Últimamente me ha dado por defender lo viejo frente a lo nuevo. A veces ocurre con las viejas recetas de los pensadores de siempre, desde la Academia de Atenas a la Estoa antigua y muchas otras tradiciones sapienciales de Occidente a Oriente, que son bien aplicables hoy y que, además, suelen explicarse de forma sencilla y no alambicada: a menudo a través de un vademécum, máxima o reflexión sucinta. Ocurre con Epicuro, de quien tanto hemos perdido y a quien se atribuía una famosa cuádruple receta o «tetrafármaco», a modo de breve epítome de su filosofía para la felicidad. En un papiro de Herculano hay un resumen anónimo de ello: (1.) “No temas a los dioses. (2.) No te preocupes por la muerte. (3.) Lo que es bueno es fácil de conseguir. (4.) Lo que es terrible es fácil de soportar.” Estas cuatro reglas las recogen también las cuatro primeras sentencias de las llamadas “Doctrinas principales”, un resumen de la filosofía de Epicuro que transmite Diógenes Laercio en sus “Vidas y opiniones de filósofos ilustres” (X.139-140). Reza así su formulación, según la edición y comentario de Giovanni Reale, de hace ya veinte años: “(I.) El ser feliz e incorruptible no tiene preocupaciones ni las causa a otro, de modo que no está poseído por iras ni por agradecimientos. Pues todas las cosas de este tipo se dan sólo en el ser débil. (II.) La muerte no es nada para nosotros: pues lo que se ha disuelto no posee sensación y lo carente de sensación no es nada para nosotros. (III.) El límite de la grandeza de los placeres es la eliminación de todo dolor. Siempre que esté presente placer, durante el tiempo que exista, no hay ni dolor ni pena ni la mezcla de las dos cosas. (IV.) El dolor continuo no se prolonga en la carne, sino que el más agudo se prolonga por un tiempo mínimo, y el que supera solo apenas lo placentero de la carne, no dura muchos días. Las enfermedades muy duraderas, en cambio, le dan a la carne más cantidad de placer que de dolor.” O sea que, en primer lugar, la divinidad no es de temer, pues no hay dioses que castiguen y estén pendientes del ser humano: los dioses han de ser felices y estar totalmente ajenos a nosotros, siendo inmunes a las plegarias o no reaccionando a la venganza. En segundo lugar, no hay que tener miedo a la muerte, porque no sentiremos nada tras ella, como insensible disolución de átomos que no admite sensación posterior. En tercer lugar, el bien y el placer para una vida buena o feliz (eudaimonía – eu zen) son fáciles de conseguir; es decir, es sencillo tener una buena vida alternando los bienes frugales que están al alcance de la mano y el control de nuestros deseos, restringiéndolos a lo necesario. En cuarto lugar, el mal y el sufrimiento son fáciles de mitigar y se puede soportar el dolor de forma sencilla, modulando el umbral de este, ya que nunca un sufrimiento intenso se prolonga en el tiempo y, cuando un dolor es largo, al final, uno se puede terminar por aco
Hace 23 siglos, el filósofo griego enunció su «tetrafármaco» para la felicidad en cuatro normas: en tiempos de autoayuda, sus palabras resplandecen
Últimamente me ha dado por defender lo viejo frente a lo nuevo. A veces ocurre con las viejas recetas de los pensadores de siempre, desde la Academia de Atenas a la Estoa antigua y muchas otras tradiciones sapienciales de Occidente a Oriente, que son bien aplicables hoy y que, además, suelen explicarse de forma sencilla y no alambicada: a menudo a través de un vademécum, máxima o reflexión sucinta. Ocurre con Epicuro, de quien tanto hemos perdido y a quien se atribuía una famosa cuádruple receta o «tetrafármaco», a modo de breve epítome de su filosofía para la felicidad. En un papiro de Herculano hay un resumen anónimo de ello: (1.) “No temas a los dioses. (2.) No te preocupes por la muerte. (3.) Lo que es bueno es fácil de conseguir. (4.) Lo que es terrible es fácil de soportar.” Estas cuatro reglas las recogen también las cuatro primeras sentencias de las llamadas “Doctrinas principales”, un resumen de la filosofía de Epicuro que transmite Diógenes Laercio en sus “Vidas y opiniones de filósofos ilustres” (X.139-140). Reza así su formulación, según la edición y comentario de Giovanni Reale, de hace ya veinte años:“(I.) El ser feliz e incorruptible no tiene preocupaciones ni las causa a otro, de modo que no está poseído por iras ni por agradecimientos. Pues todas las cosas de este tipo se dan sólo en el ser débil. (II.) La muerte no es nada para nosotros: pues lo que se ha disuelto no posee sensación y lo carente de sensación no es nada para nosotros. (III.) El límite de la grandeza de los placeres es la eliminación de todo dolor. Siempre que esté presente placer, durante el tiempo que exista, no hay ni dolor ni pena ni la mezcla de las dos cosas. (IV.) El dolor continuo no se prolonga en la carne, sino que el más agudo se prolonga por un tiempo mínimo, y el que supera solo apenas lo placentero de la carne, no dura muchos días. Las enfermedades muy duraderas, en cambio, le dan a la carne más cantidad de placer que de dolor.”O sea que, en primer lugar, la divinidad no es de temer, pues no hay dioses que castiguen y estén pendientes del ser humano: los dioses han de ser felices y estar totalmente ajenos a nosotros, siendo inmunes a las plegarias o no reaccionando a la venganza. En segundo lugar, no hay que tener miedo a la muerte, porque no sentiremos nada tras ella, como insensible disolución de átomos que no admite sensación posterior. En tercer lugar, el bien y el placer para una vida buena o feliz (eudaimonía – eu zen) son fáciles de conseguir; es decir, es sencillo tener una buena vida alternando los bienes frugales que están al alcance de la mano y el control de nuestros deseos, restringiéndolos a lo necesario. En cuarto lugar, el mal y el sufrimiento son fáciles de mitigar y se puede soportar el dolor de forma sencilla, modulando el umbral de este, ya que nunca un sufrimiento intenso se prolonga en el tiempo y, cuando un dolor es largo, al final, uno se puede terminar por acost
Noticias de cultura en La Razón
