Los recientes resultados en cuatro elecciones regionales en España sugieren que las izquierdas más pegadas al territorio y con identidad regionalista o nacionalista se desempeñan mejor que la izquierda de proyección nacional. El debate surge justo cuando la izquierda española trata de encontrar una fórmula estratégica para maximizar sus votos en toda España de cara a unas generales. ¿La vía del éxito está en los proyectos territoriales?. Seguir leyendo
El ciclo de cuatro elecciones que España ha vivido entre diciembre y mayo pasados ha resucitado en la izquierda española la cuestión de si es ineludible incorporar al discurso las reivindicaciones identitarias, del regionalismo al nacionalismo
Los recientes resultados en cuatro elecciones regionales en España sugieren que las izquierdas más pegadas al territorio y con identidad regionalista o nacionalista se desempeñan mejor que la izquierda de proyección nacional. El debate surge justo cuando la izquierda española trata de encontrar una fórmula estratégica para maximizar sus votos en toda España de cara a unas generales. ¿La vía del éxito está en los proyectos territoriales?. Para Teresa Táboas, exconsejera gallega y ex diputada del BNG, las izquierdas precisan un cambio radical de categorías en sentido federal. La escritora Carmen Domingo defiende que si las diferencias de clase se siguen reemplazando por identidades de todo tipo, solo crecerá la insolidaridad.. La izquierda necesita el federalismo. Teresa Táboas. El debate de los nacionalismos periféricos lleva décadas en un código binario obsoleto: independencia o subordinación, pueblo o Estado, identidad o ciudadanía. Este marco fue diseñado bajo la lógica del Estado nación decimonónico y hoy es radicalmente insuficiente. El problema es de lenguaje. Las izquierdas (estatales y nacionalistas) operan con un vocabulario político del siglo XX para responder a problemas del XXI. Mientras no se reemplace, ningún diseño institucional nuevo tiene dónde aterrizar.. El discurso heredado presenta síntomas reconocibles en ambas tradiciones. La izquierda estatal ha fetichizado la ruptura como medida de radicalidad, confundiendo la distancia con el sistema con la capacidad de transformarlo. Ha tratado el Estado nación como la escala irrenunciable de la política progresista, cuando los problemas de hoy —desigualdad fiscal global, transición energética, regulación tecnológica, flujos migratorios— no tienen solución en esa escala. Y ha seguido leyendo el hecho nacional con las categorías del XIX, sin reconocer que los nacionalismos periféricos progresistas son en su mayoría proyectos de base cívica y programa social avanzado. Las izquierdas nacionalistas han tendido a confundir legitimidad cultural con programa de gobierno. Tener una lengua propia, una historia diferenciada y una identidad reconocible es condición necesaria pero radicalmente insuficiente para gobernar.. El discurso que se necesita implica un desplazamiento radical de categorías: reemplazar nación como identidad por escala como función de gobierno; soberanía como atributo histórico por soberanía como capacidad efectiva de decidir; ruptura como valor por diseño como práctica política. Ello supone aceptar que el vocabulario heredado no solo es insuficiente: en algunos puntos es contraproducente. El apego al lenguaje viejo es una forma de conservadurismo en la propia izquierda tan paralizante como la oposición externa.. El punto de encuentro entre ambas izquierdas es el diseño federal. La izquierda estatal necesita el federalismo porque sin él seguirá siendo rehén de la cuestión territorial en cada ciclo electoral, sin armar mayorías estables. Las izquierdas nacionalistas necesitan el federalismo porque es el único marco donde su legitimidad cultural se vuelve capacidad institucional real. Ninguna de las dos puede obtener por separado lo que el diseño federal les ofrece juntas: a la estatal, la estabilidad que le permita gobernar; a las nacionalistas, la escala de poder que haga efectiva su identidad. El federalismo no es la suma de sus concesiones recíprocas. Es la condición de posibilidad de ambas como fuerzas de gobierno.. El momento geopolítico ha convertido este debate en urgencia histórica. En un mundo reorganizado en bloques, un Estado europeo medio no es actor; es un objeto. La soberanía real solo existe a escala continental. Lo demás es soberanía nominal: el derecho a decidir lo que otros ya han decidido. Europa solo tiene un camino: la federación. No la coordinación intergubernamental, sino una arquitectura federal real.. Los nacionalismos construidos desde la identidad cultural tienen la posibilidad —y la obligación histórica— de protagonizar ese cambio de lenguaje y de escala. Han aprendido que la identidad no gobierna sola. Ese aprendizaje, articulado con ambición de escala, es el activo político más valioso del momento. Pero requiere un acto de honestidad intelectual que las izquierdas raramente se permiten: reconocer que parte del propio discurso es el problema.. El instrumento de ese reconocimiento es la hipótesis fractal: el mismo patrón (subsidiariedad, autonomía, solidaridad, control democrático) del municipio a Bruselas. El fractal no es una metáfora; es un criterio de supervivencia geopolítica. La Europa resultante no es la Europa de los pueblos, sino una Europa federal de Estados federales, donde la soberanía vuelve a ser efectiva. Las izquierdas nacionalistas son el único actor que puede tender ese puente. Tienen legitimidad territorial para convencer a sus sociedades de que la escala federal protege la identidad dándole poder real, y coherencia programática para convencer a las izquierdas estatales de que el federalismo es su interés estratégico. El liderazgo que el momento les reclama no es administrar la diferencia ni maximizar la ruptura. Es diseñar el sistema.. Teresa Táboas es arquitecta. Fue consejera gallega de Vivienda de 2005 a 2009, y diputada autonómica del BNG entre 2009 y 2012.. Abrazar los bailes regionales. Carmen Domingo. Lo dijo hace un tiempo Nancy Fraser al analizar el desplazamiento de voto de la izquierda a la derecha: “La lucha por el reconocimiento se está convirtiendo rápidamente en la forma paradigmática de conflicto político a finales del siglo XX. Las demandas de reconocimiento de la diferencia alimentan las luchas de grupos movilizados bajo las banderas de la nacionalidad, la etnia, la raza, el género y la sexualidad. En estos conflictos pos-socialistas, la identidad grupal suplanta el interés de clase como principal medio de movilización política”. Esta reflexión nos ofrece el marco perfecto para entender el giro de los votantes a la derecha.. Aterricemos esa idea en la política española actual. En contra de lo que puede parecer al hilo de lo anterior, porque se han sumado a ese discurso, cada vez hay más partidos que se denominan de izquierdas en todos los territorios: Más Madrid, ERC, Bildu, BNG, Comuns, Compromís, CHA, Adelante Andalucía… Tienen en común un par de cosas: han optado por todos los identitarismos posibles y se han aferrado a los nacionalismos más o menos independentistas, más o menos federalistas, dependiendo del caso, pero siempre obviando lo universal y centrándose en el nosotros. Algunos consiguen resultados electorales que incluso desplazan por completo a la izquierda estatal —pienso en IU—, o borran del mapa a partidos como Podemos.. Los recientes resultados autonómicos son clarificadores. En febrero, la Chunta fue el único partido que rentabilizó en Aragón la crisis de la izquierda y duplicó escaños, mientras Podemos se hundía. En marzo, en Castilla y León, UPL, Por Ávila y ¡Soria Ya! consiguieron representación, mientras desaparecían Sumar y Podemos. Lo mismo pasó en mayo con Adelante Andalucía, que superó con creces sus expectativas y dejó a una más que significativa distancia a la coalición Por Andalucía. En el resto de territorios siguen manteniendo representación parlamentaria aquellos partidos de izquierda nacionalista identitaria centrada en cada comunidad.. ¿Qué le pasa a la izquierda? ¿Dónde han quedado sus reivindicaciones tradicionales, las materialistas que nos benefician a todos? ¿Cuándo ha optado por la defensa de identidades y terruños, de emociones y sentimientos etéreos? En definitiva: ¿cómo es posible que tengan más fuerza los partidos que solo hacen propuestas para un determinado colectivo (social o territorial), mientras que las reivindicaciones estatales están casi desaparecidas?. La respuesta no es fácil. Pienso que todos esos partidos de nuevo cuño han ido probando qué les da más rédito, y, visto que lo material no es una prioridad, han optado por defender lo inmaterial, siempre atado a lo local.. Sin embargo, por muchos cálculos que hayan hecho, por muchas moderneces identitarias o reivindicaciones nacionalistas que se les ocurran, para buena parte de los trabajadores ese giro los ha alejado de sus necesidades, y han dejado de votarlos. Si no, ¿cómo se explica que hayan perdido tantos territorios que tradicionalmente eran sus bastiones? Sorprende que nadie se haya dado cuenta de que ese viraje solo está consiguiendo desplazar a unos votantes desorientados y necesitados de propuestas claras hacia partidos situados a 180 grados de los que tradicionalmente veían como suyos. O se han quedado en casa.. Ante la falta de organizaciones sólidas de izquierda con propuestas universales, muchos votantes se refugian en identidades y bailes regionales. Y, al tiempo, muchas izquierdas descubren ahí el caladero y se dedican a abanderar identidades y bailes. Unos y otros obvian las necesidades reales. El resultado es un panorama en las antípodas de la izquierda: identidades que compiten por prioridad en las políticas, nacionalismos que reivindican supremacismos y rentabilizan el victimismo… Si denuncias un privilegio fiscal eres catalonófobo, si denuncias un fanatismo religioso eres andaluzófobo, si criticas una política pesquera eres galífobo.. Mientras las diferencias de clase se sigan sustituyendo por identidades varias —de género, orientación sexual, nacionalismo, edad, raza—, solo se conseguirá aumentar la insolidaridad y hundir a los partidos de izquierda, y sus principios y valores de solidaridad universal.. Carmen Domingo es escritora. Su último libro es La soledad fue el precio. Vida de Carmen Díez de Rivera (Tusquets), premio Comillas 2026.
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