Hay fechas que uno lleva encima sin mirarlas. Este miércoles, 13 de mayo, se cumplen cuatro años de la muerte de Teresa Berganza. No hace falta que alguien me lo recuerde.. El 18 de marzo de 2022 sonó mi móvil a las 21:42. En la pantalla, su nombre. Paré ‘El Padrino II’ -celebraba los cincuenta años del primero de la saga- y respondí nervioso, con ese miedo absurdo a dar mal a la tecla y perder la llamada: «Teresa…». Fue nuestra última conversación. Hacía más de un mes que no hablábamos, cuando durante los dos años anteriores lo habíamos hecho casi a diario.. La conocía de toda la vida. Muchos viernes coincidíamos a comer en Casa Cipri, aquel bareto de cuatro mesas en el que no había carta y el dueño nos cobraba lo que quería, escribiéndonos una cuenta ininteligible en el mantel de papel. Pero la primera vez que la escuché cantar fue en los Reales Alcázares de Sevilla, en 1972. Yo iba al cuartel por las mañanas y estudiaba piano por las tardes. Me quedé embobado. Aquellos Rossini y, sobre todo, los Händel, nunca podré olvidarlos. La frescura de su voz, las coloraturas impactantes, el fraseo inmaculado, su gracejo y ese encanto especial en el decir que siempre la acompañó.. Luego vinieron muchos años y muchas anécdotas. Una de las que más nos hizo reír: en el Mozarteum de Salzburgo, en su camerino tras un concierto, me echó la bronca porque me había visto mirar demasiado a Bartoli, mientras ella la observaba embelesada desde un palco. Yo estaba en la fila doce del patio de butacas y Teresa era capaz de controlarme desde el escenario. Increíble.. Durante los dos años de pandemia nos hicimos inseparables por teléfono. Yo le enviaba WhatsApp con enlaces a las retransmisiones del Met, Viena, Munich, y ella los veía en su iPhone -hubo que comprarle uno con la pantalla más grande-. Luego hablábamos y cortábamos el traje, sobre todo a las escenografías. Estaba indignada con los registas «originales». «Sigo pensando que el espectáculo de la ópera debe basarse, ante todo, en el respeto a la música que se escribió, al compositor y su obra», me repetía. Yo no podía estar más de acuerdo.. La última vez que la vi en plenitud fue el 22 de febrero de 2020, en el Horizontal, adonde había invitado también a Ruggero Raimondi y su esposa, Isabel Meier. Estaba contenta. Era la Teresa de siempre.. Después vino el deterioro. El linfoma, la cortisona, los días en que dormía treinta horas seguidas. Las caídas nocturnas -esguinces, moratones, dolores-. Su hija Cecilia me iba poniendo al tanto: «Se nos va apagando poco a poco». Y se apagó el 13 de mayo.. Sin hacer ruido. Antes de morir le dijo a su familia: «Quiero irme sin hacer ruido. No quiero anuncios públicos, ni velatorios, ni nada. Vine al mundo y no se enteró nadie, así que deseo lo mismo cuando me vaya». La familia respetó su voluntad. Yo, al escucharlo, supe que no era del todo sincera. Teresa nunca pudo disimular que le importaba su arte, su legado. Tenía toda la razón en que le importara.. Porque su legado es inmenso. Representante de la Generación del 51, marcó la interpretación operística del siglo XX con una musicalidad sin fisuras y una exigencia que rozaba lo místico. Rossini y Mozart fueron sus dioses tutelares, pero también Händel, Bizet, Falla, Toldrá, Granados. Su ‘Carmen’ junto a Abbado y Domingo sigue dejando sin aliento. Su Salud de ‘La vida breve’ de Falla, definitoria en dignidad y hondura. Sus registros de zarzuela con Ataúlfo Argenta, irrepetibles. Formada en piano, composición, órgano, violonchelo y música de cámara, definía el canto como «un árbol frondoso plantado en las orillas del río de la vida».. Cuatro años después, el árbol sigue en pie. El río sigue corriendo. Y su voz -la de los Reales Alcázares de 1972, la del Mozarteum de Salzburgo, la del teléfono a las 21:42 del 18 de marzo- sigue sonando para quien quiera escucharla.. De nuestro homenaje no te libras, Teresa. Te quiero y me alegra saber que reposas donde mi padre también quiso reposar, porque cada vez que paso por allí me acuerdo de lo grandes que fuisteis ambos.
Hay fechas que uno lleva encima sin mirarlas. No hace falta que alguien me lo recuerde
Hay fechas que uno lleva encima sin mirarlas. Este miércoles, 13 de mayo, se cumplen cuatro años de la muerte de Teresa Berganza. No hace falta que alguien me lo recuerde.. El 18 de marzo de 2022 sonó mi móvil a las 21:42. En la pantalla, su nombre. Paré ‘El Padrino II’ -celebraba los cincuenta años del primero de la saga- y respondí nervioso, con ese miedo absurdo a dar mal a la tecla y perder la llamada: «Teresa…». Fue nuestra última conversación. Hacía más de un mes que no hablábamos, cuando durante los dos años anteriores lo habíamos hecho casi a diario.. La conocía de toda la vida. Muchos viernes coincidíamos a comer en Casa Cipri, aquel bareto de cuatro mesas en el que no había carta y el dueño nos cobraba lo que quería, escribiéndonos una cuenta ininteligible en el mantel de papel. Pero la primera vez que la escuché cantar fue en los Reales Alcázares de Sevilla, en 1972. Yo iba al cuartel por las mañanas y estudiaba piano por las tardes. Me quedé embobado. Aquellos Rossini y, sobre todo, los Händel, nunca podré olvidarlos. La frescura de su voz, las coloraturas impactantes, el fraseo inmaculado, su gracejo y ese encanto especial en el decir que siempre la acompañó.. Luego vinieron muchos años y muchas anécdotas. Una de las que más nos hizo reír: en el Mozarteum de Salzburgo, en su camerino tras un concierto, me echó la bronca porque me había visto mirar demasiado a Bartoli, mientras ella la observaba embelesada desde un palco. Yo estaba en la fila doce del patio de butacas y Teresa era capaz de controlarme desde el escenario. Increíble.. Durante los dos años de pandemia nos hicimos inseparables por teléfono. Yo le enviaba WhatsApp con enlaces a las retransmisiones del Met, Viena, Munich, y ella los veía en su iPhone -hubo que comprarle uno con la pantalla más grande-. Luego hablábamos y cortábamos el traje, sobre todo a las escenografías. Estaba indignada con los registas «originales». «Sigo pensando que el espectáculo de la ópera debe basarse, ante todo, en el respeto a la música que se escribió, al compositor y su obra», me repetía. Yo no podía estar más de acuerdo.. La última vez que la vi en plenitud fue el 22 de febrero de 2020, en el Horizontal, adonde había invitado también a Ruggero Raimondi y su esposa, Isabel Meier. Estaba contenta. Era la Teresa de siempre.. Después vino el deterioro. El linfoma, la cortisona, los días en que dormía treinta horas seguidas. Las caídas nocturnas -esguinces, moratones, dolores-. Su hija Cecilia me iba poniendo al tanto: «Se nos va apagando poco a poco». Y se apagó el 13 de mayo.. Antes de morir le dijo a su familia: «Quiero irme sin hacer ruido. No quiero anuncios públicos, ni velatorios, ni nada. Vine al mundo y no se enteró nadie, así que deseo lo mismo cuando me vaya». La familia respetó su voluntad. Yo, al escucharlo, supe que no era del todo sincera. Teresa nunca pudo disimular que le importaba su arte, su legado. Tenía toda la razón en que le importara.. Porque su legado es inmenso. Representante de la Generación del 51, marcó la interpretación operística del siglo XX con una musicalidad sin fisuras y una exigencia que rozaba lo místico. Rossini y Mozart fueron sus dioses tutelares, pero también Händel, Bizet, Falla, Toldrá, Granados. Su ‘Carmen’ junto a Abbado y Domingo sigue dejando sin aliento. Su Salud de ‘La vida breve’ de Falla, definitoria en dignidad y hondura. Sus registros de zarzuela con Ataúlfo Argenta, irrepetibles. Formada en piano, composición, órgano, violonchelo y música de cámara, definía el canto como «un árbol frondoso plantado en las orillas del río de la vida».. Cuatro años después, el árbol sigue en pie. El río sigue corriendo. Y su voz -la de los Reales Alcázares de 1972, la del Mozarteum de Salzburgo, la del teléfono a las 21:42 del 18 de marzo- sigue sonando para quien quiera escucharla.. De nuestro homenaje no te libras, Teresa. Te quiero y me alegra saber que reposas donde mi padre también quiso reposar, porque cada vez que paso por allí me acuerdo de lo grandes que fuisteis ambos.
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