Ochenta y un años de paz en Europa occidental descansan sobre un único fundamento: el compromiso estratégico de los Estados Unidos de América con la seguridad del continente. Desde la firma del Tratado del Atlántico Norte en 1949, el artículo 5 daba la certeza de que los aliados acudirían en su defensa en caso de sufrir un ataque. Esto ha constituido el eje vertebrador de la seguridad europea. Ese fundamento se está erosionando. No de forma acelerada, sino gota a gota, con la cadencia calculada de quien sabe que el impacto psicológico de la incertidumbre es, en sí mismo, un instrumento de desgaste.. El 1 de mayo de 2026, el Pentágono anunció la retirada de 5.000 efectivos estacionados en Alemania. No fue una decisión estratégica consensuada en el seno de la Alianza Atlántica. Fue una reacción visceral del presidente Trump ante las críticas del canciller Friedrich Merz a la estrategia estadounidense en la guerra contra Irán, o más bien la falta de una estrategia clara. Las críticas fueron formuladas, paradójicamente, por uno de los aliados más comprometidos con los objetivos de gasto en defensa de la OTAN. Berlín anunció que alcanzaría el 3,5% del PIB en defensa en 2029, era el líder indiscutible de la ayuda a Ucrania y había publicado su primera estrategia militar desde 1945.. Y aun así, el presidente Trump tuvo más en cuenta una de las críticas a la guerra que la sustancia del compromiso alemán. No se puede negar que los comentarios demostraron una imprudencia impropia de un jefe de gobierno. La investigadora principal para Europa del Council on Foreign Relations, Liana Fix, lo formuló con precisión en su análisis de mayo de 2026: la retirada no era un ajuste estratégico sino un acto de castigo a los aliados europeos. Y lo más inquietante no era la cifra —5.000 soldados sobre los 38.000 estacionados en Alemania— sino lo que vino a continuación: la posible cancelación del despliegue de misiles de crucero Tomahawk de largo alcance que debían estacionarse en Alemania en 2027, acordado por Scholz y Biden para contrarrestar los misiles rusos en Kaliningrado.. Habría sido el primer estacionamiento de misiles balísticos terrestres de largo alcance en Alemania desde el fin de la Guerra Fría. Su cancelación —si se confirma— deja a Europa sin una capacidad crítica que el continente no puede reemplazar de forma autónoma a corto plazo.. El compromiso americano. Lo que distingue al distanciamiento actual de episodios anteriores de fricción transatlántica es su naturaleza cualitativa. En el pasado —las crisis de Suez, las divergencias sobre Vietnam, el abismo de Iraq en 2003— las fricciones eran sectoriales y circunscritas: los aliados podían discrepar sobre una operación concreta sin que ello pusiera en cuestión el fundamento de la Alianza. Lo que practica la Administración Trump en su segundo mandato es de otra naturaleza: el cuestionamiento sistemático de la pertinencia misma del compromiso americano con Europa.. El vicepresidente J.D. Vance calificó a los líderes europeos de amenaza para la democracia. El secretario de Defensa Hegseth declaró que Estados Unidos ya no estaría «principalmente centrado en la seguridad de Europa». El propio Trump ha instrumentalizado repetidamente las amenazas de retirada de tropas como herramienta de presión económica —aranceles sobre automóviles alemanes, disputas comerciales— convirtiendo la garantía de seguridad colectiva en una variable del regateo transaccional.. Esta transaccionalización de la seguridad colectiva es, en sí misma, una ruptura epistémica con la filosofía que sustentó a la OTAN durante ocho décadas. La disuasión funciona sobre la credibilidad de los compromisos. El gran estratega Bernard Brodie, arquitecto intelectual de la era nuclear, lo advirtió hace setenta años: la disuasión no depende de la capacidad, sino de la voluntad percibida. Un aliado que condiciona su compromiso a la rentabilidad económica inmediata no es, a los ojos del adversario, un aliado creíble. Y cuando la disuasión falla en la percepción, es una invitación a la agresión.. Vladimir Putin lleva años aguardando este momento. El Informe de Seguridad de Múnich de 2026 alertó de que Rusia podría reconstituir sus fuerzas para una «guerra regional» en el área del mar Báltico en un plazo de dos años a partir de un eventual alto el fuego en Ucrania. El propio Departamento de Estado americano reconoció ante el Congreso, en mayo de 2026, que una vez que termine la guerra de Ucrania, Moscú buscará «reequilibrar sus fuerzas y buscar oportunidades para proyectar poder y crear dilemas para la OTAN», siendo el área báltica «particularmente sensible y vulnerable». La señal que la confusión americana envía a Moscú es inequívoca: el compromiso atlántico es errático, personalista y negociable y, por lo tanto, los aliados europeos son, sin duda, más débiles.. La respuesta europea. Los países del este de Europa han sido los más leales en su compromiso con la OTAN. Estonia, Letonia y Lituania han destinado a Ucrania recursos equivalentes al 13% de su presupuesto anual de defensa. Como recordó el representante Bill Keating ante el Congreso, «para igualar la donación de Estonia a Ucrania en porcentaje del PIB, Estados Unidos tendría que proporcionar más de un billón de dólares adicionales a su presupuesto de Defensa». La recompensa fue la cancelación del despliegue de la 2ª Brigada de Combate Blindado —que debía rotar por Polonia y los países bálticos— mediante un memorándum firmado por Hegseth que pilló desprevenidos incluso a los senadores del Comité de Fuerzas Armadas. «No fuimos notificados», declaró la senadora Jeanne Shaheen. «Es, creo, muy corto de miras. Envía el mensaje equivocado —el mensaje equivocado a Vladimir Putin, el mensaje equivocado a China, el mensaje equivocado a Irán».. La respuesta europea ha sido, al fin, la correcta —aunque tardía y todavía insuficiente en su profundidad—. El Plan ReArm Europe / Readiness 2030 moviliza potencialmente hasta 800.000 millones de euros en gasto adicional en defensa. A febrero de 2026, 17 Estados miembros habían activado la cláusula de escape del Pacto de Estabilidad para financiar el rearme.. El instrumento SAFE —Security Action for Europe— canaliza préstamos preferentes para compras conjuntas de armamento con al menos un 65% de componentes europeos. Un documento del Instituto Kiel de Economía Mundial, firmado por Thomas Enders —ex CEO de Airbus y presidente del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores— cuantifica el coste de la autonomía estratégica en 50.000 millones de euros anuales durante la próxima década: el equivalente al 0,25% del PIB europeo. Alcanzable. Pero que exige una determinación política que Europa aún no ha demostrado plenamente.. Los obstáculos. El obstáculo no es solo financiero: es industrial. La guerra de Irán ha agotado los arsenales americanos de los que Europa dependía. Los retrasos en la entrega de sistemas NASAMS, HIMARS y misiles interceptores Patriot son ya una realidad documentada. Los europeos habían invertido masivamente en sistemas americanos como forma de «mantener a Trump en la OTAN»; ahora descubren que esa estrategia tiene un límite: cuando los arsenales del garante se agotan en otro teatro, el socio europeo queda desabastecido. La lección es brutal pero necesaria: la autonomía estratégica no es una opción ideológica —la autonomía estratégica es la única garantía real de supervivencia.. Esta transformación tiene consecuencias que van mucho más allá de la relación bilateral EE UU-Europa. En el orden geopolítico emergente —que vengo describiendo como la transición del mundo unipolar post-1991 a un mundo multipolar imperfecto caracterizado por «guerras de temperatura variable», conflictos de baja intensidad y resolución, pero alta destructividad, que nadie puede ganar y nadie puede permitirse perder— la fractura transatlántica altera el equilibrio de poder en beneficio de quienes más la han deseado.. China, que controla el 75-80% de la producción mundial de tierras raras y el 95% de la capacidad de refino global, observa con atención de cazador cómo Occidente se divide. Moscú explota la grieta. Pekín corteja a una Europa, la parte más pusilánime con China, que busca nuevos equilibrios que necesariamente nos harán a todos mucho más frágiles y débiles frente a nuestros enemigos.. La tentación del acercamiento mal llamado pragmático a China -que algunos líderes europeos han comenzado a explorar- sería, sin embargo, un error estratégico de proporciones históricas, puesto que China no es un aliado, es para nosotros un competidor sistémico con una agenda que incluye la erosión del orden liberal internacional que Europa representa. Y para China, Occidente no es un adversario, es el enemigo con el que hay que llevarse bien, por ahora.. Una relación transatlántica renovada. El mundo que emerge no es bipolar ni multipolar en el sentido westfaliano clásico. Es una «fractura sistémica contenida»: múltiples actores con agendas parcialmente convergentes, instituciones internacionales debilitadas y normas cuestionadas. En ese mundo, Europa tiene ante sí una elección histórica: o asume la responsabilidad de su propia seguridad y se convierte en un polo autónomo de poder, o queda reducida a objeto de competencia entre las grandes potencias, sin capacidad de incidir en su propio destino. El politólogo Graham T. Allison, autor del concepto de la trampa de Tucídides, ha advertido que la rivalidad entre potencias establecidas y emergentes con modelos incompatibles no desemboca necesariamente en guerra —pero sí en una erosión sistemática del orden que aquellas construyeron.. La relación transatlántica ha sobrevivido a De Gaulle, a Nixon, a los euromisiles de los años ochenta, a Iraq. Puede sobrevivir a Trump —pero solo si Europa abandona de una vez la cómoda dependencia de un garante cuya fiabilidad está condicionada a los caprichos del ocupante del Despacho Oval.. El capital acumulado en ochenta años de historia compartida es real, pero no infinito. Y la confianza estratégica, una vez erosionada, es muy difícil de reconstruir y mucho menos con meras declaraciones. Se reconstruye con hechos, con tropas, con inversión en defensa, con coherencia estratégica, y la voluntad de asumir el precio que la libertad siempre ha exigido. Europa no puede seguir siendo el objeto pasivo de la política de su propia seguridad. Debe convertirse en su sujeto activo. Ese es el reto histórico de nuestra generación —y el único camino que conduce a una relación transatlántica renovada desde la igualdad, no desde la subordinación y la dependencia.
Ochenta y un años de paz en Europa occidental descansan sobre un único fundamento: el compromiso estratégico de los Estados Unidos de América con la seguridad del continente. Desde la firma del Tratado del Atlántico Norte en 1949, el artículo 5 daba la certeza de que los aliados acudirían en su defensa en caso de sufrir un ataque. Esto ha constituido el eje vertebrador de la seguridad europea. Ese fundamento se está erosionando. No de forma acelerada, sino gota a gota, con la cadencia calculada de quien sabe que el impacto psicológico de la incertidumbre es, en sí mismo, un instrumento de desgaste.. El 1 de mayo de 2026, el Pentágono anunció la retirada de 5.000 efectivos estacionados en Alemania. No fue una decisión estratégica consensuada en el seno de la Alianza Atlántica. Fue una reacción visceral del presidente Trump ante las críticas del canciller Friedrich Merz a la estrategia estadounidense en la guerra contra Irán, o más bien la falta de una estrategia clara. Las críticas fueron formuladas, paradójicamente, por uno de los aliados más comprometidos con los objetivos de gasto en defensa de la OTAN. Berlín anunció que alcanzaría el 3,5% del PIB en defensa en 2029, era el líder indiscutible de la ayuda a Ucrania y había publicado su primera estrategia militar desde 1945.. Y aun así, el presidente Trump tuvo más en cuenta una de las críticas a la guerra que la sustancia del compromiso alemán. No se puede negar que los comentarios demostraron una imprudencia impropia de un jefe de gobierno. La investigadora principal para Europa del Council on Foreign Relations, Liana Fix, lo formuló con precisión en su análisis de mayo de 2026: la retirada no era un ajuste estratégico sino un acto de castigo a los aliados europeos. Y lo más inquietante no era la cifra —5.000 soldados sobre los 38.000 estacionados en Alemania— sino lo que vino a continuación: la posible cancelación del despliegue de misiles de crucero Tomahawk de largo alcance que debían estacionarse en Alemania en 2027, acordado por Scholz y Biden para contrarrestar los misiles rusos en Kaliningrado.. Habría sido el primer estacionamiento de misiles balísticos terrestres de largo alcance en Alemania desde el fin de la Guerra Fría. Su cancelación —si se confirma— deja a Europa sin una capacidad crítica que el continente no puede reemplazar de forma autónoma a corto plazo.. El compromiso americano. Lo que distingue al distanciamiento actual de episodios anteriores de fricción transatlántica es su naturaleza cualitativa. En el pasado —las crisis de Suez, las divergencias sobre Vietnam, el abismo de Iraq en 2003— las fricciones eran sectoriales y circunscritas: los aliados podían discrepar sobre una operación concreta sin que ello pusiera en cuestión el fundamento de la Alianza. Lo que practica la Administración Trump en su segundo mandato es de otra naturaleza: el cuestionamiento sistemático de la pertinencia misma del compromiso americano con Europa.. El vicepresidente J.D. Vance calificó a los líderes europeos de amenaza para la democracia. El secretario de Defensa Hegseth declaró que Estados Unidos ya no estaría «principalmente centrado en la seguridad de Europa». El propio Trump ha instrumentalizado repetidamente las amenazas de retirada de tropas como herramienta de presión económica —aranceles sobre automóviles alemanes, disputas comerciales— convirtiendo la garantía de seguridad colectiva en una variable del regateo transaccional.. Esta transaccionalización de la seguridad colectiva es, en sí misma, una ruptura epistémica con la filosofía que sustentó a la OTAN durante ocho décadas. La disuasión funciona sobre la credibilidad de los compromisos. El gran estratega Bernard Brodie, arquitecto intelectual de la era nuclear, lo advirtió hace setenta años: la disuasión no depende de la capacidad, sino de la voluntad percibida. Un aliado que condiciona su compromiso a la rentabilidad económica inmediata no es, a los ojos del adversario, un aliado creíble. Y cuando la disuasión falla en la percepción, es una invitación a la agresión.. Vladimir Putin lleva años aguardando este momento. El Informe de Seguridad de Múnich de 2026 alertó de que Rusia podría reconstituir sus fuerzas para una «guerra regional» en el área del mar Báltico en un plazo de dos años a partir de un eventual alto el fuego en Ucrania. El propio Departamento de Estado americano reconoció ante el Congreso, en mayo de 2026, que una vez que termine la guerra de Ucrania, Moscú buscará «reequilibrar sus fuerzas y buscar oportunidades para proyectar poder y crear dilemas para la OTAN», siendo el área báltica «particularmente sensible y vulnerable». La señal que la confusión americana envía a Moscú es inequívoca: el compromiso atlántico es errático, personalista y negociable y, por lo tanto, los aliados europeos son, sin duda, más débiles.. La respuesta europea. Los países del este de Europa han sido los más leales en su compromiso con la OTAN. Estonia, Letonia y Lituania han destinado a Ucrania recursos equivalentes al 13% de su presupuesto anual de defensa. Como recordó el representante Bill Keating ante el Congreso, «para igualar la donación de Estonia a Ucrania en porcentaje del PIB, Estados Unidos tendría que proporcionar más de un billón de dólares adicionales a su presupuesto de Defensa». La recompensa fue la cancelación del despliegue de la 2ª Brigada de Combate Blindado —que debía rotar por Polonia y los países bálticos— mediante un memorándum firmado por Hegseth que pilló desprevenidos incluso a los senadores del Comité de Fuerzas Armadas. «No fuimos notificados», declaró la senadora Jeanne Shaheen. «Es, creo, muy corto de miras. Envía el mensaje equivocado —el mensaje equivocado a Vladimir Putin, el mensaje equivocado a China, el mensaje equivocado a Irán».. La respuesta europea ha sido, al fin, la correcta —aunque tardía y todavía insuficiente en su profundidad—. El Plan ReArm Europe / Readiness 2030 moviliza potencialmente hasta 800.000 millones de euros en gasto adicional en defensa. A febrero de 2026, 17 Estados miembros habían activado la cláusula de escape del Pacto de Estabilidad para financiar el rearme.. El instrumento SAFE —Security Action for Europe— canaliza préstamos preferentes para compras conjuntas de armamento con al menos un 65% de componentes europeos. Un documento del Instituto Kiel de Economía Mundial, firmado por Thomas Enders —ex CEO de Airbus y presidente del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores— cuantifica el coste de la autonomía estratégica en 50.000 millones de euros anuales durante la próxima década: el equivalente al 0,25% del PIB europeo. Alcanzable. Pero que exige una determinación política que Europa aún no ha demostrado plenamente.. Los obstáculos. El obstáculo no es solo financiero: es industrial. La guerra de Irán ha agotado los arsenales americanos de los que Europa dependía. Los retrasos en la entrega de sistemas NASAMS, HIMARS y misiles interceptores Patriot son ya una realidad documentada. Los europeos habían invertido masivamente en sistemas americanos como forma de «mantener a Trump en la OTAN»; ahora descubren que esa estrategia tiene un límite: cuando los arsenales del garante se agotan en otro teatro, el socio europeo queda desabastecido. La lección es brutal pero necesaria: la autonomía estratégica no es una opción ideológica —la autonomía estratégica es la única garantía real de supervivencia.. Esta transformación tiene consecuencias que van mucho más allá de la relación bilateral EE UU-Europa. En el orden geopolítico emergente —que vengo describiendo como la transición del mundo unipolar post-1991 a un mundo multipolar imperfecto caracterizado por «guerras de temperatura variable», conflictos de baja intensidad y resolución, pero alta destructividad, que nadie puede ganar y nadie puede permitirse perder— la fractura transatlántica altera el equilibrio de poder en beneficio de quienes más la han deseado.. China, que controla el 75-80% de la producción mundial de tierras raras y el 95% de la capacidad de refino global, observa con atención de cazador cómo Occidente se divide. Moscú explota la grieta. Pekín corteja a una Europa, la parte más pusilánime con China, que busca nuevos equilibrios que necesariamente nos harán a todos mucho más frágiles y débiles frente a nuestros enemigos.. La tentación del acercamiento mal llamado pragmático a China -que algunos líderes europeos han comenzado a explorar- sería, sin embargo, un error estratégico de proporciones históricas, puesto que China no es un aliado, es para nosotros un competidor sistémico con una agenda que incluye la erosión del orden liberal internacional que Europa representa. Y para China, Occidente no es un adversario, es el enemigo con el que hay que llevarse bien, por ahora.. Una relación transatlántica renovada. El mundo que emerge no es bipolar ni multipolar en el sentido westfaliano clásico. Es una «fractura sistémica contenida»: múltiples actores con agendas parcialmente convergentes, instituciones internacionales debilitadas y normas cuestionadas. En ese mundo, Europa tiene ante sí una elección histórica: o asume la responsabilidad de su propia seguridad y se convierte en un polo autónomo de poder, o queda reducida a objeto de competencia entre las grandes potencias, sin capacidad de incidir en su propio destino. El politólogo Graham T. Allison, autor del concepto de la trampa de Tucídides, ha advertido que la rivalidad entre potencias establecidas y emergentes con modelos incompatibles no desemboca necesariamente en guerra —pero sí en una erosión sistemática del orden que aquellas construyeron.. La relación transatlántica ha sobrevivido a De Gaulle, a Nixon, a los euromisiles de los años ochenta, a Iraq. Puede sobrevivir a Trump —pero solo si Europa abandona de una vez la cómoda dependencia de un garante cuya fiabilidad está condicionada a los caprichos del ocupante del Despacho Oval.. El capital acumulado en ochenta años de historia compartida es real, pero no infinito. Y la confianza estratégica, una vez erosionada, es muy difícil de reconstruir y mucho menos con meras declaraciones. Se reconstruye con hechos, con tropas, con inversión en defensa, con coherencia estratégica, y la voluntad de asumir el precio que la libertad siempre ha exigido. Europa no puede seguir siendo el objeto pasivo de la política de su propia seguridad. Debe convertirse en su sujeto activo. Ese es el reto histórico de nuestra generación —y el único camino que conduce a una relación transatlántica renovada desde la igualdad, no desde la subordinación y la dependencia.
La erosión del compromiso estadounidense obliga a Europa a asumir su propia defensa en un mundo cada vez más inestable
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