Sobre las 15:00, Jesús Aguirre declaró constituido el Parlamento de la XIII Legislatura. Moreno charlaba con Arenas y Zoido y abrazaba al presidente de la CEA. Entre el público estaba Juan Espadas, ahora senador del PSOE, próximamente posible compañero de bancada de Montero en la Cámara Alta. La portavoz adjunta socialista en el Parlamento, María Márquez, ni confirmó ni desmintió: «El foco debe estar en el atropello de la Mesa del Parlamento». Segundos después se disculpaba ante un reportero porque lo había confundido con el agitador Vito Quiles. «Tengo la vista fatal». Los problemas de visión de la política llamada a que sobre ella recaigan las esperanzas del PSOE-A en un presente futuro –en tanto Montero sólo garantiza ir «partido a partido»– resumen, más allá de la anécdota, el diagnóstico del que fuera el partido hegemónico de Andalucía. El PSOE ha perdido las luces largas y el pulso de la calle. Se cumple un lustro de las primarias en las que Espadas, aupado por Ferraz, consiguió desbancar a Susana Díaz. Dos años y medio antes, el PSOE perdió la Junta tras 36 años de poder y todavía no se ha recuperado.. Espadas empeoró los resultados de Susana Díaz. «Hay quien firmaría ganar como en 2018», dijo en su momento la ex presidenta. Ante la falta de pulso en el Congreso Federal de Sevilla, Pedro Sánchez optó por Montero para sustituir al ex alcalde. La ex vicepresidenta volvió a empeorar los resultados de Espadas. El PSOE, desde el 2-D de 2018, como Jack Sparrow, tiene una brújula que marca lo que desea pero no tiene rumbo.. Espadas pasó de la victoria en las primarias al estancamiento electoral. Comenzó a recorrer las provincias orientales, donde su nombre apenas sonaba, y los barones se conjuraban para «la remontada». Antes de las elecciones de 2022 de la mayoría absoluta de Moreno, Espadas lamentaba que el PSOE iba ahora «sin el aparato» de la Junta. El parche precedió a la herida. En el intento de salvar el suelo del millón de votos, el PSOE-A recurrió a los bots telefónicos. Este año, con Montero, se han denunciado llamadas de supuesto personal del SAS pidiendo el voto contra «la privatización». El suelo del PSOE se ha hecho más profundo: Escuredo sacó 66 escaños (1982); De la Borbolla, 60 (1986); Chaves, 62 (1990), 45 (1994), 52 dos veces (1996 y 2000), 61 y 56 (2004 y 2008); Griñán, 47 (2012), igual que Susana Díaz en 2015; en 2018, Díaz sacó los citados 33; Espadas, 30 (2022); y Montero se quedó en 28 (2026). En este tiempo, Ferraz se ha impuesto del todo ante la pérdida de poder local. Atrás quedaron los tiempos en los que el pulgar de Griñán se posicionaba en contra del aparato apostando por Carme Chacón frente a Rubalcaba, bajo el tamiz de la llamada «neutralidad activa». El partido en Andalucía ha dejado de gestionar más de 1.200 millones con la pérdida de las diputaciones, más allá de Sevilla y Jaén. Lo que antes era una voz de peso en Ferraz, se ha diluido entre decisiones impuestas, liderazgos transitorios y un creciente descrédito territorial.. El PSOE perdió la Junta pero antes había perdido el discurso. Sus banderas históricas cayeron: la de los servicios públicos (que motivó junto a los ERE su fin en la Junta) y el andalucismo ya como hecho compartido, sobre todo tras la reforma del Estatuto a partir de 2004, cuando Arenas salió indemne del sortilegio con el error histórico del 28-F. La mercadotecnia y el olfato –dos elementos infalibles en el partido históricamente– se atrofiaron. La elección de las fechas electorales, cuyo máximo exponente lo protagonizó Griñán salvando la Junta en 2012 con el retraso de los comicios, tampoco fue acertada. El duelo es el proceso de adaptación emocional que sigue a una pérdida. Psicológicamente, tiene cinco fases. El PSOE ya ha pasado la negación, la ira y la negociación. Los socialistas, que ya han pedido comparecencias en el Parlamento y plantearán una oposición dura con las izquierdas sin una abstención que obligue a Moreno a pactar con Vox, arrancan la XIII Legislatura entre la depresión y, por fin, la aceptación.
El partido afronta su tercera legislatura en la oposición tras la pérdida de la Junta
Sobre las 15:00, Jesús Aguirre declaró constituido el Parlamento de la XIII Legislatura. Moreno charlaba con Arenas y Zoido y abrazaba al presidente de la CEA. Entre el público estaba Juan Espadas, ahora senador del PSOE, próximamente posible compañero de bancada de Montero en la Cámara Alta. La portavoz adjunta socialista en el Parlamento, María Márquez, ni confirmó ni desmintió: «El foco debe estar en el atropello de la Mesa del Parlamento». Segundos después se disculpaba ante un reportero porque lo había confundido con el agitador Vito Quiles. «Tengo la vista fatal». Los problemas de visión de la política llamada a que sobre ella recaigan las esperanzas del PSOE-A en un presente futuro –en tanto Montero sólo garantiza ir «partido a partido»– resumen, más allá de la anécdota, el diagnóstico del que fuera el partido hegemónico de Andalucía. El PSOE ha perdido las luces largas y el pulso de la calle. Se cumple un lustro de las primarias en las que Espadas, aupado por Ferraz, consiguió desbancar a Susana Díaz. Dos años y medio antes, el PSOE perdió la Junta tras 36 años de poder y todavía no se ha recuperado.. Espadas empeoró los resultados de Susana Díaz. «Hay quien firmaría ganar como en 2018», dijo en su momento la ex presidenta. Ante la falta de pulso en el Congreso Federal de Sevilla, Pedro Sánchez optó por Montero para sustituir al ex alcalde. La ex vicepresidenta volvió a empeorar los resultados de Espadas. El PSOE, desde el 2-D de 2018, como Jack Sparrow, tiene una brújula que marca lo que desea pero no tiene rumbo.. Espadas pasó de la victoria en las primarias al estancamiento electoral. Comenzó a recorrer las provincias orientales, donde su nombre apenas sonaba, y los barones se conjuraban para «la remontada». Antes de las elecciones de 2022 de la mayoría absoluta de Moreno, Espadas lamentaba que el PSOE iba ahora «sin el aparato» de la Junta. El parche precedió a la herida. En el intento de salvar el suelo del millón de votos, el PSOE-A recurrió a los bots telefónicos. Este año, con Montero, se han denunciado llamadas de supuesto personal del SAS pidiendo el voto contra «la privatización». El suelo del PSOE se ha hecho más profundo: Escuredo sacó 66 escaños (1982); De la Borbolla, 60 (1986); Chaves, 62 (1990), 45 (1994), 52 dos veces (1996 y 2000), 61 y 56 (2004 y 2008); Griñán, 47 (2012), igual que Susana Díaz en 2015; en 2018, Díaz sacó los citados 33; Espadas, 30 (2022); y Montero se quedó en 28 (2026). En este tiempo, Ferraz se ha impuesto del todo ante la pérdida de poder local. Atrás quedaron los tiempos en los que el pulgar de Griñán se posicionaba en contra del aparato apostando por Carme Chacón frente a Rubalcaba, bajo el tamiz de la llamada «neutralidad activa». El partido en Andalucía ha dejado de gestionar más de 1.200 millones con la pérdida de las diputaciones, más allá de Sevilla y Jaén. Lo que antes era una voz de peso en Ferraz, se ha diluido entre decisiones impuestas, liderazgos transitorios y un creciente descrédito territorial.. El PSOE perdió la Junta pero antes había perdido el discurso. Sus banderas históricas cayeron: la de los servicios públicos (que motivó junto a los ERE su fin en la Junta) y el andalucismo ya como hecho compartido, sobre todo tras la reforma del Estatuto a partir de 2004, cuando Arenas salió indemne del sortilegio con el error histórico del 28-F. La mercadotecnia y el olfato –dos elementos infalibles en el partido históricamente– se atrofiaron. La elección de las fechas electorales, cuyo máximo exponente lo protagonizó Griñán salvando la Junta en 2012 con el retraso de los comicios, tampoco fue acertada. El duelo es el proceso de adaptación emocional que sigue a una pérdida. Psicológicamente, tiene cinco fases. El PSOE ya ha pasado la negación, la ira y la negociación. Los socialistas, que ya han pedido comparecencias en el Parlamento y plantearán una oposición dura con las izquierdas sin una abstención que obligue a Moreno a pactar con Vox, arrancan la XIII Legislatura entre la depresión y, por fin, la aceptación.
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