Federico García Lorca nunca fue un hombre religioso. No estaba en absoluto de acuerdo con la imagen que de Jesús se daba desde el Vaticano, como se puede leer en los versos de «Grito hacia Roma» de su «Poeta en Nueva York». Sin embargo, la Semana Santa marcó al poeta en algunos momentos de su vida, hasta el punto de dedicarle a la de Granada su última alocución radiofónica.. Acostumbrado a vivir las procesiones en la ciudad de la Alhambra, la Semana Santa de 1925, del 5 al 11 de abril, fue especialmente diferente para Lorca al viajar por primera vez a Cataluña invitado por su amigo Salvador Dalí. En aquellos días, el poeta llevó con él las páginas de su entonces inédita obra de teatro «Mariana Pineda» que leyó en Figueres ante un grupo de intelectuales. Fue un acto organizado por el padre de Dalí causando una gran conmoción entre los asistentes el descubrimiento de ese nuevo autor. Precisamente en la ciudad ampurdanesa también se le agasajó con una audición de sardanas en la Rambla.. Distinta fue la Semana Santa de 1929. En aquellos momentos, Lorca pasaba por uno de sus peores momentos anímicos, aunque las cosas le iban bien desde un punto de vista literario gracias al gran éxito del «Romancero gitano». A nivel personal las cosas eran muy diferentes. Lorca salía de una relación complicada, casi destructiva, con el escultor Emilio Aladrén. La posibilidad de viajar a Nueva York para huir de todo estaba sobre su mesa, pero también pensó que podría encontrar cierta salvación en la religión. Por ese motivo, y en silencio, sin que nadie lo supiera, regresó a su Granada para participar como costalero en la procesión organizada por la Cofradía de Santa María de la Alhambra. El 27 de marzo de 1929, Viernes Santo, fue el encargado de llevar la pesada cruz de la cofradía durante la salida nocturna de la comitiva. Existe, en este sentido, un recibo expedido unos días más tarde, con su intención de formar parte de la Cofradía de Santa María de la Alhambra habiendo de pagar una cuota mensual de una peseta. Pero aquello no pasó de un simple anhelo.. En 1935, invitado por el reivindicable escritor sevillano Joaquín Romero Murube, Lorca acudió como espectador al espectáculo de la Semana Santa de la capital hispalense. Romero Murube guardó durante toda su vida las fotografías tomadas en esos días donde aparece acompañando a Lorca en un balcón junto con el poeta Adriano del Valle, además de las hermanas del sevillano. Fue en esos días cuando Murube descubrió algo que desconocía o, como mínimo, que su amigo era homosexual. Según relató al periodista cultural Marino Gómez Santos, mientras se encontraban en el balcón contemplando el paso de la procesión, se dio cuenta que Lorca metía mano por debajo de la camisa a un chico que lo acompañaba. Murube confesó a Gómez Santos que se mareó cuando vio aquella escena para él inimaginable.. Si hay un capítulo que se ha investigado poco en la vida de Lorca es precisamente lo ocurrido esos días felices sevillanos. ¿Quién era aquel muchacho que estuvo con él en el balcón? No parece que se sepa su identidad, pero sí se conoce la existencia de una nota redactada en esa Semana Santa por nuestro protagonista. «He estado a buscarte deshaciéndome de mil personas. Esta noche te espero de una y media a dos en la Sacristía. Lleva a Antonio Torres Heredia o a Pepita o a la Niña de los cuernos. Allí estaré. ¡Calla! No faltes», apuntaba en esa hoja.. Por otra parte, el Federico García Lorca dibujante plasmó en algunas de sus obras procesiones, como la que hizo para su amigo el pintor Gregorio Prieto y que nos muestra a la Virgen en todo su esplendor en un paso por las calles de Ronda. Distinta, por ser aparentemente de corte menos realista, es la escena que trazó para un álbum de firmas propiedad de Pepín Bello, su compañero en la Residencia de Estudiantes. En ella vemos a un conjunto de frailes en el momento de entrar en San Juan de la Peña.
El poeta vivió esos días en Figueres en 1925 invitado por su amigo Salvador Dalí
Federico García Lorca nunca fue un hombre religioso. No estaba en absoluto de acuerdo con la imagen que de Jesús se daba desde el Vaticano, como se puede leer en los versos de «Grito hacia Roma» de su «Poeta en Nueva York». Sin embargo, la Semana Santa marcó al poeta en algunos momentos de su vida, hasta el punto de dedicarle a la de Granada su última alocución radiofónica.. Acostumbrado a vivir las procesiones en la ciudad de la Alhambra, la Semana Santa de 1925, del 5 al 11 de abril, fue especialmente diferente para Lorca al viajar por primera vez a Cataluña invitado por su amigo Salvador Dalí. En aquellos días, el poeta llevó con él las páginas de su entonces inédita obra de teatro «Mariana Pineda» que leyó en Figueres ante un grupo de intelectuales. Fue un acto organizado por el padre de Dalí causando una gran conmoción entre los asistentes el descubrimiento de ese nuevo autor. Precisamente en la ciudad ampurdanesa también se le agasajó con una audición de sardanas en la Rambla.. Distinta fue la Semana Santa de 1929. En aquellos momentos, Lorca pasaba por uno de sus peores momentos anímicos, aunque las cosas le iban bien desde un punto de vista literario gracias al gran éxito del «Romancero gitano». A nivel personal las cosas eran muy diferentes. Lorca salía de una relación complicada, casi destructiva, con el escultor Emilio Aladrén. La posibilidad de viajar a Nueva York para huir de todo estaba sobre su mesa, pero también pensó que podría encontrar cierta salvación en la religión. Por ese motivo, y en silencio, sin que nadie lo supiera, regresó a su Granada para participar como costalero en la procesión organizada por la Cofradía de Santa María de la Alhambra. El 27 de marzo de 1929, Viernes Santo, fue el encargado de llevar la pesada cruz de la cofradía durante la salida nocturna de la comitiva. Existe, en este sentido, un recibo expedido unos días más tarde, con su intención de formar parte de la Cofradía de Santa María de la Alhambra habiendo de pagar una cuota mensual de una peseta. Pero aquello no pasó de un simple anhelo.. En 1935, invitado por el reivindicable escritor sevillano Joaquín Romero Murube, Lorca acudió como espectador al espectáculo de la Semana Santa de la capital hispalense. Romero Murube guardó durante toda su vida las fotografías tomadas en esos días donde aparece acompañando a Lorca en un balcón junto con el poeta Adriano del Valle, además de las hermanas del sevillano. Fue en esos días cuando Murube descubrió algo que desconocía o, como mínimo, que su amigo era homosexual. Según relató al periodista cultural Marino Gómez Santos, mientras se encontraban en el balcón contemplando el paso de la procesión, se dio cuenta que Lorca metía mano por debajo de la camisa a un chico que lo acompañaba. Murube confesó a Gómez Santos que se mareó cuando vio aquella escena para él inimaginable.. Si hay un capítulo que se ha investigado poco en la vida de Lorca es precisamente lo ocurrido esos días felices sevillanos. ¿Quién era aquel muchacho que estuvo con él en el balcón? No parece que se sepa su identidad, pero sí se conoce la existencia de una nota redactada en esa Semana Santa por nuestro protagonista. «He estado a buscarte deshaciéndome de mil personas. Esta noche te espero de una y media a dos en la Sacristía. Lleva a Antonio Torres Heredia o a Pepita o a la Niña de los cuernos. Allí estaré. ¡Calla! No faltes», apuntaba en esa hoja.. Por otra parte, el Federico García Lorca dibujante plasmó en algunas de sus obras procesiones, como la que hizo para su amigo el pintor Gregorio Prieto y que nos muestra a la Virgen en todo su esplendor en un paso por las calles de Ronda. Distinta, por ser aparentemente de corte menos realista, es la escena que trazó para un álbum de firmas propiedad de Pepín Bello, su compañero en la Residencia de Estudiantes. En ella vemos a un conjunto de frailes en el momento de entrar en San Juan de la Peña.
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