Que la vertiente artística de Hylnur Pálmason –canalizada en una exposición acogida por el centro cultural donostiarra de Tabakalera– coincidiera temporalmente con su paso por el Festival de San Sebastián para la presentación de su película «El amor que permanece», no es en absoluto un ejercicio intervenido de manera exclusiva por el azar. Ocurre que en la obra del cineasta, ni el tiempo ni el espacio parecen identificarse con un marco narrativo diferenciado, sino una suerte de presencia física materializada que obliga a agudizar los sentidos para ver escuchar, oler, una vida tangible que trasciende lo humano, intervenida por las estaciones, los parajes y el clima extremo de Islandia.. El también autor de la aclamada «Godland» –esa imponente historia protagonizada por un joven sacerdote danés de finales del siglo XIX que llega a Islandia con la misión de construir una iglesia y fotografiar a sus habitantes– privilegia grandes cantidades de plasticidad en todas las imágenes que componen el tipo de cine que propone. Tanto, que resulta complicado contemplar su última propuesta cinematográfica, la mencionada «El amor que permanece», sin tener la sensación de estar contemplando una videoinstalación en lugar de una película.. «Cuando trabajo me permito que las ideas y las cosas decidan por sí mismas lo que quieren ser». Hlynur Pálmason. «Normalmente cuando trabajo me permito que las ideas y las cosas decidan por sí mismas lo que quieren ser. Dejo que las ideas marquen la creación. A veces siento que existe una narrativa, y si es el caso, se convierten en largometrajes o instalaciones de vídeo. En otras ocasiones, se quedan en imágenes u objetos y se convierten en pinturas o esculturas. Y a veces estas instalaciones y esculturas hablan con la película y viceversa. Es decir, se comen la una a la otra. Pero otras veces compiten entre ellas. Y eso me gusta, que estén de la mano las unas con las otras, porque eso provoca que la gente se sorprenda», compartía en entrevista con este periódico en el marco de la última edición del certamen. La familia que protagoniza la cinta, conformada por una pareja heterosexual (ella artista de «landart» que trabaja creando obras con óxido, él pescador) con tres hijos que decide separarse, transita a lo largo de todo un año por las distintas emociones que cada miembro va experimentando ante el acuerdo parental tomado mientras el transcurso de las estaciones compartimenta estéticamente de una manera muy poética el curso de la vida y del tiempo.. Usar lo que tenemos. Cuando preguntamos a Pálmason por los niveles de adecuación de esa representación tan íntima que hace de la familia islandesa promedio, el director confirma: «Creo que hay ciertas cosas que son un poco típicas de una familia islandesa, desde luego. Suelen tener hijos muy temprano por ejemplo y es bastante habitual que ambos trabajen. Creo que tenemos más artistas en Islandia que carpinteros».. Y prosigue: «Siento que todo lo que hago, todo lo que creo, no es privado, pero desde luego sí es personal. Esta es una película que no va sobre mí y mi esposa, pero tal vez contiene cosas de nuestros orígenes. Habla de donde vengo, de nuestro paisaje, nuestro entorno. No hacemos grandes proyectos como cinematógrafos, así que tengo que usar lo que tengo. Si tengo un coche, uso mi coche. Si tengo gallinas, uso mis gallinas. Usamos mucha gente y objetos que nos resultan familiares, porque yo hago películas en mi ciudad y en los alrededores. A menudo mis hijos, que participan con su energía en algunos rodajes, leen los guiones y me dicen abiertamente que lo encuentran absurdo. Al final uno siempre tiene la sensación de que todo queda en casa», se despide.
En «El amor que permanece», Hlynur Pálmason explora los misterios naturales del paisaje nórdico mediante las complejidades de las dinámicas familiares
Que la vertiente artística de Hylnur Pálmason –canalizada en una exposición acogida por el centro cultural donostiarra de Tabakalera– coincidiera temporalmente con su paso por el Festival de San Sebastián para la presentación de su película «El amor que permanece», no es en absoluto un ejercicio intervenido de manera exclusiva por el azar. Ocurre que en la obra del cineasta, ni el tiempo ni el espacio parecen identificarse con un marco narrativo diferenciado, sino una suerte de presencia física materializada que obliga a agudizar los sentidos para ver escuchar, oler, una vida tangible que trasciende lo humano, intervenida por las estaciones, los parajes y el clima extremo de Islandia.. El también autor de la aclamada «Godland» –esa imponente historia protagonizada por un joven sacerdote danés de finales del siglo XIX que llega a Islandia con la misión de construir una iglesia y fotografiar a sus habitantes– privilegia grandes cantidades de plasticidad en todas las imágenes que componen el tipo de cine que propone. Tanto, que resulta complicado contemplar su última propuesta cinematográfica, la mencionada «El amor que permanece», sin tener la sensación de estar contemplando una videoinstalación en lugar de una película.. «Cuando trabajo me permito que las ideas y las cosas decidan por sí mismas lo que quieren ser». «Normalmente cuando trabajo me permito que las ideas y las cosas decidan por sí mismas lo que quieren ser. Dejo que las ideas marquen la creación. A veces siento que existe una narrativa, y si es el caso, se convierten en largometrajes o instalaciones de vídeo. En otras ocasiones, se quedan en imágenes u objetos y se convierten en pinturas o esculturas. Y a veces estas instalaciones y esculturas hablan con la película y viceversa. Es decir, se comen la una a la otra. Pero otras veces compiten entre ellas. Y eso me gusta, que estén de la mano las unas con las otras, porque eso provoca que la gente se sorprenda», compartía en entrevista con este periódico en el marco de la última edición del certamen. La familia que protagoniza la cinta, conformada por una pareja heterosexual (ella artista de «landart» que trabaja creando obras con óxido, él pescador) con tres hijos que decide separarse, transita a lo largo de todo un año por las distintas emociones que cada miembro va experimentando ante el acuerdo parental tomado mientras el transcurso de las estaciones compartimenta estéticamente de una manera muy poética el curso de la vida y del tiempo.. Cuando preguntamos a Pálmason por los niveles de adecuación de esa representación tan íntima que hace de la familia islandesa promedio, el director confirma: «Creo que hay ciertas cosas que son un poco típicas de una familia islandesa, desde luego. Suelen tener hijos muy temprano por ejemplo y es bastante habitual que ambos trabajen. Creo que tenemos más artistas en Islandia que carpinteros».. Y prosigue: «Siento que todo lo que hago, todo lo que creo, no es privado, pero desde luego sí es personal. Esta es una película que no va sobre mí y mi esposa, pero tal vez contiene cosas de nuestros orígenes. Habla de donde vengo, de nuestro paisaje, nuestro entorno. No hacemos grandes proyectos como cinematógrafos, así que tengo que usar lo que tengo. Si tengo un coche, uso mi coche. Si tengo gallinas, uso mis gallinas. Usamos mucha gente y objetos que nos resultan familiares, porque yo hago películas en mi ciudad y en los alrededores. A menudo mis hijos, que participan con su energía en algunos rodajes, leen los guiones y me dicen abiertamente que lo encuentran absurdo. Al final uno siempre tiene la sensación de que todo queda en casa», se despide.
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