Fernando Pessoa dijo del poeta que es un fingidor, pero en nuestros días el fingimiento es el atributo propio y característico de los políticos. Que, con tal de proyectar una buena imagen de sí mismos y, sobre todo, de pescar en el siempre revuelto río electoral (y ahí está la reciente fotografía del presidente Illa visitando la Sagrada Familia en compañía de un cantante puertorriqueño que ni siquiera se quitó la capucha de la sudadera ni las gafas de sol al entrar en el templo), se aprestan a recibir al Papa con cara de buenos católicos. Así, los mismos que proclaman que las creencias religiosas pertenecen al ámbito personal y privado, esos mismos que, invocando la libertad de expresión, amparan y defienden a los que denigran o se burlan de esas creencias, por regla general las católicas, van ahora a procurar salir en todas las fotos.. Pero no era de esto de lo que quería hablar, sino del viejo vocabulario relacionado con la vida religiosa, arrumbado en los desvanes del olvido. Pues, en efecto, ya no se habla de herejías, ni de idolatrías, ni de la gentilidad (los gentiles, es decir, los infieles), ni de los paganos (etimológicamente, los aldeanos, por la resistencia del medio rural a la cristianización); tampoco de las colectas, ni de las rogativas, ni del tedeum (el himno solemne de acción de gracias), que han pasado a mejor vida, lo mismo que los triduos, las novenas, las vísperas y hasta el rosario (en latín, rosal). Y en los oficios litúrgicos ya no se llevan el misal ni el devocionario, no se utilizan ni el incensario ni el hisopo, el monaguillo no viste el tradicional roquete, y vaya usted a preguntar a los menores de cincuenta años lo que son el alba, la estola, el cíngulo y el manípulo con que se reviste el sacerdote oficiante, o el copón, la patena (“más limpio que una patena”, a ver cuántos usan hoy esta expresión), las vinajeras, el introito, la epístola y el prefacio de la misa.. Sí estarán, por el contrario, en labios de todos términos como pontífice (literalmente “el que hace puentes”, y que designaba en un principio al alto funcionario romano encargado de cuidar el puente del río Tíber; san Bernardo, en la Edad Media, explicó que el pontífice es el puente entre Dios y los hombres, entre el cielo y la tierra, y de ahí que el arco iris, el puente celeste, sea el símbolo del pontificado), obispo (del latín “episcopus”, que inicialmente equivalía a “inspector de mercados”), arzobispo, cardenal, basílica (que en latín significaba “edificio público”, y en griego, “lugar propio del rey”), catedral (iglesia que en su interior guarda la cátedra o asiento del obispo), capilla (del latín medieval “capella”, “capa pequeña”, por alusión al trozo de su capa que san Martín de Tours dio a un pobre y al oratorio que se construyó en el lugar donde guardaban esta reliquia)…
El viejo vocabulario relacionado con la vida religiosa, arrumbado en los desvanes del olvido
Fernando Pessoa dijo del poeta que es un fingidor, pero en nuestros días el fingimiento es el atributo propio y característico de los políticos. Que, con tal de proyectar una buena imagen de sí mismos y, sobre todo, de pescar en el siempre revuelto río electoral (y ahí está la reciente fotografía del presidente Illa visitando la Sagrada Familia en compañía de un cantante puertorriqueño que ni siquiera se quitó la capucha de la sudadera ni las gafas de sol al entrar en el templo), se aprestan a recibir al Papa con cara de buenos católicos. Así, los mismos que proclaman que las creencias religiosas pertenecen al ámbito personal y privado, esos mismos que, invocando la libertad de expresión, amparan y defienden a los que denigran o se burlan de esas creencias, por regla general las católicas, van ahora a procurar salir en todas las fotos.. Pero no era de esto de lo que quería hablar, sino del viejo vocabulario relacionado con la vida religiosa, arrumbado en los desvanes del olvido. Pues, en efecto, ya no se habla de herejías, ni de idolatrías, ni de la gentilidad (los gentiles, es decir, los infieles), ni de los paganos (etimológicamente, los aldeanos, por la resistencia del medio rural a la cristianización); tampoco de las colectas, ni de las rogativas, ni del tedeum (el himno solemne de acción de gracias), que han pasado a mejor vida, lo mismo que los triduos, las novenas, las vísperas y hasta el rosario (en latín, rosal). Y en los oficios litúrgicos ya no se llevan el misal ni el devocionario, no se utilizan ni el incensario ni el hisopo, el monaguillo no viste el tradicional roquete, y vaya usted a preguntar a los menores de cincuenta años lo que son el alba, la estola, el cíngulo y el manípulo con que se reviste el sacerdote oficiante, o el copón, la patena (“más limpio que una patena”, a ver cuántos usan hoy esta expresión), las vinajeras, el introito, la epístola y el prefacio de la misa.. Sí estarán, por el contrario, en labios de todos términos como pontífice (literalmente “el que hace puentes”, y que designaba en un principio al alto funcionario romano encargado de cuidar el puente del río Tíber; san Bernardo, en la Edad Media, explicó que el pontífice es el puente entre Dios y los hombres, entre el cielo y la tierra, y de ahí que el arco iris, el puente celeste, sea el símbolo del pontificado), obispo (del latín “episcopus”, que inicialmente equivalía a “inspector de mercados”), arzobispo, cardenal, basílica (que en latín significaba “edificio público”, y en griego, “lugar propio del rey”), catedral (iglesia que en su interior guarda la cátedra o asiento del obispo), capilla (del latín medieval “capella”, “capa pequeña”, por alusión al trozo de su capa que san Martín de Tours dio a un pobre y al oratorio que se construyó en el lugar donde guardaban esta reliquia)…
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