Ponte las pilas, amable lector, porque nuestra ración diaria de ruido está a punto de dispararse. Se acercan días en los que el bullicio invadirá cualquier espacio, público o privado. En cuestión de horas, el jolgorio se habrá adueñado de nuestras vidas y, el silencio, compañero inseparable de la sabiduría, será una rareza. Estupenda ocasión para reflexionar sobre este bien tan preciado. Hasta en los escasos momentos en los que no nos llegan sonidos, mensajes o cualquier estímulo, nuestra cabeza rebosa de pensares y sentires que ahogan el silencio interior, imprescindible para aprovecharse del exterior. La pregunta es: ¿cuántos minutos al día dedicamos a estar en silencio de verdad, si es que lo hacemos?. Vaciar la cabeza y tener tan buena memoria como buen olvido, es obligado para vivir y no ser vivido. «Cuando consigues silenciar todo el ruido interno, y cuando se hace el silencio, un silencio atronador, en ti, empiezas a oír la llamada más profunda. Tu corazón te está llamando. Te está intentando decir algo, pero aún no has podido oírlo al estar tu mente llena de ruido», asegura el venerado maestro vietnamita Thich Nhat Hanh. Detenerse, respirar y aquietar de vez en cuando la mente, es de lo más sanador que existe. Vivir un estado de plenitud, de alegría, apreciar la belleza de la vida, sentirse en paz con uno mismo, y con los demás, la alegría y el bienestar, dependen del mutismo y no del barullo.. Pero visto lo visto, parecería todo lo contrario. Me viene a la memoria aquella frase de Ernest Hemingway: «se necesitan dos años para aprender a hablar y 60 para aprender a callar». Estamos permanentemente enfrascados en lo que sea, con tal de no guardar silencio. Sin embargo, el silencio consciente, buscado, es uno de los mayores tesoros, como nos enseñan los místicos castellanos. En la ausencia de ruido, el eco del silencio se expande como una fuerza colosal y un espacio propicio para cultivar pensamientos optimistas y emociones enriquecedoras.. Afirma Javier F. Jiménez, que tanto sabe de silencios y del bullicio ensordecedor de la sociedad moderna, que «cuando las voces se desvanecen y los susurros del silencio se instalan, la mente encuentra la oportunidad de sintonizase con una frecuencia más elevada. En este oasis de quietud, los pensamientos negativos se disipan como las sombras, ante la luz del amanecer, y la actitud positiva, como una delicada flor, encuentra su terreno más fértil». En el silencio, la mente se vuelve también más receptiva a las señales internas que nos orientan en la toma de decisiones y la resolución de problemas. Decía Rabindranath Tagore que «el hombre se adentra en la multitud por ahogar el clamor de su propio silencio». La obsesión por el ruido, ciertamente, parece dominarlo todo: «los teléfonos zumban, los altavoces retumban y los vehículos rugen, formando una amalgama estridente que se aferra a nuestra conciencia». Y así sucede que, en esta obsesión por el alboroto, nos hemos vuelto adictos a la disipación, olvidando que lo bueno, y lo mejor, crece en el silencio.
«Vaciar la cabeza y tener tan buena memoria como buen olvido, es obligado para vivir y no ser vivido»
Ponte las pilas, amable lector, porque nuestra ración diaria de ruido está a punto de dispararse. Se acercan días en los que el bullicio invadirá cualquier espacio, público o privado. En cuestión de horas, el jolgorio se habrá adueñado de nuestras vidas y, el silencio, compañero inseparable de la sabiduría, será una rareza. Estupenda ocasión para reflexionar sobre este bien tan preciado. Hasta en los escasos momentos en los que no nos llegan sonidos, mensajes o cualquier estímulo, nuestra cabeza rebosa de pensares y sentires que ahogan el silencio interior, imprescindible para aprovecharse del exterior. La pregunta es: ¿cuántos minutos al día dedicamos a estar en silencio de verdad, si es que lo hacemos?. Vaciar la cabeza y tener tan buena memoria como buen olvido, es obligado para vivir y no ser vivido. «Cuando consigues silenciar todo el ruido interno, y cuando se hace el silencio, un silencio atronador, en ti, empiezas a oír la llamada más profunda. Tu corazón te está llamando. Te está intentando decir algo, pero aún no has podido oírlo al estar tu mente llena de ruido», asegura el venerado maestro vietnamita Thich Nhat Hanh. Detenerse, respirar y aquietar de vez en cuando la mente, es de lo más sanador que existe. Vivir un estado de plenitud, de alegría, apreciar la belleza de la vida, sentirse en paz con uno mismo, y con los demás, la alegría y el bienestar, dependen del mutismo y no del barullo.. Pero visto lo visto, parecería todo lo contrario. Me viene a la memoria aquella frase de Ernest Hemingway: «se necesitan dos años para aprender a hablar y 60 para aprender a callar». Estamos permanentemente enfrascados en lo que sea, con tal de no guardar silencio. Sin embargo, el silencio consciente, buscado, es uno de los mayores tesoros, como nos enseñan los místicos castellanos. En la ausencia de ruido, el eco del silencio se expande como una fuerza colosal y un espacio propicio para cultivar pensamientos optimistas y emociones enriquecedoras.. Afirma Javier F. Jiménez, que tanto sabe de silencios y del bullicio ensordecedor de la sociedad moderna, que «cuando las voces se desvanecen y los susurros del silencio se instalan, la mente encuentra la oportunidad de sintonizase con una frecuencia más elevada. En este oasis de quietud, los pensamientos negativos se disipan como las sombras, ante la luz del amanecer, y la actitud positiva, como una delicada flor, encuentra su terreno más fértil». En el silencio, la mente se vuelve también más receptiva a las señales internas que nos orientan en la toma de decisiones y la resolución de problemas. Decía Rabindranath Tagore que «el hombre se adentra en la multitud por ahogar el clamor de su propio silencio». La obsesión por el ruido, ciertamente, parece dominarlo todo: «los teléfonos zumban, los altavoces retumban y los vehículos rugen, formando una amalgama estridente que se aferra a nuestra conciencia». Y así sucede que, en esta obsesión por el alboroto, nos hemos vuelto adictos a la disipación, olvidando que lo bueno, y lo mejor, crece en el silencio.
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