A Nuno, el hijo de un director de documentales, le hace mucha gracia que su padre haya elegido para pasar las vacaciones de verano un hotel abandonado de Lisboa, vacío pero lleno de ecos recientes, como el de «El resplandor». El niño, de 12 años, no siente miedo por nada, aunque tenga una predilección especial por el terror y las historias de monstruos y espectros. Y al adulto le interesa sobre todo que Nuno aprenda portugués, su propia lengua al cabo, mientras le transmite al menor ese desusado interés que arrastra por el primer asesino en serie luso del siglo XIX (el filme intercala imágenes de archivo en el metraje) y la de otros hombres que, de repente, enloquecen y abandonan a sus familias. Como el propio abuelo de Nuno. O las matan, como Jack Torrance (Nicholson) en la excelente película realizada por Kubrick. Y en el hipnótico, íntimo, por momentos luminoso o desasosegante documental de Sergio Oksman, que protagoniza también la cinta, y en la del neoyorquino, hay una habitación aparentemente maldita: la número 103 en el primer caso, la 237 en el segundo.. Refleja, además, y de nuevo Oksman, una pasión casi obsesiva por el séptimo arte, por el hecho mismo de la creación, que resulta desbordante, así como una teórica sobre el abandono y una búsqueda emocional entroncada con el pasado quizá ya inútil, todo salpicado por algún momento perturbador (cuando Nuno decide entrar en el único espacio que le han vetado aunque solo descubra dentro los tristes retazos de un fantasma que no hará daño a nadie) que acaba derivando, sin embargo, en el terror quizá más profundo que puede sentir el ser humano: el que provoca la soledad, el saber que nadie te echará de menos cuando mueras sin dejar rastro. Y se cierra esta hermosa, inesperada historia evocando, quizá con el mismo motivo, el de «Y la nave va» para recordarle al espectador que, en el fondo, cuanto ha visto no es real, o, probablemente, lo sea demasiado.. Lo mejor: El director vuelve a mostrar de manera hipnótica la pasión que siente por el cine.. Lo peor: Habrá a quien le cueste su lento ritmo, pero era el más idóneo para esta historia.
Dirección y guion: Sergio Oksman. Intérpretes: Sergio Oskman, Nuno Oskman, Daniel Blaufuks, Ana Moreira. Fotografía: Francisco Marise, Jorge Rojas. Música: Amy Fajardo. España, 2026. Duración: 72 min. Documental.
A Nuno, el hijo de un director de documentales, le hace mucha gracia que su padre haya elegido para pasar las vacaciones de verano un hotel abandonado de Lisboa, vacío pero lleno de ecos recientes, como el de «El resplandor». El niño, de 12 años, no siente miedo por nada, aunque tenga una predilección especial por el terror y las historias de monstruos y espectros. Y al adulto le interesa sobre todo que Nuno aprenda portugués, su propia lengua al cabo, mientras le transmite al menor ese desusado interés que arrastra por el primer asesino en serie luso del siglo XIX (el filme intercala imágenes de archivo en el metraje) y la de otros hombres que, de repente, enloquecen y abandonan a sus familias. Como el propio abuelo de Nuno. O las matan, como Jack Torrance (Nicholson) en la excelente película realizada por Kubrick. Y en el hipnótico, íntimo, por momentos luminoso o desasosegante documental de Sergio Oksman, que protagoniza también la cinta, y en la del neoyorquino, hay una habitación aparentemente maldita: la número 103 en el primer caso, la 237 en el segundo.. Refleja, además, y de nuevo Oksman, una pasión casi obsesiva por el séptimo arte, por el hecho mismo de la creación, que resulta desbordante, así como una teórica sobre el abandono y una búsqueda emocional entroncada con el pasado quizá ya inútil, todo salpicado por algún momento perturbador (cuando Nuno decide entrar en el único espacio que le han vetado aunque solo descubra dentro los tristes retazos de un fantasma que no hará daño a nadie) que acaba derivando, sin embargo, en el terror quizá más profundo que puede sentir el ser humano: el que provoca la soledad, el saber que nadie te echará de menos cuando mueras sin dejar rastro. Y se cierra esta hermosa, inesperada historia evocando, quizá con el mismo motivo, el de «Y la nave va» para recordarle al espectador que, en el fondo, cuanto ha visto no es real, o, probablemente, lo sea demasiado.. Lo mejor: El director vuelve a mostrar de manera hipnótica la pasión que siente por el cine.. Lo peor: Habrá a quien le cueste su lento ritmo, pero era el más idóneo para esta historia.
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