Eugenio Alés habría cumplido 91 años este próximo 14 de febrero. El día de los enamorados, aunque él siempre decía, con esa ironía tan suya, que aquello no era más que «un invento de El Corte Inglés”. Mi padre era un cinéfilo apasionado. La primera vez que vi «Big Fish» no pude evitar pensar en él. No porque exagerara sus historias, sino porque las repetía con la sabiduría de quien sabe que algunas vivencias merecen ser contadas una y otra vez. Así tituló sus memorias: «Recuerdos y vivencias». A mí nunca me molestó escucharlas. Como dice la cita, los recuerdos de bronce se vuelven dorados con el tiempo. Este que voy a resumir es, sin duda, un recuerdo de oro de muchos quilates. Es la historia de la abolición de la pena de muerte en la Constitución de 1978 y de la implicación de mi padre en una batalla constitucional que fue mucho más allá de un artículo. El artículo en cuestión es el 15 de nuestra Constitución, que consagra el derecho a la vida y estableció la abolición de la pena de muerte, salvo lo que pudieran disponer las leyes penales militares para tiempos de guerra. Hoy puede parecer una cuestión cerrada. No lo era entonces.. En 1978 España salía de una dictadura y discutía su marco moral fundacional. Europa tampoco estaba completamente alineada: Francia aboliría definitivamente la pena de muerte en 1981; el Reino Unido había suspendido las ejecuciones en los años sesenta, aunque el proceso abolicionista fue gradual. La cuestión no era técnica, era civilizatoria. Aquella discusión fue una auténtica batalla constitucional, según consta en sus memorias. Y mi padre desempeñó en ella un papel activo y comprometido.. Uno de los momentos más delicados fue la introducción del concepto de nasciturus en el debate. Aquello abría inevitablemente la puerta al debate constitucional sobre el aborto. Fue una jugada arriesgada y profundamente ideológica, que hoy estaría aún más cargada de polémica. Para que la enmienda pudiera acceder al debate constitucional necesitaba la firma del. portavoz del grupo. Tras intensas gestiones, logró convencer a José Pedro Pérez Llorca con un argumento que hoy resulta casi premonitorio: “Pero, hombre, si hemos metido en la Constitución hasta la protección del medio ambiente, ¿cómo no vamos a introducir la protección de la vida del ser humano?”.. En 1978 la protección ambiental era todavía una novedad constitucional. Hoy es uno de los grandes ejes de nuestra conciencia colectiva. Aquella comparación situaba el derecho. a la vida en el centro del nuevo orden moral que España estaba construyendo. Dentro de UCD hubo tensión real. Discusión intensa. Argumentos cruzados. No era una maquinaria que votara en bloque sin pensar. Había conciencia individual y posiciones diferentes. Convencer a los propios fue casi tan complejo como negociar con la oposición.. Su posición, desde el Partido Liberal dentro de UCD, le situaba en un espacio propio, alejado de posiciones más conservadoras. Pero tampoco coincidía plenamente con la izquierda. El PSOE, aun siendo abolicionista, se resistía a cualquier redacción que pudiera dejar resquicios ambiguos. El clima político se cargó de intensidad. Se pidió un receso para deliberar. El texto salió adelante con la fórmula que incluía la excepción relativa a las leyes militares en tiempo de guerra.. La Constitución mantuvo esa excepción en el ámbito militar. Sin embargo, años después, la pena de muerte fue suprimida del Código Penal Militar mediante reforma legislativa, de modo que la abolición quedó plenamente consolidada sin necesidad de modificar el texto constitucional.. La abolición de la pena de muerte no fue para él una anécdota parlamentaria. Fue una cuestión de principios. Una de esas decisiones que definen a una generación. Fue, verdaderamente, una cuestión de vida o muerte en aquella España constituyente en la que se decidió qué tipo de país queríamos ser.. En el plano personal, recuerdo que Rafael, su Secretario en el despacho, fue casi un niñero para mis hermanos y para mí durante nuestra infancia. Siempre nos recuerda lo que económicamente perdió mi padre por entrar en política. Él no entendía la política como una carrera; la entendía como una responsabilidad moral. Usando otra cita cinematográfica, en palabras de Meryl Streep en «La dama de hierro»: “Cuidar de la carrera propia no es liderazgo; liderazgo es hacer lo correcto, aunque no sea popular”. No siempre ocurre así hoy. En tiempos en los que el ruido político se impone al argumento y la confrontación sustituye al diálogo, conviene recordar que hubo una generación que discutió con dureza, pero con la mirada puesta en el país que querían construir.. Mi padre murió con solo 69 años. Pero su recuerdo sigue vivo en nosotros y en su Triana del alma, donde una plaza lleva su nombre muy cerca de la casa que lo vio nacer. Muchos pasan por allí sin saber quién fue el diputado Eugenio Alés ni qué defendió. “Cuando pierdas, no pierdas la lección”, reza el dicho. Nosotros perdimos demasiado pronto a mi padre. Pero esta, sin duda, fue una lección inolvidable.
«La abolición de la pena de muerte no fue para él una anécdota parlamentaria. Fue una cuestión de principios. Una de esas decisiones que definen a una generación»
Eugenio Alés habría cumplido 91 años este próximo 14 de febrero. El día de los enamorados, aunque él siempre decía, con esa ironía tan suya, que aquello no era más que «un invento de El Corte Inglés”. Mi padre era un cinéfilo apasionado. La primera vez que vi «Big Fish» no pude evitar pensar en él. No porque exagerara sus historias, sino porque las repetía con la sabiduría de quien sabe que algunas vivencias merecen ser contadas una y otra vez. Así tituló sus memorias: «Recuerdos y vivencias». A mí nunca me molestó escucharlas. Como dice la cita, los recuerdos de bronce se vuelven dorados con el tiempo. Este que voy a resumir es, sin duda, un recuerdo de oro de muchos quilates. Es la historia de la abolición de la pena de muerte en la Constitución de 1978 y de la implicación de mi padre en una batalla constitucional que fue mucho más allá de un artículo. El artículo en cuestión es el 15 de nuestra Constitución, que consagra el derecho a la vida y estableció la abolición de la pena de muerte, salvo lo que pudieran disponer las leyes penales militares para tiempos de guerra. Hoy puede parecer una cuestión cerrada. No lo era entonces.. En 1978 España salía de una dictadura y discutía su marco moral fundacional. Europa tampoco estaba completamente alineada: Francia aboliría definitivamente la pena de muerte en 1981; el Reino Unido había suspendido las ejecuciones en los años sesenta, aunque el proceso abolicionista fue gradual. La cuestión no era técnica, era civilizatoria. Aquella discusión fue una auténtica batalla constitucional, según consta en sus memorias. Y mi padre desempeñó en ella un papel activo y comprometido.. Uno de los momentos más delicados fue la introducción del concepto de nasciturus en el debate. Aquello abría inevitablemente la puerta al debate constitucional sobre el aborto. Fue una jugada arriesgada y profundamente ideológica, que hoy estaría aún más cargada de polémica. Para que la enmienda pudiera acceder al debate constitucional necesitaba la firma del. portavoz del grupo. Tras intensas gestiones, logró convencer a José Pedro Pérez Llorca con un argumento que hoy resulta casi premonitorio: “Pero, hombre, si hemos metido en la Constitución hasta la protección del medio ambiente, ¿cómo no vamos a introducir la protección de la vida del ser humano?”.. En 1978 la protección ambiental era todavía una novedad constitucional. Hoy es uno de los grandes ejes de nuestra conciencia colectiva. Aquella comparación situaba el derecho. a la vida en el centro del nuevo orden moral que España estaba construyendo. Dentro de UCD hubo tensión real. Discusión intensa. Argumentos cruzados. No era una maquinaria que votara en bloque sin pensar. Había conciencia individual y posiciones diferentes. Convencer a los propios fue casi tan complejo como negociar con la oposición.. Su posición, desde el Partido Liberal dentro de UCD, le situaba en un espacio propio, alejado de posiciones más conservadoras. Pero tampoco coincidía plenamente con la izquierda. El PSOE, aun siendo abolicionista, se resistía a cualquier redacción que pudiera dejar resquicios ambiguos. El clima político se cargó de intensidad. Se pidió un receso para deliberar. El texto salió adelante con la fórmula que incluía la excepción relativa a las leyes militares en tiempo de guerra.. La Constitución mantuvo esa excepción en el ámbito militar. Sin embargo, años después, la pena de muerte fue suprimida del Código Penal Militar mediante reforma legislativa, de modo que la abolición quedó plenamente consolidada sin necesidad de modificar el texto constitucional.. La abolición de la pena de muerte no fue para él una anécdota parlamentaria. Fue una cuestión de principios. Una de esas decisiones que definen a una generación. Fue, verdaderamente, una cuestión de vida o muerte en aquella España constituyente en la que se decidió qué tipo de país queríamos ser.. En el plano personal, recuerdo que Rafael, su Secretario en el despacho, fue casi un niñero para mis hermanos y para mí durante nuestra infancia. Siempre nos recuerda lo que económicamente perdió mi padre por entrar en política. Él no entendía la política como una carrera; la entendía como una responsabilidad moral. Usando otra cita cinematográfica, en palabras de Meryl Streep en «La dama de hierro»: “Cuidar de la carrera propia no es liderazgo; liderazgo es hacer lo correcto, aunque no sea popular”. No siempre ocurre así hoy. En tiempos en los que el ruido político se impone al argumento y la confrontación sustituye al diálogo, conviene recordar que hubo una generación que discutió con dureza, pero con la mirada puesta en el país que querían construir.. Mi padre murió con solo 69 años. Pero su recuerdo sigue vivo en nosotros y en su Triana del alma, donde una plaza lleva su nombre muy cerca de la casa que lo vio nacer. Muchos pasan por allí sin saber quién fue el diputado Eugenio Alés ni qué defendió. “Cuando pierdas, no pierdas la lección”, reza el dicho. Nosotros perdimos demasiado pronto a mi padre. Pero esta, sin duda, fue una lección inolvidable.
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