Vázquez este jueves. El primer fallo de Telecinco ha sido lanzar el formato en noviembre, con la temporada natural ya iniciada, y en la misma semana en la que se estrenaba también La isla de las tentaciones. Perfecto para liar a la audiencia que, de repente, se encuentra con cincuenta protagonistas anónimos de tele-realidades variasque hay que asimilar y conocer.. La isla de las tentaciones atesora el aliciente de que sus tramas cuentan con una edición trepidante repleta de giros de guion. En cambio, GH necesita conquistar la atención de la audiencia con el imprevisible devenir del directo. Estaba claro cuál de los dos programas tenía todas las de perder. GH requiere una implicación añadida de unos espectadores de hoy aturullados a imágenes desde la tele, las plataformas y las redes. Lo que propicia una dificultad extra a la hora de diferenciar a los desconocidos concursantes de cada propuesta de tele-realidad. Y los de La isla y Gran Hermano se parecen demasiado. Hasta cuando son distintos.. Ahí nace otro gran aprendizaje: no basta con los castings abiertos a los que solo acuden los fervientes seguidores de los programas. GH debe huir de personas que sean fanáticas del formato. Es la manera de volver a encontrar al participante genuino de Gran Hermano. Los concursantes de esta edición replican lo que creen que se espera de ellos. Son muy espontáneos y, sin embargo, no transmiten autenticidad. Porque solo imitan la tele con la que crecieron. Así el público no comprende la motivación de sus conflictos, pues nada más entrar en la casa parece que llevan meses internos por la manera de reproducir frases que vieron en otros.. El triunfo social de GH estaba en la convivencia de personas de diversas procedencias, clases sociales y estatus. Aunque todas tuvieran cierto magnetismo por la fama televisiva. Pero no tenían estudiado cuál debía ser su papel en el programa y terminábamos empatizando con ellas porque representaban las emociones que brotan de compartir piso. Emociones identificables por todos. Como consecuencia, generábamos vínculo con los personajes que sobre todo eran personas. Teníamos nuestros favoritos y queríamos que ganaran al vernos reflejados en su decepción o en su desamor.. En 2025, hasta la contrastada dinámica del concurso se ha desintegrado. De hecho, una de las grandes enseñanzas de este GH ha estado en la importancia de proteger la credibilidad de los tempos de las nominaciones y expulsiones que otorgan el poder de elegir al público. En este GH ha dado la sensación de que estaban todo el rato teatralizando la «expulsión» a gente. Y ni siquiera sonaba de fondo la banda sonora de tensión de siempre. Con tanta ida y venida, la narración del programa no ha incidido lo suficiente en las tramas más humanas de los concursantes. Solo transmitían ser unos parlanchines a la caza de foco. Un concurso debe ser riguroso con sus liturgias de juego. Si abusas de la simulación de “expulsiones” -que, en realidad, solo son un truco de guion- se termina perdiendo el sentimiento que despertaba el ritual de la eliminación cierta. Incluso el propio espectador se pierde.. Un espectador que ya protagoniza su propio reality con un móvil que no suelta de su mano. Entre tanto impacto audiovisual, ni nos hemos enterado del retorno de este Gran Hermano que ha quedado diluido después de un Supervivientes All Stars, en una cadena volcada por una versión troceada de La isla de las tentaciones y con un casting que habla mucho pero que no cuenta realmente nada. Qué podía salir mal. Todo.
