Raffaella Carrà ya era la gran dama de la televisión. Había puesto en marcha el primer magacín matinal de la RAI, Pronto Raffaella, había convertido la alegría de la música en fantasía audiovisual, había conquistado grandes audiencias con su cercanía en primera plano y, a la vez, con su glamour en escenario inmenso. Incluso, cuando parecía que ya estaba todo hecho, logró reinventar el género de varietés con Carràmba! Che sorpresa, que en España calcamos con Sorpresa, Sorpresa.. Raffaella Carrà ya era un mito. Y, por fin, en 2001, recibió el encargo de presentar la gran cita de la tele italiana: El festival de Sanremo. Empezó la primera gala, la prima serata, Raffaella descendió la escalera cual diva. Pero las manos, agarrando el micrófono, anunciaban la vulnerabilidad. Por sus dedos, asomaba el nervio de decepcionar expectativas.. Raffaella Carrà estaba sufriendo el peso de la mujer independiente que nunca permitió ser un florero. La mujer que reivindicó el mismo sueldo que ellos. La mujer que tardó en presentar Sanremo justo por eso mismo: por no ser un hombre. Solo una mujer antes, Loretta Goggi en 1986, lo había hecho.. Pero existía un machismo tan interiorizado que favorecía la “seriedad” del señor como maestro de ceremonias de un acontecimiento de tanta tradición. Como si ellas no fueran igual de respetables, de solemnes. Sanremo solía reducir a las mujeres presentadoras a la compañía accesoria. A lo «bonito». Y así se verbalizaba. Y, también, se grababa: la cámara recorría su cuerpo, de abajo a arriba, mientras bajaban la escalera. Zoom que nunca enfocaba a los hombres, claro. Sigue pasando.. Las chicas eran la belleza que entra los ojos, pero Raffaella siempre quiso entrar por la complicidad de la inteligencia. En aquella primera vez al frente de Sanremo, en el fondo, luchaba con fantasmas del pasado. Y no del suyo. Había llevado a la modernidad la tele italiana y, en cambio, el festival de la canción solo le había considerado estrella invitada. Tenía que desmontar ese último prejuicio, así que el nervio asomó en el vértigo de los primeros segundos: cuando ves el auditorio repleto y sientes que ahora no puedes darles la razón a los que no confiaron en ti. Aunque ya hayas demostrado tu talento durante 30 años de oficio. En la exposición pública, te hacen creer que uno tiene que empezar cada día.
Cuando Raffaella Carrà presentó Sanremo en 2001.
20MINUTOS.ES – Televisión
Raffaella Carrà ya era la gran dama de la televisión. Había puesto en marcha el primer magacín matinal de la RAI, Pronto Raffaella, había convertido la alegría de la música en fantasía audiovisual, había conquistado grandes audiencias con su cercanía en primera plano y, a la vez, con su glamour en escenario inmenso. Incluso, cuando parecía que ya estaba todo hecho, logró reinventar el género de varietés con Carràmba! Che sorpresa, que en España calcamos con Sorpresa, Sorpresa.. Raffaella Carrà ya era un mito. Y, por fin, en 2001, recibió el encargo de presentar la gran cita de la tele italiana: El festival de Sanremo. Empezó la primera gala, la prima serata, Raffaella descendió la escalera cual diva. Pero las manos, agarrando el micrófono, anunciaban la vulnerabilidad. Por sus dedos, asomaba el nervio de decepcionar expectativas.. Raffaella Carrà estaba sufriendo el peso de la mujer independiente que nunca permitió ser un florero. La mujer que reivindicó el mismo sueldo que ellos. La mujer que tardó en presentar Sanremo justo por eso mismo: por no ser un hombre. Solo una mujer antes, Loretta Goggi en 1986, lo había hecho.. Pero existía un machismo tan interiorizado que favorecía la “seriedad” del señor como maestro de ceremonias de un acontecimiento de tanta tradición.Como si ellas no fueran igual de respetables, de solemnes. Sanremo solía reducir a las mujeres presentadoras a la compañía accesoria. A lo «bonito». Y así se verbalizaba. Y, también, se grababa: la cámara recorría su cuerpo, de abajo a arriba, mientras bajaban la escalera. Zoom que nunca enfocaba a los hombres, claro. Sigue pasando.. Las chicas eran la belleza que entra los ojos, pero Raffaella siempre quiso entrar por la complicidad de la inteligencia. En aquella primera vez al frente de Sanremo, en el fondo, luchaba con fantasmas del pasado. Y no del suyo. Había llevado a la modernidad la tele italiana y, en cambio, el festival de la canción solo le había considerado estrella invitada. Tenía que desmontar ese último prejuicio, así que el nervio asomó en el vértigo de los primeros segundos: cuando ves el auditorio repleto y sientes que ahora no puedes darles la razón a los que no confiaron en ti. Aunque ya hayas demostrado tu talento durante 30 años de oficio. En la exposición pública, te hacen creer que uno tiene que empezar cada día.
