El éxito de alto calado social de Sanremo va unido a que nunca se ha olvidado de poner en práctica su título completo: festival de la canción italiana. Las galas, o seratas, son un autohomenaje musical de un país desde la fuerza de la televisión que nos permite coger aire. ¿Cómo? Recordando buenos momentos de tiempos pasados y, a la vez, mantenernos vivos, alimentándonos la curiosidad que nos descubre nuevas motivaciones. Al menos, en forma de canciones y artistas.. Sanremo no solo suena a Italia, también muestra Italia. El programa construye el acontecimiento con ayuda de la mitificación del lugar que lo acoge, el teatro-cine Ariston. Prioriza la tradición a cambiar por un gran polideportivo un auditorio de espacio ajustado en el centro de la ciudad. No lo necesita. De hecho, el interés del show juega a otra clave esencial de la tele: la fantasía que convierte una pequeña caja escénica en un universo con vida propio.. El decorado de este año 2026 parecía que podía ser un error a primer golpe de vista: está recargado, cuenta con mucha cacharrería (pilares de metal y luz, un marco blanco que encajona el escenario…), lo que podía homogeneizar estéticamente las actuaciones hasta hacer el programa repetitivo. Pero no, es un espectáculo en sí mismo cómo se utilizan todos los elementos de pilares, pantallas y estructuras de luces en directo. Todo es un ritual escénico para acrecentar la percepción de estar ante una cita especial, donde la teatralidad de la imagen mezcla glamour y afecto. Véase como se presentó a Laura Pausini. Y, de paso, a todo el decorado.. En tiempos de pantallas que provocan que no se diferencien programas con festivales, la RAI mantiene un set con una identidad muy invasiva que remarca en la percepción del espectador estar ante un evento único. Identidad luminosa y con un fondo constantemente vivo para que el ritmo de la gala no decaiga. En el centro, la escalinata icónica por la que bajan los participantes y que es un sello clásico del show. Todo está repleto de la liturgia clásica que diferencia a Sanremo de otros festivales del mundo. Incluso lo humaniza, pues el guion del concurso cuenta con la flexibilidad para introducir guiños de programa de televisión. Como cuando aparece una señora de 105 años y recuerda la primera vez que pudieron votar las mujeres. Hay historia, hay implicación.. Pero, esa misma escenografía televisiva con tanta cosa, cuando empieza la actuación, se pone por completo al servicio del intérprete. El escenario cede su protagonismo. Las tiras de luz de leds del fondo se camuflan con las proyecciones de cada canción. Las grandes torres se mueven y la escalera central, sale y entra. Así, cada actuación, se envuelve de una atmósfera propia vista con una realización despierta para ir bailando al campás de la canción, el cantante y, también, los músicos.. Y siempre sin dejar de ubicar al espectador en la sala del Ariston. Se ve el nervio del público que potencia la emoción de los candidatos. Ahí está la otra clave de Sanremo: no necesitan llenar el escenario de atrezo en cada número. Tampoco cogería en la trastienda mínima de un escenario que ya está aprovechado hasta los topes con bien de artillería fija. Porque, al final, el éxito de Sanremo está en que la gran escenografía de cada actuación es la expresividad de los cantantes, que celebran la puesta de largo de una canción con una orquesta en directo. Otro sello propio. La textura musical de las canciones siempre tiene un crescendo álgido. Son temas contundentes, ayuda que la dinámica del concurso obliga a una adaptación casi sinfónica de las canciones. Lo que supone una buena criba a tanta propuesta vacía que solo busca ser un viral de TikTok.. La suma de factores impulsa al artista en pantalla. Todo en escena, las luces que bajan, las leds que se fusionan con las pantallas y esas mismas pantallas que se desplazan, están a disposición de proyectar el carácter de cada intérprete y su propuesta musical. La dirección artística huye del atrezo como hueco golpe de efecto que puede terminar tapando al arte del propio cantante. O despistándolo. Aquí, el primer plano manda. El diseño televisivo enfoca a cada candidato. No tiene miedo a ver a un artista hacer lo que sabe hacer: interpretar. Porque la expresividad del cantante es el gran truco maestro de Sanremo. No necesita ni más ni menos para enamorar a un país entero que saca pecho con su cultura musical. Y que Italia no reniega de ella. La audiencia de la televisión ya no es la de antaño, pero Sanremo, entregando sus ramos de flores a cada participante después de actuar, continúa paralizando una nación. Porque es Italia. Con todas sus luces, que disimulan con sabiduría hasta la sombra tenaz del micro en los cuellos de los cantantes.
Un fenómeno para Italia que resume claves de la tele que trasciende.
20MINUTOS.ES – Televisión
El éxito de alto calado social de Sanremo va unido a que nunca se ha olvidado de poner en práctica su título completo: festival de la canción italiana. Las galas, o seratas, son un autohomenaje musical de un país desde la fuerza de la televisión que nos permite coger aire. ¿Cómo? Recordando buenos momentos de tiempos pasados y, a la vez, mantenernos vivos, alimentándonos la curiosidad que nos descubre nuevas motivaciones. Al menos, en forma de canciones y artistas.. Sanremo no solo suena a Italia, también muestra Italia. El programa construye el acontecimiento con ayuda de la mitificación del lugar que lo acoge, el teatro-cine Ariston. Prioriza la tradición a cambiar por un gran polideportivo un auditorio de espacio ajustado en el centro de la ciudad. No lo necesita. De hecho, el interés del show juega a otra clave esencial de la tele: la fantasía que convierte una pequeña caja escénica en un universo con vida propio.. El decorado de este año 2026 parecía que podía ser un error a primer golpe de vista: está recargado, cuenta con mucha cacharrería (pilares de metal y luz, un marco blanco que encajona el escenario…), lo que podía homogeneizar estéticamente las actuaciones hasta hacer el programa repetitivo. Pero no, es un espectáculo en sí mismo cómo se utilizan todos los elementos de pilares, pantallas y estructuras de luces en directo. Todo es un ritual escénico para acrecentar la percepción de estar ante una cita especial, donde la teatralidad de la imagen mezcla glamour y afecto. Véase como se presentó a Laura Pausini. Y, de paso, a todo el decorado.. En tiempos de pantallas que provocan que no se diferencien programas con festivales, la RAI mantiene un set con una identidad muy invasiva que remarca en la percepción del espectador estar ante un evento único. Identidad luminosa y con un fondo constantemente vivo para que el ritmo de la gala no decaiga. En el centro, la escalinata icónica por la que bajan los participantes y que es un sello clásico del show. Todo está repleto de la liturgia clásica que diferencia a Sanremo de otros festivales del mundo. Incluso lo humaniza, pues el guion del concurso cuenta con la flexibilidad para introducir guiños de programa de televisión. Como cuando aparece una señora de 105 años y recuerda la primera vez que pudieron votar las mujeres. Hay historia, hay implicación.. Pero, esa misma escenografía televisiva con tanta cosa, cuando empieza la actuación, se pone por completo al servicio del intérprete. El escenario cede su protagonismo. Las tiras de luz de leds del fondo se camuflan con las proyecciones de cada canción. Las grandes torres se mueven y la escalera central, sale y entra. Así, cada actuación, se envuelve de una atmósfera propia vista con una realización despierta para ir bailando al campás de la canción, el cantante y, también, los músicos.. Y siempre sin dejar de ubicar al espectador en la sala del Ariston. Se ve el nervio del público que potencia la emoción de los candidatos. Ahí está la otra clave de Sanremo: no necesitan llenar el escenario de atrezo en cada número. Tampoco cogería en la trastienda mínima de un escenario que ya está aprovechado hasta los topes con bien de artillería fija. Porque, al final, el éxito de Sanremo está en que la gran escenografía de cada actuación es la expresividad de los cantantes, que celebran la puesta de largo de una canción con una orquesta en directo. Otro sello propio. La textura musical de las canciones siempre tiene un crescendo álgido. Son temas contundentes, ayuda que la dinámica del concurso obliga a una adaptación casi sinfónica de las canciones. Lo que supone una buena criba a tanta propuesta vacía que solo busca ser un viral de TikTok.. La suma de factores impulsa al artista en pantalla. Todo en escena, las luces que bajan, las leds que se fusionan con las pantallas y esas mismas pantallas que se desplazan, están a disposición de proyectar el carácter de cada intérprete y su propuesta musical. La dirección artística huye del atrezo como hueco golpe de efecto que puede terminar tapando al arte del propio cantante. O despistándolo. Aquí, el primer plano manda. El diseño televisivo enfoca a cada candidato. No tiene miedo a ver a un artista hacer lo que sabe hacer: interpretar. Porque la expresividad del cantante es el gran truco maestro de Sanremo. No necesita ni más ni menos para enamorar a un país entero que saca pecho con su cultura musical. Y que Italia no reniega de ella. La audiencia de la televisión ya no es la de antaño, pero Sanremo, entregando sus ramos de flores a cada participante después de actuar, continúa paralizando una nación. Porque es Italia. Con todas sus luces, que disimulan con sabiduría hasta la sombra tenaz del micro en los cuellos de los cantantes.
