Viví con un narcotraficante amateur, con una poeta que nunca tiraba de la cisterna, con un estilista que me robaba sistemáticamente la pizza. Uno de mis compañeros de piso tenía un ideograma chino tatuado en el cuello y cada día significaba una cosa. Una noche se piró para siempre, con todos sus bártulos, sin pagar el mes en curso. Con una compañera estadounidense estuve debatiendo semanas por la inexistencia en inglés del propio término “estadounidense” (solo existe “americano”, con las consiguientes connotaciones). Y así pasaba la vida, esperando a que toda esa gente rara dejase el baño libre de una vez.. Seguir leyendo
Ahora el espacio compartido no se plantea como una saludable opción para la juventud, sino como un apaño a la precariedad habitacional que produce la gran estafa inmobiliaria
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Viví con un narcotraficante amateur, con una poeta que nunca tiraba de la cisterna, con un estilista que me robaba sistemáticamente la pizza. Uno de mis compañeros de piso tenía un ideograma chino tatuado en el cuello y cada día significaba una cosa. Una noche se piró para siempre, con todos sus bártulos, sin pagar el mes en curso. Con una compañera estadounidense estuve debatiendo semanas por la inexistencia en inglés del propio término “estadounidense” (solo existe “americano”, con las consiguientes connotaciones). Y así pasaba la vida, esperando a que toda esa gente rara dejase el baño libre de una vez.. En mi primer piso compartido tuvo que venir la Policía Nacional a frenar una reyerta, en el tercero el vecino de arriba entró a puñetazos tratando de parar una de aquellas fiestas que duraban días. Este era un lugar tan sórdido que un amigo cineasta lo utilizaba para rodar cortos sobre los bajos fondos: “¡Lo que me ahorro en decoración y atrezo!”. Cuando le enseñé el cuarto a mi madre, se puso a llorar, la pobre, de la bohemia. Hubo tiempos duros, pero muchas veces fui feliz.. Son batallitas de los pisos compartidos de Madrid: viví en cuatro durante una decenio, en Atocha, en Ópera, en Delicias, en Palos de la Frontera. Conocí a gente deleznable… y a algunos de mis mejores amigos. Según mis cuentas, tuve unos 50 compañeros, entre los fijos y la población flotante que pasaba solo una temporadita, de toda clase y condición, estudiantes y trabajadores jóvenes (y no tan jóvenes), de regiones y naciones diversas. Vivir en Madrid nunca fue fácil, pero al menos los precios permitían que en la almendra central hubiera familias y estudiantes delirantes, lo que daba una vida a la ciudad que no le dan las gastrotecas y las manadas de turistas.. Por eso la ciudad se muere mientras la peña aplaude.. La gente del piso era tu familia. Te movías con soltura por una red de pisos, de reunión en fiesta, de cena en vermú, como en un internet inmobiliario cuando no había redes sociales: quedabas con gente y cada cual llegaba con sus compañeros de piso; se liaba la de dios. Así ibas transitando aquella enorme comunidad de gente que se conocía en pijama.. Imagen de la película ‘¿A quién te llevarías a una isla desierta?’, de Jota Linares, que narra las peripecias de unos jóvenes en un piso compartido.. Vivir con otros alejaba al fantasma triste de la soledad y abarataba los gastos, generaba diversión extrema y tóxica, pero también, claro, los típicos problemas de lo común: retrasos en el pago del alquiler, ruidos a deshoras, peleas por la música y/o la tele. Como la limpieza era tarea de todos, nadie se ocupaba. ¡Quién cojones ha dejado así el cenicero!. Todos pensábamos que si vivíamos compartiendo era porque no éramos suficientemente ricos para vivir solos, pero todos sabíamos, secretamente, que aquella fase era un rito de paso, una experiencia de juventud, algo que tenías que vivir para que la vida tuviera sentido. ¿Qué hace un chaval de 21 años con un apartamento propio?. Bien, ahora tenemos el coliving, que es el compartir piso de toda la vida, pero con el marchamo cosmopaleto que le da un término en inglés (ojo, ahora hay bares que se llaman “food and drinks”). Por supuesto, se dirige a personas creativas, emprendedoras, mejor si están levantando una startup… ¡es como Silicon Valley! (donde, por cierto, es imposible vivir). El problema no es la convivencia: hay hermosos proyectos, cooperativas de vivienda, para personas y familias que la desean; el apoyo mutuo, el trato intergeneracional. Pero el fenómeno del coliving y similaresparece más bien un blanqueamiento de la precariedad y hacinamiento que genera la gran estafa de la vivienda.. Mayores de 60 expulsados de Madrid, viven en un piso compartido en Valencia a través del programa Hogares Compartidos, el 11 de febrero de 2026. Mònica Torres. Ahora el piso compartido no se plantea como una opción razonable, e incluso deseable, para esa etapa de la vida en la que salimos del nido materno y nos enfrentamos al mundo en una ciudad extraña. Ahora se trata de vivir para siempre en un lugar que no puedes considerar como propio, un lugar que has de compartir con otros en tu misma situación porque no os alcanza para esa independencia que reclama la edad adulta.. Es curioso que el Gobierno, que debería poner más carne en el asador para solucionar el vampirismo y buitreo inmobiliario (no se me ocurre mejor tabla de salvación para el presidente Sánchez que plantar cara a la especulación con el mismo coraje que muestra ante Trump o Netanyahu), haga anuncios en los que precisamente aparezcan unos señores y señoras mayores compartiendo piso como si fueran posadolescentes con ganas de explotar. Cada uno con su balda en la nevera, comiendo pasta con atún y tomate, pidiendo el salón para traer a un noviete. Probablemente sea común en el ¿futuro?. Tiene un lado bueno: así nos aseguramos de que alguien venga a nuestro funeral. Y que traerá litronas.
