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  Sociedad  El monje discípulo de Gandhi que lleva la meditación a las cárceles
Sociedad

El monje discípulo de Gandhi que lleva la meditación a las cárceles

2 de marzo de 2026
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A los 19 años fue ordenado monje laico por la tradición indovedántica. Es decir, apenas había abandonado la adolescencia cuando supo que lo suyo iba por los senderos de la filosofía, los ritos y los conocimientos inspirados por la sabiduría de la India antigua y con Mahatma Gandhi como referente a seguir. Daniel Lumera (1975, Alguer) explica en un encuentro con este diario que fue «forjado literalmente en esta disciplina, en este laboratorio de valores que la meditación es y representa». Es más, apunta que recibió el mandato de establecer un puente entre ciencia, neurociencia y prácticas y artes contemplativas para comprender mejor sus beneficios, cómo se transforman los estados mentales y cómo impactan a nivel neurobiológico.. Estudió biología naturalista y comenzó lo que él denomina «su misión», no sin antes recibir enseñanzas de la familia Gandhi. Se formó con Tara Gandhi, una de las nietas más cercanas al Mahatma, «y entré en contacto con los valores de esta familia y sus valores». Su mentor fue uno de los discípulos directos del gurú hinduista, Anthony Elenjimittam, cuya formación no fue fácil: «Ha sido un aprendizaje muy duro porque la meditación es un estilo de vida, no una práctica. Está basado en la constancia, la paciencia, la perseverancia, la humildad, la pasión, la dedicación, la devoción y el amor, que son cosas que hoy faltan completamente».. Su maestro tenía su misión en Asís y él viajaba allí cada mes y también a la India para estudiar y practicar. Así durante tres décadas. Los pilares eran sencillos: respiración consciente, silencio, contemplación, control de la mente y comprensión de la naturaleza de las cosas escuchando la vida. Eso sí, no fue un camino de rosas: «La primera vez que fui a su misión en Asís alquilé un hotel porque las camas del centro no me gustaban. Se enfadó muchísimo y me obligó en los siguientes encuentros a dormir en el suelo, literalmente en la tierra, sin nada, para acostumbrarme a la humildad. Después entendí que “humilde” viene de humus, tierra. Volver a la raíz. Otra vez me envió tres meses a meditar cada día en una estación de tren para aprender el silencio. El primer mes lo odié. Pero allí comprendí que la paz no es la ausencia de ruido, sino la capacidad de acoger la inquietud. Logré experimentar un silencio profundo en medio del caos», rememora.. La gran crisis personal. Aunque su vida estaba encaminada y buscaba dar un sentido práctico a sus conocimientos más místicos –que derivaron en programas pioneros para introducir estas prácticas de meditación en cárceles, hospitales y escuelas, como veremos más adelante–, no fue hasta una fuerte crisis personal cuando todo cobró (aunque suene paradójico) sentido. «He tenido varias crisis, pero la más importante fue en 2004, cuando se cayó todo, se cayó toda mi vida. Enfermé, se rompió la pareja, entré en depresión, se canceló el contrato con la universidad, tuve que cerrar el centro de formación que tenía. Mis amigos me aislaron porque, efectivamente, mi presencia era pesada…».. Entonces todas las técnicas, todos los enfoques que hasta ese momento de su vida le habían dado aire e inspiración dejaron de funcionar. «Era una noche oscura del alma. Era un momento de desesperación porque cuanto más meditaba, más rabia, desesperación, impotencia y ansiedad salían». Recuerda especialmente una tarde, «como si fuese hoy», en la que se encerró en su habitación: «Cerré todas las ventanas y empecé instintivamente a agradecer esa fragilidad. Lloré muchísimo. Me di cuenta de que había estado rechazando una parte de la vida: la más frágil, la más débil. Acepté completamente la situación y empecé a perdonarme por haber rechazado todo esto, por no cuidarlo, por no sentirlo. El rechazo es una forma de apego, definitivamente es una forma de apego».. Y después de esa catarsis empezó a cambiar, a soltar, a aprender a dejar ir y a integrar los distintos aspectos de su vida. «Aquello fue un punto evolutivo muy importante para comprender la amplitud de lo que me estaba pasando y después cómo traducirla y aplicarla en proyectos y comportamientos útiles, tanto en prisiones como en escuelas y en todo el proceso de transformación social».. Ahora viaja por diferentes países integrando este aprendizaje adquirido durante años en contextos que pueden parecer incompatibles. «He contextualizado todo esto en ayuntamientos, en estados, en cárceles, en escuelas. En Italia he trabajado en 23 cárceles; tenemos una red muy grande de escuelas y trabajamos en ayuntamientos y hospitales. Por ejemplo, toda la red del Ente Ospedaliero Cantonale de Suiza –son 7.000 personas– ha empezado un recorrido basado en los valores, la meditación y la gentileza».. Pero entonces, ¿cuál es su tarea y finalidad, exactamente? «Contextualizar, a nivel de salud, bienestar y calidad de vida, estas técnicas y tradiciones milenarias a la luz de las neurociencias», asevera. Y es que, según Lumera, que acaba de publicar el libro «Como si todo fuera un milagro» (Diana), «hoy creamos identidad a partir de la construcción de un enemigo, generamos pertenencia a partir de un culpable y producimos polarización. El enfoque de Gandhi era exactamente el opuesto: crear identidad desde la gentileza, la inclusión y el sentimiento de hermandad con todas las formas de vida». Y eso es lo que hace en sus programas pioneros que arrojan resultados muy positivos y han sido científicamente avalados. «En las prisiones trabajamos en tres niveles: intrapersonal (gestión emocional), interpersonal (relaciones no violentas) y colectivo (integración social). También con los funcionarios. Los resultados son increíbles. En una prisión donde inauguramos una sala permanente de meditación, las sanciones disciplinarias pasaron de 48 en tres meses a solo una en los tres meses siguientes», asegura.. Cuesta imaginar a reclusos en una sala de meditación, pero según este monje laico y biólogo naturalista «al principio hay cierre emocional y desconfianza. Pero cuando se establece confianza, se abren profundamente. Son muy humanos. Comprendes que cuando alguien entra en prisión también refleja el fracaso de un sistema educativo y cultural. La responsabilidad es colectiva. Trabajo con asesinos, pedófilos, ladrones… es duro, pero siempre vemos cambios positivos profundos». Así han observado mejoras sobresalientes en tres parámetros principales: reducción del estrés, la ansiedad y el cortisol, disminución drástica de sanciones disciplinarias y mejora en funcionarios penitenciarios.. Los siete despertadores. Su método se está expandiendo por todo el mundo y también valora implantarlo en España: «Estamos abiertos y empieza nuestra búsqueda de colaboraciones. Tenemos una contraparte científica muy sólida, no es una invención, y el impacto en la calidad de vida es importante. Lo único que puede bloquear esto son mentalidades retrógradas. En España estamos esperando que se abran los canales de diálogo con las instituciones y esperamos que esto pueda suceder pronto. Pero no solo en el sistema penitenciario, sino también en escuelas y hospitales, donde trabajamos en este mismo sentido», afirma.. Y es que, según desarrolla Lumera, «hemos creado protocolos científicos que con 12 a 30 minutos diarios reducen cortisol, estrés y ansiedad. Vivimos hiperestimulados y procesamos enormes cantidades de información sin conocer su impacto biológico. Gestionamos hasta 72 gigabytes de información al día, y esto altera los procesos neurobiológicos».. Para él, la meditación es un aliado importante porque «desinflama el organismo y genera bienestar inmediato. Lo difícil es integrarlo en el estilo de vida. Eso requiere disciplina, que para mí significa pasión, no rigidez».. Entre las numerosas prácticas que recomienda en sus manuales y conferencias, antes de concluir nuestro encuentro destaca una muy concreta que propone como consejo para el día a día: la regla de los siete despertadores. «Pongan la alarma de su móvil en siete momentos del día. Cuando suene, hagan tres respiraciones profundas, conecten con el presente y vuelvan a su rutina. La mente humana es vagabunda y pasa casi la mitad del tiempo pensando en cosas que no están ocurriendo. Esto nos ancla al presente Yo lo llevo haciendo toda mi vida y funciona», dice antes de hacer su última reflexión: «Debemos mirar a nuestra versión de 8 años y la de 80 y pensar si ambos estarían orgullosos de nuestra vida actual».

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Daniel Lumera recibió «el mandato» de tender un puente entre la ciencia y la contemplación, que convirtió en un programa pionero

  

A los 19 años fue ordenado monje laico por la tradición indovedántica. Es decir, apenas había abandonado la adolescencia cuando supo que lo suyo iba por los senderos de la filosofía, los ritos y los conocimientos inspirados por la sabiduría de la India antigua y con Mahatma Gandhi como referente a seguir. Daniel Lumera (1975, Alguer) explica en un encuentro con este diario que fue «forjado literalmente en esta disciplina, en este laboratorio de valores que la meditación es y representa». Es más, apunta que recibió el mandato de establecer un puente entre ciencia, neurociencia y prácticas y artes contemplativas para comprender mejor sus beneficios, cómo se transforman los estados mentales y cómo impactan a nivel neurobiológico.. Estudió biología naturalista y comenzó lo que él denomina «su misión», no sin antes recibir enseñanzas de la familia Gandhi. Se formó con Tara Gandhi, una de las nietas más cercanas al Mahatma, «y entré en contacto con los valores de esta familia y sus valores». Su mentor fue uno de los discípulos directos del gurú hinduista, Anthony Elenjimittam, cuya formación no fue fácil: «Ha sido un aprendizaje muy duro porque la meditación es un estilo de vida, no una práctica. Está basado en la constancia, la paciencia, la perseverancia, la humildad, la pasión, la dedicación, la devoción y el amor, que son cosas que hoy faltan completamente».. Su maestro tenía su misión en Asís y él viajaba allí cada mes y también a la India para estudiar y practicar. Así durante tres décadas. Los pilares eran sencillos: respiración consciente, silencio, contemplación, control de la mente y comprensión de la naturaleza de las cosas escuchando la vida. Eso sí, no fue un camino de rosas: «La primera vez que fui a su misión en Asís alquilé un hotel porque las camas del centro no me gustaban. Se enfadó muchísimo y me obligó en los siguientes encuentros a dormir en el suelo, literalmente en la tierra, sin nada, para acostumbrarme a la humildad. Después entendí que “humilde” viene de humus, tierra. Volver a la raíz. Otra vez me envió tres meses a meditar cada día en una estación de tren para aprender el silencio. El primer mes lo odié. Pero allí comprendí que la paz no es la ausencia de ruido, sino la capacidad de acoger la inquietud. Logré experimentar un silencio profundo en medio del caos», rememora.. La gran crisis personal. Aunque su vida estaba encaminada y buscaba dar un sentido práctico a sus conocimientos más místicos –que derivaron en programas pioneros para introducir estas prácticas de meditación en cárceles, hospitales y escuelas, como veremos más adelante–, no fue hasta una fuerte crisis personal cuando todo cobró (aunque suene paradójico) sentido. «He tenido varias crisis, pero la más importante fue en 2004, cuando se cayó todo, se cayó toda mi vida. Enfermé, se rompió la pareja, entré en depresión, se canceló el contrato con la universidad, tuve que cerrar el centro de formación que tenía. Mis amigos me aislaron porque, efectivamente, mi presencia era pesada…».. Entonces todas las técnicas, todos los enfoques que hasta ese momento de su vida le habían dado aire e inspiración dejaron de funcionar. «Era una noche oscura del alma. Era un momento de desesperación porque cuanto más meditaba, más rabia, desesperación, impotencia y ansiedad salían». Recuerda especialmente una tarde, «como si fuese hoy», en la que se encerró en su habitación: «Cerré todas las ventanas y empecé instintivamente a agradecer esa fragilidad. Lloré muchísimo. Me di cuenta de que había estado rechazando una parte de la vida: la más frágil, la más débil. Acepté completamente la situación y empecé a perdonarme por haber rechazado todo esto, por no cuidarlo, por no sentirlo. El rechazo es una forma de apego, definitivamente es una forma de apego».. Y después de esa catarsis empezó a cambiar, a soltar, a aprender a dejar ir y a integrar los distintos aspectos de su vida. «Aquello fue un punto evolutivo muy importante para comprender la amplitud de lo que me estaba pasando y después cómo traducirla y aplicarla en proyectos y comportamientos útiles, tanto en prisiones como en escuelas y en todo el proceso de transformación social».. Ahora viaja por diferentes países integrando este aprendizaje adquirido durante años en contextos que pueden parecer incompatibles. «He contextualizado todo esto en ayuntamientos, en estados, en cárceles, en escuelas. En Italia he trabajado en 23 cárceles; tenemos una red muy grande de escuelas y trabajamos en ayuntamientos y hospitales. Por ejemplo, toda la red del Ente Ospedaliero Cantonale de Suiza –son 7.000 personas– ha empezado un recorrido basado en los valores, la meditación y la gentileza».. Pero entonces, ¿cuál es su tarea y finalidad, exactamente? «Contextualizar, a nivel de salud, bienestar y calidad de vida, estas técnicas y tradiciones milenarias a la luz de las neurociencias», asevera. Y es que, según Lumera, que acaba de publicar el libro «Como si todo fuera un milagro» (Diana), «hoy creamos identidad a partir de la construcción de un enemigo, generamos pertenencia a partir de un culpable y producimos polarización. El enfoque de Gandhi era exactamente el opuesto: crear identidad desde la gentileza, la inclusión y el sentimiento de hermandad con todas las formas de vida». Y eso es lo que hace en sus programas pioneros que arrojan resultados muy positivos y han sido científicamente avalados. «En las prisiones trabajamos en tres niveles: intrapersonal (gestión emocional), interpersonal (relaciones no violentas) y colectivo (integración social). También con los funcionarios. Los resultados son increíbles. En una prisión donde inauguramos una sala permanente de meditación, las sanciones disciplinarias pasaron de 48 en tres meses a solo una en los tres meses siguientes», asegura.. Cuesta imaginar a reclusos en una sala de meditación, pero según este monje laico y biólogo naturalista «al principio hay cierre emocional y desconfianza. Pero cuando se establece confianza, se abren profundamente. Son muy humanos. Comprendes que cuando alguien entra en prisión también refleja el fracaso de un sistema educativo y cultural. La responsabilidad es colectiva. Trabajo con asesinos, pedófilos, ladrones… es duro, pero siempre vemos cambios positivos profundos». Así han observado mejoras sobresalientes en tres parámetros principales: reducción del estrés, la ansiedad y el cortisol, disminución drástica de sanciones disciplinarias y mejora en funcionarios penitenciarios.. Los siete despertadores. Su método se está expandiendo por todo el mundo y también valora implantarlo en España: «Estamos abiertos y empieza nuestra búsqueda de colaboraciones. Tenemos una contraparte científica muy sólida, no es una invención, y el impacto en la calidad de vida es importante. Lo único que puede bloquear esto son mentalidades retrógradas. En España estamos esperando que se abran los canales de diálogo con las instituciones y esperamos que esto pueda suceder pronto. Pero no solo en el sistema penitenciario, sino también en escuelas y hospitales, donde trabajamos en este mismo sentido», afirma.. Y es que, según desarrolla Lumera, «hemos creado protocolos científicos que con 12 a 30 minutos diarios reducen cortisol, estrés y ansiedad. Vivimos hiperestimulados y procesamos enormes cantidades de información sin conocer su impacto biológico. Gestionamos hasta 72 gigabytes de información al día, y esto altera los procesos neurobiológicos».. Para él, la meditación es un aliado importante porque «desinflama el organismo y genera bienestar inmediato. Lo difícil es integrarlo en el estilo de vida. Eso requiere disciplina, que para mí significa pasión, no rigidez».. Entre las numerosas prácticas que recomienda en sus manuales y conferencias, antes de concluir nuestro encuentro destaca una muy concreta que propone como consejo para el día a día: la regla de los siete despertadores. «Pongan la alarma de su móvil en siete momentos del día. Cuando suene, hagan tres respiraciones profundas, conecten con el presente y vuelvan a su rutina. La mente humana es vagabunda y pasa casi la mitad del tiempo pensando en cosas que no están ocurriendo. Esto nos ancla al presente Yo lo llevo haciendo toda mi vida y funciona», dice antes de hacer su última reflexión: «Debemos mirar a nuestra versión de 8 años y la de 80 y pensar si ambos estarían orgullosos de nuestra vida actual».

 

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