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  Cultura  En solfa: ni una nota de más
Cultura

En solfa: ni una nota de más

18 de febrero de 2026
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En este final de febrero de 2026, las efemérides obligan a que nos detengamos ante tres figuras que, a pesar de los siglos que las separan, comparten la búsqueda de lo esencial, la fascinación por la melancolía y esa capacidad tan difícil de poseer para convertir el silencio en una nota más. Se trata de los 400 años sin el laúd de John Dowland, los 30 sin la mística naturalista de Toru Takemitsu y, sobre todo, el siglo de vida de György Kurtág, un compositor que aún nos acompaña.. El 19 de febrero celebramos el centenario de György Kurtág, el compositor húngaro que nos enseñó lo que vale un solo minuto de música. Kurtág decidió no gritar cuando todo el mundo lo hacía. En una posguerra europea obsesionada con las grandes estructuras y los sistemas rígidos, él miró hacia adentro. Su música no se expande, sino que se concentra. Como si fuera un orfebre que trabaja con materiales preciosos pero escasísimos, sus piezas -muchas veces de apenas unos segundos- poseen una densidad capaz de emocionarnos. Sus «Játékok» (Juegos) son, quizás, el diario íntimo más fascinante de la música contemporánea. Piezas breves para piano que son gestos, suspiros, pequeñas epifanías. Ver a Kurtág tocar junto a su inseparable esposa Márta -tristemente fallecida hace unos años- era entender que la música es algo más una exhibición de técnica. A sus 100 años, Kurtág sigue siendo el faro moral de una vanguardia que no necesita ser ruidosa para ser revolucionaria.. Saltamos cuatro siglos atrás, al 20 de febrero de 1626, fecha en la que el mundo perdió a John Dowland. Si Kurtág es el maestro del fragmento, Dowland lo fue de la melancolía. Pocos compositores han logrado que la tristeza resulte tan sumamente bella, tan adictiva y tan noble. Dowland fue, quizá, el primer cantautor global. Sus canciones para laúd, como la célebre «Flow, my tears», recorrieron las cortes europeas definiendo el sonido del Renacimiento tardío. Hay algo actual en su figura: el músico errante, el virtuoso que busca el favor de los reyes pero que nunca termina de encajar, el artista que hace una marca personal de su dolor. Su lema, «Semper Dowland, semper dolens» (Siempre Dowland, siempre doliente), era tanto un juego de palabras como una declaración estética. Su influencia sigue viva cuatrocientos años después,. Desde los guitarristas clásicos hasta estrellas del pop como Sting, han sucumbido al magnetismo de unas armonías que parecen suspenderse en el aire, esperando una resolución que a veces nunca llega. Dowland nos enseñó que la música es el mejor refugio para la soledad.. Ese mismo 20 de febrero, pero de hace apenas 30 años (1996), nos dejaba Toru Takemitsu. Supo tender un puente sólido y elegante entre la tradición europea -desde el impresionismo de Debussy hasta el serialismo- y la sensibilidad espiritual de su Japón natal. Para Takemitsu, componer no era escribir una obra, sino diseñar un jardín. En sus partituras, las notas parecen piedras en un sendero zen, rodeadas de un espacio que respira. Su muerte prematura a los 65 años nos privó de su prometedora madurez, pero nos dejó obras maestras como «November Steps» o sus bandas sonoras para Kurosawa («Ran»), donde el sonido de la flauta shakuhachi dialoga de tú a tú con la orquesta sinfónica. Takemitsu nos demostró que la modernidad no tiene por qué ser árida; puede ser sensual, colorida y profundamente ligada a la naturaleza.. ¿Qué une a un húngaro de 100 años, un inglés de hace cuatro siglos y un japonés que se fue hace tres décadas? Ninguno de los tres escribió una nota de más. Kurtág eliminó lo superfluo por necesidad ética, Dowland destiló la emoción hasta convertirla en un perfume puro y Takemitsu dejó que el silencio esculpiera el sonido. En las miniaturas de Kurtág, en las pavanas de Dowland y en los jardines sonoros de Takemitsu encontramos lo que realmente importa: la verdad expresada con la mínima cantidad de artificio. Hoy, mientras el centenario Kurtág seguramente sigue anotando alguna idea en un papel pautado en su retiro de Budapest, y mientras las cuerdas de Dowland y las atmósferas de Takemitsu siguen resonando en los auditorios de todo el mundo, nos damos cuenta de que el tiempo en la música es relativo. Los tres habitan el mismo presente porque el arte, cuando es auténtico, carece de caducidad.

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En este final de febrero de 2026, las efemérides obligan a que nos detengamos ante tres figuras que, a pesar de los siglos que las separan, comparten la búsqueda de lo esencial, la fascinación por la melancolía y esa capacidad tan difícil de poseer para convertir el silencio en una nota más.

  

En este final de febrero de 2026, las efemérides obligan a que nos detengamos ante tres figuras que, a pesar de los siglos que las separan, comparten la búsqueda de lo esencial, la fascinación por la melancolía y esa capacidad tan difícil de poseer para convertir el silencio en una nota más. Se trata de los 400 años sin el laúd de John Dowland, los 30 sin la mística naturalista de Toru Takemitsu y, sobre todo, el siglo de vida de György Kurtág, un compositor que aún nos acompaña.. El 19 de febrero celebramos el centenario de György Kurtág, el compositor húngaro que nos enseñó lo que vale un solo minuto de música. Kurtág decidió no gritar cuando todo el mundo lo hacía. En una posguerra europea obsesionada con las grandes estructuras y los sistemas rígidos, él miró hacia adentro. Su música no se expande, sino que se concentra. Como si fuera un orfebre que trabaja con materiales preciosos pero escasísimos, sus piezas -muchas veces de apenas unos segundos- poseen una densidad capaz de emocionarnos. Sus «Játékok» (Juegos) son, quizás, el diario íntimo más fascinante de la música contemporánea. Piezas breves para piano que son gestos, suspiros, pequeñas epifanías. Ver a Kurtág tocar junto a su inseparable esposa Márta -tristemente fallecida hace unos años- era entender que la música es algo más una exhibición de técnica. A sus 100 años, Kurtág sigue siendo el faro moral de una vanguardia que no necesita ser ruidosa para ser revolucionaria.. Saltamos cuatro siglos atrás, al 20 de febrero de 1626, fecha en la que el mundo perdió a John Dowland. Si Kurtág es el maestro del fragmento, Dowland lo fue de la melancolía. Pocos compositores han logrado que la tristeza resulte tan sumamente bella, tan adictiva y tan noble. Dowland fue, quizá, el primer cantautor global. Sus canciones para laúd, como la célebre «Flow, my tears», recorrieron las cortes europeas definiendo el sonido del Renacimiento tardío. Hay algo actual en su figura: el músico errante, el virtuoso que busca el favor de los reyes pero que nunca termina de encajar, el artista que hace una marca personal de su dolor. Su lema, «Semper Dowland, semper dolens» (Siempre Dowland, siempre doliente), era tanto un juego de palabras como una declaración estética. Su influencia sigue viva cuatrocientos años después,. Desde los guitarristas clásicos hasta estrellas del pop como Sting, han sucumbido al magnetismo de unas armonías que parecen suspenderse en el aire, esperando una resolución que a veces nunca llega. Dowland nos enseñó que la música es el mejor refugio para la soledad.. Ese mismo 20 de febrero, pero de hace apenas 30 años (1996), nos dejaba Toru Takemitsu. Supo tender un puente sólido y elegante entre la tradición europea -desde el impresionismo de Debussy hasta el serialismo- y la sensibilidad espiritual de su Japón natal. Para Takemitsu, componer no era escribir una obra, sino diseñar un jardín. En sus partituras, las notas parecen piedras en un sendero zen, rodeadas de un espacio que respira. Su muerte prematura a los 65 años nos privó de su prometedora madurez, pero nos dejó obras maestras como «November Steps» o sus bandas sonoras para Kurosawa («Ran»), donde el sonido de la flauta shakuhachi dialoga de tú a tú con la orquesta sinfónica. Takemitsu nos demostró que la modernidad no tiene por qué ser árida; puede ser sensual, colorida y profundamente ligada a la naturaleza.. ¿Qué une a un húngaro de 100 años, un inglés de hace cuatro siglos y un japonés que se fue hace tres décadas? Ninguno de los tres escribió una nota de más. Kurtág eliminó lo superfluo por necesidad ética, Dowland destiló la emoción hasta convertirla en un perfume puro y Takemitsu dejó que el silencio esculpiera el sonido. En las miniaturas de Kurtág, en las pavanas de Dowland y en los jardines sonoros de Takemitsu encontramos lo que realmente importa: la verdad expresada con la mínima cantidad de artificio. Hoy, mientras el centenario Kurtág seguramente sigue anotando alguna idea en un papel pautado en su retiro de Budapest, y mientras las cuerdas de Dowland y las atmósferas de Takemitsu siguen resonando en los auditorios de todo el mundo, nos damos cuenta de que el tiempo en la música es relativo. Los tres habitan el mismo presente porque el arte, cuando es auténtico, carece de caducidad.

 

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