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  Internacional  EE UU y China se juegan el dominio del siglo XXI
Internacional

EE UU y China se juegan el dominio del siglo XXI

10 de mayo de 2026
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Dentro de seis días, Donald Trump aterriza en Pekín con una delegación empresarial reducida y con el peso de un treinta y seis por ciento de aprobación doméstica que convierte este viaje en algo más que diplomacia de alto nivel, es una necesidad política interna. Xi Jinping lo recibirá con la pompa que corresponde a la ocasión, con la serenidad calculada del hombre que sabe que el tiempo juega a su favor y con una agenda que no es la misma que la de su interlocutor. Lo que está en juego en esos dos días de Pekín no es un acuerdo comercial ni una foto; es la arquitectura del siglo que viene.. Conviene no dejarse engañar por el lenguaje de la détente que ambas cancillerías han cultivado desde la cumbre de Busan de octubre pasado. La tregua existe —los aranceles han bajado desde los niveles de guerra abierta de la primavera de 2025, cuando Washington llegó a imponer el 145 por ciento sobre las importaciones chinas— pero la tregua no es la paz. Es un paréntesis tácticamente conveniente para los dos. Trump necesita victorias domésticas: soja, aviones Boeing, un papel en el fin de la crisis del estrecho de Ormuz que sus propias decisiones contribuyeron a desencadenar.. Xi necesita tiempo: tiempo para cerrar brechas tecnológicas, tiempo para consolidar posiciones de poder que serán muy difíciles de reabrir una vez logradas, tiempo para que la narrativa de «China como actor estabilizador global» frente a un Occidente errático cale en el Sur Global. Son dos calendarios distintos con un punto de tangencia coyuntural que ambos lados han decidido, con sensatez, no desperdiciar.. Economías interconectadas. La naturaleza de esta rivalidad es lo que la hace tan difícil de analizar con las categorías del siglo pasado. No es la Guerra Fría, porque las economías están demasiado interconectadas para permitirse el lujo del bloqueo total: China compra veinticinco millones de toneladas de soja americana al año, opera en los mercados de capitales occidentales y tiene sus reservas parcialmente denominadas en dólares y es un importante detentador de deuda soberana estadounidense.. No es tampoco la trampa de Tucídides en su formulación más automática según la expone Graham T. Allison, porque ninguna de las dos potencias desea la guerra —ambas tienen demasiado que perder— y los mecanismos de crisis management, por frágiles que sean, siguen operativos, salvo que China invada Taiwán. La actual encrucijada es algo distinto, más sofisticado y en muchos sentidos más peligroso: una rivalidad sistémica entre un poder establecido y un poder ascendente con modelos políticos e ideológicos incompatibles, que se libra simultáneamente en docenas de frentes sin que ninguno sea determinante por sí solo.. Esos frentes son los que he venido identificando como las «guerras de temperatura variable» del siglo XXI: conflictos que no producen declaraciones de guerra, pero que condicionan batalla silenciosa tras batalla silenciosa, quién dominará la economía global, quién será el que encabece las distintas guerras científica, industrial, de I+D, de IA o de cualquier otro campo de batalla tecnológico. Esta competencia a cara de perro determinará quién dicte las reglas del orden internacional. El más inmediato y brutal de todos es el de los semiconductores.. Taiwán produce el noventa por ciento de los chips avanzados del planeta. El noventa por ciento. La isla que Pekín reivindica como provincia rebelde es, simultáneamente, el nodo más crítico de la economía tecnológica global y el símbolo más cargado de las ambiciones de reunificación del Partido Comunista. Esta superposición de lo económico, lo militar y lo identitario convierte a Taiwán en el punto de máxima tensión de la relación bilateral en cualquier horizonte de análisis. Para Washington, la defensa de la autonomía de facto de Taipéi es una obligación legal —la Taiwan Relations Act de 1979— y un imperativo estratégico que de ser ignorado o eliminado, desencadenaría una crisis de credibilidad en todo el sistema de alianzas globales con los EE UU. Para Pekín, la reunificación es un objetivo no negociable, calificado internamente como condición sine qua non del «rejuvenecimiento de la nación china». Esta incompatibilidad no tiene solución negociada. Solo se puede gestionar.. La gestión, sin embargo, es cada vez más compleja. El enfoque transaccional de Trump sobre Taiwán —que ha cuestionado públicamente el nivel del compromiso norteamericano en función de la disposición de Taipéi a pagar por su propia defensa— ha introducido una variable de ambigüedad que Pekín explota con maestría y que inquieta profundamente a los aliados de la región. Cualquier señal de debilidad en el cálculo de disuasión es potencialmente desestabilizadora. Y aquí radica el mayor riesgo estratégico del momento presente: que la lógica puramente transaccional de Trump —que percibe a Xi como alguien con quien se puede cerrar acuerdos— lleve a Washington a levantar el pie del acelerador de la competencia estratégica en los sectores verdaderamente críticos, permitiendo a Pekín cerrar brechas que serán muy difíciles de reabrir.. El control sobre las tierras raras. El arma de coerción más inmediata, y la más subestimada por los análisis occidentales convencionales, no son los misiles hipersónicos ni los buques de guerra —que los hay, y en número creciente. Es el control chino sobre las tierras raras. China controla entre el 75% y el 80% de la producción mundial de estos elementos y la práctica totalidad (95%) de su capacidad de refinado. Sin disprosio, terbio y neodimio no hay motores para aviones de combate, no hay sistemas de guía de misiles, no hay baterías para vehículos eléctricos, no hay electrónica de consumo avanzada. C. uando Pekín aplicó restricciones sobre materiales de doble uso dirigidas a Japón en enero de este año —represalia por declaraciones del gobierno Takaichi sobre Taiwán— el mensaje fue cristalino: la coerción económica tiene nombre, apellidos y número de elemento en la tabla periódica. Que Occidente lleve una década sabiendo esto y siga sin haber construido capacidad alternativa de refinado en suelo aliado es, sencillamente, un disparate estratégico.. En el plano tecnológico más amplio, la carrera se libra simultáneamente en inteligencia artificial, computación cuántica y biotecnología. En IA, EE UU mantiene ventaja en modelos de frontera y en la arquitectura de chips —los proveedores de nube norteamericanos proyectan invertir seiscientos mil millones de dólares en infraestructura de IA en 2026— pero China está cerrando la brecha a una velocidad que los propios analistas de Harvard describen como alarmante.. DeepSeek ha demostrado capacidad de competir con algunos modelos occidentales con una fracción de los recursos computacionales. En computación cuántica, la asimetría es nítida y reveladora: EE UU lidera en potencia de cálculo bruta —Google Willow, IBM Nighthawk— China domina en comunicaciones cuánticas, operando la única red de distribución de claves cuánticas a escala continental del planeta, apoyada en satélites propios. Una apuesta por la espada ofensiva; la otra, por el escudo inexpugnable.. Pekín acerela sus capacidades domésticas. La paradoja del embargo o restricciones tecnológicas —a subrayar, porque define la era— es que las restricciones de exportación norteamericanas sobre chips avanzados han empujado a China a acelerar sus propias capacidades domésticas con una urgencia que no habría tenido de otro modo. Pekín llevaba años declarando la autosuficiencia tecnológica como objetivo nacional prioritario; los controles de exportación han convertido esa declaración en emergencia existencial.. Hay quienes argumentan, con cierta lógica, que la política del «jardín pequeño, valla alta» —restricciones selectivas sobre las tecnologías verdaderamente críticas, en lugar del bloqueo indiscriminado— es la única apuesta razonable para preservar la ventaja norteamericana. La condición es que se mantenga con constancia y en plena coordinación con los aliados europeos y asiáticos. Precisamente lo que el unilateralismo de Trump ha erosionado.. Porque el mayor activo estratégico de Washington no es tecnológico ni económico: es su red de alianzas. La constelación de aliados democráticos —OTAN, AUKUS, QUAD, FIVE EYES, alianzas bilaterales con Japón, Corea del Sur, Australia, Filipinas— cuya suma de poder militar, económico y tecnológico excede con creces cualquier coalición alternativa que Pekín pueda articular. China carece de aliados reales. Tiene socios transaccionales.. Rusia, cuya dependencia de Pekín crece a medida que las sanciones la empujan hacia la órbita china; Irán, cuya política energética Beijing financia en buena medida, pero no tiene el cemento de valores compartidos que hace que las alianzas aguanten bajo presión. El mayor riesgo para este activo irrepetible no proviene de China, sino de Washington mismo: de los aranceles indiscriminados contra aliados europeos y asiáticos, de las dudas sobre el que fuera un compromiso inquebrantable con la OTAN o la percepción de que la política exterior norteamericana subordina hoy las alianzas a las transacciones.. Un acuerdo limitado. Lo que Trump y Xi decidan en Pekín el 14 y 15 de mayo no transformará ninguna de estas realidades estructurales. Lo más probable —y lo que los analistas del Brookings Institution y del CSIS apuntan como resultado de base— es una extensión de la tregua comercial, un acuerdo limitado sobre compras agrícolas y aeronáuticas, algún lenguaje común sobre los riesgos de la inteligencia artificial y, si Pekín ha hecho bien su trabajo diplomático con Teherán, algún gesto sobre el Estrecho de Ormuz que Trump pueda vender como victoria ante su electorado. Lo que no habrá es solución sobre Taiwán, ni levantamiento real de los controles tecnológicos, ni acuerdo sobre las tierras raras que resuelva la vulnerabilidad occidental. La cumbre puede y debe producir estabilidad táctica. No puede producir transformación estratégica.. La rivalidad sino-americana es, en su formulación más honesta, una carrera que ninguna de las dos potencias puede permitirse perder. Para Washington, perderla significa el fin de la primacía global que ha estructurado el orden internacional desde 1945. Para Pekín, perderla significa renunciar al «proyecto de rejuvenecimiento» de la nación china que Xi Jinping ha comprometido en su propio legado histórico. Esta simetría de la apuesta existencial es, paradójicamente, un factor de estabilización a corto plazo —el coste de la derrota disuade la escalada catastrófica— y la razón más profunda por la que la rivalidad no terminará. Ninguna de las dos potencias tiene umbral de tolerancia para la acomodación final.. En ese escenario de rivalidad estructural permanente, ningún país —y desde luego ningún aliado europeo— puede permitirse la ilusión de la equidistancia. La neutralidad entre un sistema político liberal-democrático y una dictadura de partido único que aspira a redefinir el orden internacional en términos favorables a su modelo de gobernanza, no es una posición de principios. Es una abdicación estratégica. Y las abdicaciones estratégicas, en la historia, siempre las pagan quienes llegan tarde a comprender que el tablero ya estaba definido sin ellos.

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Es un paréntesis tácticamente conveniente para los dos. Trump necesita victorias domésticas: soja, aviones Boeing, un papel en el fin de la crisis del estrecho de Ormuz que sus propias decisiones contribuyeron a desencadenar.. Xi necesita tiempo: tiempo para cerrar brechas tecnológicas, tiempo para consolidar posiciones de poder que serán muy difíciles de reabrir una vez logradas, tiempo para que la narrativa de «China como actor estabilizador global» frente a un Occidente errático cale en el Sur Global. Son dos calendarios distintos con un punto de tangencia coyuntural que ambos lados han decidido, con sensatez, no desperdiciar.. Economías interconectadas. La naturaleza de esta rivalidad es lo que la hace tan difícil de analizar con las categorías del siglo pasado. No es la Guerra Fría, porque las economías están demasiado interconectadas para permitirse el lujo del bloqueo total: China compra veinticinco millones de toneladas de soja americana al año, opera en los mercados de capitales occidentales y tiene sus reservas parcialmente denominadas en dólares y es un importante detentador de deuda soberana estadounidense.. No es tampoco la trampa de Tucídides en su formulación más automática según la expone Graham T. Allison, porque ninguna de las dos potencias desea la guerra —ambas tienen demasiado que perder— y los mecanismos de crisis management, por frágiles que sean, siguen operativos, salvo que China invada Taiwán. La actual encrucijada es algo distinto, más sofisticado y en muchos sentidos más peligroso: una rivalidad sistémica entre un poder establecido y un poder ascendente con modelos políticos e ideológicos incompatibles, que se libra simultáneamente en docenas de frentes sin que ninguno sea determinante por sí solo.. Esos frentes son los que he venido identificando como las «guerras de temperatura variable» del siglo XXI: conflictos que no producen declaraciones de guerra, pero que condicionan batalla silenciosa tras batalla silenciosa, quién dominará la economía global, quién será el que encabece las distintas guerras científica, industrial, de I+D, de IA o de cualquier otro campo de batalla tecnológico. Esta competencia a cara de perro determinará quién dicte las reglas del orden internacional. El más inmediato y brutal de todos es el de los semiconductores.. Taiwán produce el noventa por ciento de los chips avanzados del planeta. El noventa por ciento. La isla que Pekín reivindica como provincia rebelde es, simultáneamente, el nodo más crítico de la economía tecnológica global y el símbolo más cargado de las ambiciones de reunificación del Partido Comunista. Esta superposición de lo económico, lo militar y lo identitario convierte a Taiwán en el punto de máxima tensión de la relación bilateral en cualquier horizonte de análisis. Para Washington, la defensa de la autonomía de facto de Taipéi es una obligación legal —la Taiwan Relations Act de 1979— y un imperativo estratégico que de ser ignorado o eliminado, desencadenaría una crisis de credibilidad en todo el sistema de alianzas globales con los EE UU. Para Pekín, la reunificación es un objetivo no negociable, calificado internamente como condición sine qua non del «rejuvenecimiento de la nación china». Esta incompatibilidad no tiene solución negociada. Solo se puede gestionar.. La gestión, sin embargo, es cada vez más compleja. El enfoque transaccional de Trump sobre Taiwán —que ha cuestionado públicamente el nivel del compromiso norteamericano en función de la disposición de Taipéi a pagar por su propia defensa— ha introducido una variable de ambigüedad que Pekín explota con maestría y que inquieta profundamente a los aliados de la región. Cualquier señal de debilidad en el cálculo de disuasión es potencialmente desestabilizadora. Y aquí radica el mayor riesgo estratégico del momento presente: que la lógica puramente transaccional de Trump —que percibe a Xi como alguien con quien se puede cerrar acuerdos— lleve a Washington a levantar el pie del acelerador de la competencia estratégica en los sectores verdaderamente críticos, permitiendo a Pekín cerrar brechas que serán muy difíciles de reabrir.. El control sobre las tierras raras. El arma de coerción más inmediata, y la más subestimada por los análisis occidentales convencionales, no son los misiles hipersónicos ni los buques de guerra —que los hay, y en número creciente. Es el control chino sobre las tierras raras. China controla entre el 75% y el 80% de la producción mundial de estos elementos y la práctica totalidad (95%) de su capacidad de refinado. Sin disprosio, terbio y neodimio no hay motores para aviones de combate, no hay sistemas de guía de misiles, no hay baterías para vehículos eléctricos, no hay electrónica de consumo avanzada. C. uando Pekín aplicó restricciones sobre materiales de doble uso dirigidas a Japón en enero de este año —represalia por declaraciones del gobierno Takaichi sobre Taiwán— el mensaje fue cristalino: la coerción económica tiene nombre, apellidos y número de elemento en la tabla periódica. Que Occidente lleve una década sabiendo esto y siga sin haber construido capacidad alternativa de refinado en suelo aliado es, sencillamente, un disparate estratégico.. En el plano tecnológico más amplio, la carrera se libra simultáneamente en inteligencia artificial, computación cuántica y biotecnología. En IA, EE UU mantiene ventaja en modelos de frontera y en la arquitectura de chips —los proveedores de nube norteamericanos proyectan invertir seiscientos mil millones de dólares en infraestructura de IA en 2026— pero China está cerrando la brecha a una velocidad que los propios analistas de Harvard describen como alarmante.. DeepSeek ha demostrado capacidad de competir con algunos modelos occidentales con una fracción de los recursos computacionales. 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Hay quienes argumentan, con cierta lógica, que la política del «jardín pequeño, valla alta» —restricciones selectivas sobre las tecnologías verdaderamente críticas, en lugar del bloqueo indiscriminado— es la única apuesta razonable para preservar la ventaja norteamericana. La condición es que se mantenga con constancia y en plena coordinación con los aliados europeos y asiáticos. Precisamente lo que el unilateralismo de Trump ha erosionado.. Porque el mayor activo estratégico de Washington no es tecnológico ni económico: es su red de alianzas. La constelación de aliados democráticos —OTAN, AUKUS, QUAD, FIVE EYES, alianzas bilaterales con Japón, Corea del Sur, Australia, Filipinas— cuya suma de poder militar, económico y tecnológico excede con creces cualquier coalición alternativa que Pekín pueda articular. China carece de aliados reales. Tiene socios transaccionales.. Rusia, cuya dependencia de Pekín crece a medida que las sanciones la empujan hacia la órbita china; Irán, cuya política energética Beijing financia en buena medida, pero no tiene el cemento de valores compartidos que hace que las alianzas aguanten bajo presión. El mayor riesgo para este activo irrepetible no proviene de China, sino de Washington mismo: de los aranceles indiscriminados contra aliados europeos y asiáticos, de las dudas sobre el que fuera un compromiso inquebrantable con la OTAN o la percepción de que la política exterior norteamericana subordina hoy las alianzas a las transacciones.. Un acuerdo limitado. Lo que Trump y Xi decidan en Pekín el 14 y 15 de mayo no transformará ninguna de estas realidades estructurales. 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