A nadie le impacta ya ver un cartelito de ‘Última hora’ sobreimpresionado en el televisor. Todo es ‘última hora’. Hasta las noticias de hace siete días -o tres años- siguen siendo ‘última hora’ mañanera. A nadie le sorprende un edredoning en Gran hermano. En La Isla de las Tentaciones la excitación de las endorfinas sucede cada minuto. Y ni siquiera necesitan utilizar un edredón nórdico.. A nadie le eriza los sentimientos al escuchar una gran voz en La voz. Ya sabemos que no terminaremos conociendo a la mayoría de los nuevos talentos, pues el talent show consiste en promocionar las emociones del jurado. A nadie le engancha un cebo de magacín de tarde. Estamos inmunes a los ‘qué fuerte, qué fuerte’ y las ‘bombas’. Conocemos de sobra que son humo. Puro reclamo.. A nadie le resume las noticias el informativo de las 3 de la tarde. Se las han desmenuzado durante horas y horas en esas tertulias detrás de las pantallas, donde se habla de todo sin necesidad de salir a la calle a encontrar a los protagonistas de la vida.. A nadie parece importarle la tele como antes. Solo cuando hay que criticarla, claro. Estamos escarmentados. Ha ayudado cómo se ha subestimado la inteligencia de la audiencia. Muchos siguen pensando que al espectador hay que vender polémicas. Y las fuerzan. Muchos creen que sube el share atemorizando. Y asustan. Muchos confían en que con tirar de nombres virales la cosa funcionará. Y se olvidan de crear un guion con contenidos que sostengan el programa. Muchos prefieren la estrategia del dato de cuota de pantalla a fidelizar a los espectadores. Y retrasan las emisiones hasta horas solo aptas para sonámbulos. Un retrato de la sociedad de la inmediatez en la que estamos inmersos.. Así la tele ha expulsado tanto de aquello que conseguía que nos apasionara tanto la tele. Así las audiencias auténticamente masivas se han ido esfumando. Es complicado averiguar dónde están tantos millones de personas. Solo sabemos que vuelven cuando la tele demuestra que continúa siendo un imaginativo cruce de caminos. Cuando la honestidad pesa más que la vehemencia, cuando la creatividad quiere levantar al país de la obviedad, cuando la inspiración desmonta los prejuicios, cuando se consigue una historia que no trata al espectador como mero consumidor. Y lo abraza como ciudadano. Ciudadano cómplice.
Un problema clave de la tele clásica en España.
20MINUTOS.ES – Televisión
A nadie le impacta ya ver un cartelito de ‘Última hora’ sobreimpresionado en el televisor. Todo es ‘última hora’. Hasta las noticias de hace siete días -o tres años- siguen siendo ‘última hora’ mañanera. A nadie le sorprende un edredoning en Gran hermano. En La Isla de las Tentaciones la excitación de las endorfinas sucede cada minuto. Y ni siquiera necesitan utilizar un edredón nórdico.. A nadie le eriza los sentimientos al escuchar una gran voz en La voz. Ya sabemos que no terminaremos conociendo a la mayoría de los nuevos talentos, pues el talent show consiste en promocionar las emociones del jurado. A nadie le engancha un cebo de magacín de tarde. Estamos inmunes a los ‘qué fuerte, qué fuerte’ y las ‘bombas’. Conocemos de sobra que son humo. Puro reclamo.. A nadie le resume las noticias el informativo de las 3 de la tarde. Se las han desmenuzado durante horas y horas en esas tertulias detrás de las pantallas, donde se habla de todo sin necesidad de salir a la calle a encontrar a los protagonistas de la vida.. A nadie parece importarle la tele como antes. Solo cuando hay que criticarla, claro. Estamos escarmentados. Ha ayudado cómo se ha subestimado la inteligencia de la audiencia. Muchos siguen pensando que al espectador hay que vender polémicas. Y las fuerzan. Muchos creen que sube el share atemorizando. Y asustan. Muchos confían en que con tirar de nombres virales la cosa funcionará. Y se olvidan de crear un guion con contenidos que sostengan el programa. Muchos prefieren la estrategia del dato de cuota de pantalla a fidelizar a los espectadores. Y retrasan las emisiones hasta horas solo aptas para sonámbulos. Un retrato de la sociedad de la inmediatez en la que estamos inmersos.. Así la tele ha expulsado tanto de aquello que conseguía que nos apasionara tanto la tele. Así las audiencias auténticamente masivas se han ido esfumando. Es complicado averiguar dónde están tantos millones de personas. Solo sabemos que vuelven cuando la tele demuestra que continúa siendo un imaginativo cruce de caminos. Cuando la honestidad pesa más que la vehemencia, cuando la creatividad quiere levantar al país de la obviedad, cuando la inspiración desmonta los prejuicios, cuando se consigue una historia que no trata al espectador como mero consumidor. Y lo abraza como ciudadano. Ciudadano cómplice.
