Noviembre de 2019. El presidente José Luis Rodríguez Zapatero pronuncia un discurso previo a una entrega de premios. La tesis principal es que España se está convirtiendo en una sociedad de «mente pequeña y cerrada» por rechazar la inmigración masiva. Poco a poco, el líder socialista se va viniendo arriba y termina cabalgando un crescendo donde suelta «¡Con Franco no venían!», aludiendo a las continuas oleadas de inmigrantes. Hoy podría usarse el vídeo como spot promocional de cualquier nuevo partido de derecha soberanista, esos que apoyan los jóvenes de manera mayoritaria. El comodín de Franco ha dejado de funcionar.. El mundo ha cambiado y la izquierda no se termina de enterar: el año pasado hubo «influencers» sanchistas que compartieron en redes sociales la famosa placa del Instituto de Vivienda de Falange, denunciando que esto era lo único que ofrecía el franquismo a los jóvenes. No parece la mejor estrategia, ya que bajo ese logotipo se construyeron millones de viviendas asequibles en España. Las políticas del ministro José Luis Arrese consiguieron el objetivo de fuésemos pasando de país de proletarios a país de propietarios. En 1979, con el modelo heredado aún vigente, una pareja obrera con dos sueldos podía pagar la vivienda en un periodo comprendido entre cinco y diez años. Ahora se necesitan treinta. ¿Podemos echar la culpa a nuestros veinteañeros de mirar estas cifras con envidia?. La editorial SND ha aprovechado el pendulazo a la derecha de los jóvenes españoles para publicar el volumen colectivo «Franco para millenials, centennials y alfas». La nómina de autores es muy favorable a la dictadura, con apellidos como Utrera Molina, Ynestrillas y Foxá, pero por encima de las militancias y vínculos de sangre siempre están los datos. Un ejemplo elocuente: el año en que murió el Caudillo el paro estructural en España oscilaba entre el 3 y el 4%, mientras que en 2013 llegó a ser del 26.9%. La cifra más baja alcanzada en democracia era del 7,9%, en el año 2007. No hay que ser un genio para adivinar qué paisaje laboral preferiría encontrarse un recién licenciado de nuestra época.. La realidad social. Según una reciente encuesta de Sociométrica, el 41,4% de los jóvenes españoles entre 17 y 35 años se muestra favorable o indiferente a vivir en un régimen autoritario de derechas. No puede haber mayor pesadilla para el progresismo dominante. No es que las dictaduras se hayan vuelto «cool», sino que la realidad es cada vez más agobiante. El historiador Fernando Paz basa su defensa del franquismo en cifras: la renta per cápita de los españoles pasó «de los 131 dólares anuales en 1940 a los 2.088 en 1975. La participación de las rentas del trabajo en el total nacional asciende al 60,5%. El analfabetismo cae del casi 30% en 1940 al 7% en 1975», recuerda. Paz también desmonta uno de los bulos más extendidos por la izquierda: que la España franquista era una cárcel. En vísperas de la Guerra Civil, nuestro país tenía unos 32.000 presos para una población de 24 millones de personas, mientras que en 1975 la población reclusa era de apenas 9.000 para un país de 35 millones. El franquismo firmó sentencias de muerte hasta los últimos días, pero el grueso de su gestión fue crear una sociedad articulada con instituciones que hoy siguen funcionando: Radio Nacional, la ONCE, Agencia Efe, Renfe, Instituto Nacional de Industria, CSIC…. A estas alturas del año, hemos leído decenas de reportajes sobre el giro de los jóvenes españoles a la derecha. Hasta el Gran Wyoming sabe que la chavalada rechaza más el progresismo de lo que celebra el nacionalcatolicismo. Esto comentó el presentador de «El Intermedio» sobre una reciente manifestación de Falange en Sevilla, a la que acudieron cientos de jóvenes: «Creo que ha llegado el momento de dejar de llamarles nostálgicos, como acostumbran a hacer algunos medios. Porque me temo que no salen a la calle pensando en el pasado», destacaba. Tiene toda la razón: el lema principal de la protesta era «Remigración y barrios seguros», problemas rabiosamente actuales. También sobrevuela el texto la cuestión del arte y la cultura popular. ¿Podemos decir que el franquismo fue una especie de páramo estético? El profesor José Luis Orella evoca el pujante mundo del cine, con actores cómicos y dramáticos de primera fila como Fernando Fernán Gómez, José Luis López Vázquez y Alfredo Landa, entre otros. La floreciente industria española –y los bajos precios del país– atrajeron a empresas italianas, francesas y alemanas, incluso a talento estadounidense, una parte del cual huía del macartismo que expulsó de Hollywood a todo elemento sospechoso de comunismo. Muchos de los grandes directores de nuestro cine, de todo tipo de ideologías, convivieron sin problema en nuestras pantallas, desde el comunista Juan Antonio Bardem hasta el falangista José Antonio Nieves Conde, pasando por el ácrata Luis García Berlanga.. En sus esfuerzos por legitimar el sistema actual, el sistema pintó un cuadro tenebrista y maniqueo de los cuarenta años de régimen franquista. Hoy los jóvenes acuden a informarse a Internet y descubren que aquello fue un régimen con mucha más conciencia social de lo que les cuenta la prensa progresista, que el Valle de los Caídos es en realidad un monumento a la reconciliación y que entonces pudieron desarrollar sus carreras artistas disidentes como Carmen Laforet, Antonio Tápies, Buero Vallejo, Joan Miró, Jorge Oteiza, Eduardo Chillida y José Luis Sampedro, entre muchos otros.. El libro destaca otra verdad incómoda que para muchos será difícil de procesar: la dictadura favoreció especialmente los sectores que más se le resistieron durante la Guerra Civil. Las autonomías que más se desarrollaron fueron Cataluña y el País Vasco, mientras que las clases bajas que nutrieron las milicias republicanas experimentaron un ascenso social con la creación de una clase media estable. Más allá de la propaganda «progre» antiespañola, los jóvenes comienzan a desarrollar una mirada propia.
Una nueva mirada sobre el franquismo reivindica los logros sociales y la prosperidad de las clases medias frente a la realidad actual
Noviembre de 2019. El presidente José Luis Rodríguez Zapatero pronuncia un discurso previo a una entrega de premios. La tesis principal es que España se está convirtiendo en una sociedad de «mente pequeña y cerrada» por rechazar la inmigración masiva. Poco a poco, el líder socialista se va viniendo arriba y termina cabalgando un crescendo donde suelta «¡Con Franco no venían!», aludiendo a las continuas oleadas de inmigrantes. Hoy podría usarse el vídeo como spot promocional de cualquier nuevo partido de derecha soberanista, esos que apoyan los jóvenes de manera mayoritaria. El comodín de Franco ha dejado de funcionar.. El mundo ha cambiado y la izquierda no se termina de enterar: el año pasado hubo «influencers» sanchistas que compartieron en redes sociales la famosa placa del Instituto de Vivienda de Falange, denunciando que esto era lo único que ofrecía el franquismo a los jóvenes. No parece la mejor estrategia, ya que bajo ese logotipo se construyeron millones de viviendas asequibles en España. Las políticas del ministro José Luis Arrese consiguieron el objetivo de fuésemos pasando de país de proletarios a país de propietarios. En 1979, con el modelo heredado aún vigente, una pareja obrera con dos sueldos podía pagar la vivienda en un periodo comprendido entre cinco y diez años. Ahora se necesitan treinta. ¿Podemos echar la culpa a nuestros veinteañeros de mirar estas cifras con envidia?. La editorial SND ha aprovechado el pendulazo a la derecha de los jóvenes españoles para publicar el volumen colectivo «Franco para millenials, centennials y alfas». La nómina de autores es muy favorable a la dictadura, con apellidos como Utrera Molina, Ynestrillas y Foxá, pero por encima de las militancias y vínculos de sangre siempre están los datos. Un ejemplo elocuente: el año en que murió el Caudillo el paro estructural en España oscilaba entre el 3 y el 4%, mientras que en 2013 llegó a ser del 26.9%. La cifra más baja alcanzada en democracia era del 7,9%, en el año 2007. No hay que ser un genio para adivinar qué paisaje laboral preferiría encontrarse un recién licenciado de nuestra época.. Según una reciente encuesta de Sociométrica, el 41,4% de los jóvenes españoles entre 17 y 35 años se muestra favorable o indiferente a vivir en un régimen autoritario de derechas. No puede haber mayor pesadilla para el progresismo dominante. No es que las dictaduras se hayan vuelto «cool», sino que la realidad es cada vez más agobiante. El historiador Fernando Paz basa su defensa del franquismo en cifras: la renta per cápita de los españoles pasó «de los 131 dólares anuales en 1940 a los 2.088 en 1975. La participación de las rentas del trabajo en el total nacional asciende al 60,5%. El analfabetismo cae del casi 30% en 1940 al 7% en 1975», recuerda. Paz también desmonta uno de los bulos más extendidos por la izquierda: que la España franquista era una cárcel. En vísperas de la Guerra Civil, nuestro país tenía unos 32.000 presos para una población de 24 millones de personas, mientras que en 1975 la población reclusa era de apenas 9.000 para un país de 35 millones. El franquismo firmó sentencias de muerte hasta los últimos días, pero el grueso de su gestión fue crear una sociedad articulada con instituciones que hoy siguen funcionando: Radio Nacional, la ONCE, Agencia Efe, Renfe, Instituto Nacional de Industria, CSIC…. A estas alturas del año, hemos leído decenas de reportajes sobre el giro de los jóvenes españoles a la derecha. Hasta el Gran Wyoming sabe que la chavalada rechaza más el progresismo de lo que celebra el nacionalcatolicismo. Esto comentó el presentador de «El Intermedio» sobre una reciente manifestación de Falange en Sevilla, a la que acudieron cientos de jóvenes: «Creo que ha llegado el momento de dejar de llamarles nostálgicos, como acostumbran a hacer algunos medios. Porque me temo que no salen a la calle pensando en el pasado», destacaba. Tiene toda la razón: el lema principal de la protesta era «Remigración y barrios seguros», problemas rabiosamente actuales. También sobrevuela el texto la cuestión del arte y la cultura popular. ¿Podemos decir que el franquismo fue una especie de páramo estético? El profesor José Luis Orella evoca el pujante mundo del cine, con actores cómicos y dramáticos de primera fila como Fernando Fernán Gómez, José Luis López Vázquez y Alfredo Landa, entre otros. La floreciente industria española –y los bajos precios del país– atrajeron a empresas italianas, francesas y alemanas, incluso a talento estadounidense, una parte del cual huía del macartismo que expulsó de Hollywood a todo elemento sospechoso de comunismo. Muchos de los grandes directores de nuestro cine, de todo tipo de ideologías, convivieron sin problema en nuestras pantallas, desde el comunista Juan Antonio Bardem hasta el falangista José Antonio Nieves Conde, pasando por el ácrata Luis García Berlanga.. En sus esfuerzos por legitimar el sistema actual, el sistema pintó un cuadro tenebrista y maniqueo de los cuarenta años de régimen franquista. Hoy los jóvenes acuden a informarse a Internet y descubren que aquello fue un régimen con mucha más conciencia social de lo que les cuenta la prensa progresista, que el Valle de los Caídos es en realidad un monumento a la reconciliación y que entonces pudieron desarrollar sus carreras artistas disidentes como Carmen Laforet, Antonio Tápies, Buero Vallejo, Joan Miró, Jorge Oteiza, Eduardo Chillida y José Luis Sampedro, entre muchos otros.. El libro destaca otra verdad incómoda que para muchos será difícil de procesar: la dictadura favoreció especialmente los sectores que más se le resistieron durante la Guerra Civil. Las autonomías que más se desarrollaron fueron Cataluña y el País Vasco, mientras que las clases bajas que nutrieron las milicias republicanas experimentaron un ascenso social con la creación de una clase media estable. Más allá de la propaganda «progre» antiespañola, los jóvenes comienzan a desarrollar una mirada propia.
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