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  Cultura  Crítica de «Lux»: Rosalía, la diosa que asciende al cielo del pop con una sinfonía
Cultura

Crítica de «Lux»: Rosalía, la diosa que asciende al cielo del pop con una sinfonía

5 de noviembre de 2025
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Hasta que ella no lo explique, es difícil saber qué ideas arraigaron en la cabeza de Rosalía para escribir y producir «Lux», su nuevo álbum que se publica a la vez que estas líneas, pero una cosa queda patente desde la primera escucha: la catalana ha tenido una revelación, una iluminación, un universo por explorar lleno de fascinantes imágenes. Dios, la religión, la santidad, aparecen como telón de fondo de una ópera pop en rigor, una sinfonía de amor, dolor y muerte, con momentos de épica y de pantomima, de éxtasis y de melodrama. Con adagios y arias, cuerdas y electrónica, piano y graves como truenos. Y es que, cual Santa Teresa moderna, la catalana se transforma y se eleva, elige creer. Y termina, ya sentimos destriparlo, oficiando su propio funeral. No nos sentimos culpables por contar el final aquí: dos días antes de su publicación, el álbum completo se filtró y circulaba libremente de uno a otro confín, por el ancho de banda virtual.. La narrativa del álbum juega con la iconografía religiosa -cristiana, en realidad, con sus cruces, su mística y su calvario- para explicar un hecho universal y cotidiano como es el desamor o el fracaso sentimental. También para expresar la falta de propósito o de dirección en la vida. No puede decirse que la idea de mezclar el pop con la religión sea en absoluto novedosa y el concepto de la música como vehículo del éxtasis es más viejo que el hilo negro: de los griegos (y sus ritos de Eleusis) al gospel y a la electrónica de club. Otra cosa es que, en España, fuera de lo gótico, lo transgresor o paródico, resulta un tema poco tratado con fines poéticos o literarios. Es decir, que nunca se ha hecho un disco “mainstream” en serio hablando de Dios y a Dios como este. En “Lux”, las alusiones a la divinidad aparecen como un universo simbólico en el que Rosalía se ha zambullido con fines estéticos y desde la curiosidad respetuosa. No hay un ápice de parodia ni de provocación. Otra cosa es que tampoco parece que la autora de “Hentai” se vaya a apuntar ahora a catequesis. La catalana juega con la iconografía como lo hizo en su momento con las motocicletas y la tauromaquia en el pasado. «No soy Santa, pero estoy »blessed»», canta en “Reliquia” para dejarlo claro. “Cada vértebra esconde un misterio. Reza en mi columna un rosario”, dice en otro tema jugando con lo oculto sin querer sonar monjil.. Valentía y detalles. A lo largo del disco se suceden las estampas: cruces, manzanas rojas, la porcelana de las tallas de las vírgenes, alusiones directas a Dios como reflejos de luz que en otro momento eran cegadores brillos de neón y ahora son rayos del sol entre las nubes como en un lienzo de Rubens. “Quién pudiera vivir / entre los dos / primero amar al mundo / y luego amar a Dios”, dice en los primeros versos del trabajo, donde también aparecen un Cristo que llora diamantes, una iluminación interior, reliquias, coros de iglesia y voces de ángeles que revelan la verdad se suceden como los versículos de una historia narrada en un álbum soberbio, lleno de detalles y de valentía. Hay que colocar este trabajo en la trayectoria de una artista purasangre, de una creadora de talento desbordante que ensanchó las fronteras del flamenco hacia el polígono en «El mal querer» y que después agitó las influencias latinas con la producción de vanguardia en “Motomami”. El fruto de esos aprendizajes está en los cimientos de un trabajo que asciende al cielo del pop gracias a la sensibilidad única de la artista del Bajo Llobregat.. Quizás sus 18 temas, organizados en cuatro movimientos a la manera de una sinfonía, parezcan demasiados. La decisión tiene algo de contracultural en estos tiempos, ya sabemos, de algoritmo y viralidad. También de ambicioso, claro, por la pretensión de abordar una historia y sus aristas desde diferentes puntos de vista, lo cual es de celebrar. Sin embargo, ese exceso tiene un precio: la inconcreción y cierta redundancia, la acumulación de ideas y estímulos en algunas canciones que puedan parecer un batiburrillo. Por poner un ejemplo, en “Porcelana”, de apenas cuatro minutos, suenan sucesivamente unos arreglos de cuerda, seguidos de una base electrónica, un ritmo de reguetón, letras en latín, en japonés y un tartamudeo y, para cerrar, palmas flamencas. Algo parecido sucede en “Berghain”, el single anticipado antes de que el plan promocional saltase por los aires. También redunda en esta idea de exceso el afán políglota de Rosalía (buen reclamo comercial, qué duda cabe, para una artista que aspira a la globalidad) que en algún caso suena impostado. A los más «naturales» versos en castellano, catalán, italiano, francés o inglés, se suma la fascinación algo forzada por el japonés, hebreo, árabe, ucraniano, u otros casos, quizá, incluso justificados como son el latín (el idioma de Dios) y el chino mandarín en la futurista («La Novia Robot»). En cualquier caso, este despliegue no es sino la demostración de que esta artista con la voz de oro puede hacer lo que le plazca, tanto, que es capaz de encontrar la musicalidad en idiomas que no le resultan naturales. No solo verbos, sino códigos: flamenco, fado, rap, falsete o escalas de soprano son solo algunos de los territorios que explora en un disco transfronterizo, mutante y ancho como el Ecuador terrestre.. Hablando de diversidad, Rosalía incluye en “Porcelana” el término “tigueraje” -frecuente en República Dominicana y Puerto Rico y que quiere decir astuta-, lo que, puestos a hacer suposiciones, el inconsciente nos conduce a un cantante caribeño con quien la catalana mantuvo una relación sentimental y a quien podría estar dedicada “La perla”, la ópera bufa, la pantomima que incluye esta ambiciosa ópera moderna. En ella se caracteriza al amante infiel, “la decepción local, rompecorazones nacional, un terrorista emocional, el mayor desastre mundial”. No me pregunten por qué, pero este cronista no cree que se refiera a Jeremy Allen-White.. A medida que avanzan los cortes, la temperatura del trabajo va cambiando. De un arranque con tintes épicos a lo “Carmina Burana” o «La cabalgata de las Valkirias”, que busca el sonido ascendente, vertical, como las grandilocuentes arias de los clásicos operísticos, se pasa a un intimismo de raigambre popular. En ambos casos, “Lux” es un trabajo plagado de detalles, de capas, de pequeños detalles (unos más estridentes, otros más sutiles) que lo convierten en una pieza única, un diamante que solo podía ser tallado por Rosalía. A medida que el disco avanza y se acerca más a la desnudez de la canción popular, la sencillez favorece a Rosalía y a su voz cristalina, acompañada de auténticas diosas como mariza o Silvia Pérez Cruz. Impagable «La rumba” con su “nonainonaino” y su historia de droga y otras pendencias, guiño quinqui de aquí para el mundo. En suma, un disco asombroso, valiente y que vuelve a colocar a Rosalía como una figura artística de una sensibilidad única.. Empoderarse en el amor. En «Focu ‘ranni» canción grabada en español y siciliano y que solo se podrá escuchar en formato físico, Rosalía «libertad», la cual, explica, no va a dar a cambio de ningún amor romántico. «No seré tu mitad ni de tu propiedad, seré mía y de mi libertad», asegura. En «Novia robot» -otro de los cortes que aparecen en la edición física- tira de ironía distópica para retratar a una compañía que produce amantes femeninas dóciles y sumisas de voz sexy. Satiriza con el negocio de un fabricante de juguetes sexuales que ofrece robots de mujeres y destinadas a ser servidoras del placer masculino. «Querías un robot pero yo soy real», canta. «Ya me liberé”, celebra en español antes de hacer una mención a “RoRo”. “Guapa para Dios, / me pongo guapa para Dios, nunca para ti ni para nadie / me pongo guapa para Dios”.

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La artista catalana publica «Lux», un álbum conceptual que juega con la imaginería religiosa y la música clásica y que resultó filtrado dos días antes de su publicación

  

Hasta que ella no lo explique, es difícil saber qué ideas arraigaron en la cabeza de Rosalía para escribir y producir «Lux», su nuevo álbum que se publica a la vez que estas líneas, pero una cosa queda patente desde la primera escucha: la catalana ha tenido una revelación, una iluminación, un universo por explorar lleno de fascinantes imágenes. Dios, la religión, la santidad, aparecen como telón de fondo de una ópera pop en rigor, una sinfonía de amor, dolor y muerte, con momentos de épica y de pantomima, de éxtasis y de melodrama. Con adagios y arias, cuerdas y electrónica, piano y graves como truenos. Y es que, cual Santa Teresa moderna, la catalana se transforma y se eleva, elige creer. Y termina, ya sentimos destriparlo, oficiando su propio funeral. No nos sentimos culpables por contar el final aquí: dos días antes de su publicación, el álbum completo se filtró y circulaba libremente de uno a otro confín, por el ancho de banda virtual.. La narrativa del álbum juega con la iconografía religiosa -cristiana, en realidad, con sus cruces, su mística y su calvario- para explicar un hecho universal y cotidiano como es el desamor o el fracaso sentimental. También para expresar la falta de propósito o de dirección en la vida. No puede decirse que la idea de mezclar el pop con la religión sea en absoluto novedosa y el concepto de la música como vehículo del éxtasis es más viejo que el hilo negro: de los griegos (y sus ritos de Eleusis) al gospel y a la electrónica de club. Otra cosa es que, en España, fuera de lo gótico, lo transgresor o paródico, resulta un tema poco tratado con fines poéticos o literarios. Es decir, que nunca se ha hecho un disco “mainstream” en serio hablando de Dios y a Dios como este. En “Lux”, las alusiones a la divinidad aparecen como un universo simbólico en el que Rosalía se ha zambullido con fines estéticos y desde la curiosidad respetuosa. No hay un ápice de parodia ni de provocación. Otra cosa es que tampoco parece que la autora de “Hentai” se vaya a apuntar ahora a catequesis. La catalana juega con la iconografía como lo hizo en su momento con las motocicletas y la tauromaquia en el pasado. «No soy Santa, pero estoy »blessed»», canta en “Reliquia” para dejarlo claro. “Cada vértebra esconde un misterio. Reza en mi columna un rosario”, dice en otro tema jugando con lo oculto sin querer sonar monjil.. Valentía y detalles. A lo largo del disco se suceden las estampas: cruces, manzanas rojas, la porcelana de las tallas de las vírgenes, alusiones directas a Dios como reflejos de luz que en otro momento eran cegadores brillos de neón y ahora son rayos del sol entre las nubes como en un lienzo de Rubens. “Quién pudiera vivir / entre los dos / primero amar al mundo / y luego amar a Dios”, dice en los primeros versos del trabajo, donde también aparecen un Cristo que llora diamantes, una iluminación interior, reliquias, coros de iglesia y voces de ángeles que revelan la verdad se suceden como los versículos de una historia narrada en un álbum soberbio, lleno de detalles y de valentía. Hay que colocar este trabajo en la trayectoria de una artista purasangre, de una creadora de talento desbordante que ensanchó las fronteras del flamenco hacia el polígono en «El mal querer» y que después agitó las influencias latinas con la producción de vanguardia en “Motomami”. El fruto de esos aprendizajes está en los cimientos de un trabajo que asciende al cielo del pop gracias a la sensibilidad única de la artista del Bajo Llobregat.. Quizás sus 18 temas, organizados en cuatro movimientos a la manera de una sinfonía, parezcan demasiados. La decisión tiene algo de contracultural en estos tiempos, ya sabemos, de algoritmo y viralidad. También de ambicioso, claro, por la pretensión de abordar una historia y sus aristas desde diferentes puntos de vista, lo cual es de celebrar. Sin embargo, ese exceso tiene un precio: la inconcreción y cierta redundancia, la acumulación de ideas y estímulos en algunas canciones que puedan parecer un batiburrillo. Por poner un ejemplo, en “Porcelana”, de apenas cuatro minutos, suenan sucesivamente unos arreglos de cuerda, seguidos de una base electrónica, un ritmo de reguetón, letras en latín, en japonés y un tartamudeo y, para cerrar, palmas flamencas. Algo parecido sucede en “Berghain”, el single anticipado antes de que el plan promocional saltase por los aires. También redunda en esta idea de exceso el afán políglota de Rosalía (buen reclamo comercial, qué duda cabe, para una artista que aspira a la globalidad) que en algún caso suena impostado. A los más «naturales» versos en castellano, catalán, italiano, francés o inglés, se suma la fascinación algo forzada por el japonés, hebreo, árabe, ucraniano, u otros casos, quizá, incluso justificados como son el latín (el idioma de Dios) y el chino mandarín en la futurista («La Novia Robot»). En cualquier caso, este despliegue no es sino la demostración de que esta artista con la voz de oro puede hacer lo que le plazca, tanto, que es capaz de encontrar la musicalidad en idiomas que no le resultan naturales. No solo verbos, sino códigos: flamenco, fado, rap, falsete o escalas de soprano son solo algunos de los territorios que explora en un disco transfronterizo, mutante y ancho como el Ecuador terrestre.. Hablando de diversidad, Rosalía incluye en “Porcelana” el término “tigueraje” -frecuente en República Dominicana y Puerto Rico y que quiere decir astuta-, lo que, puestos a hacer suposiciones, el inconsciente nos conduce a un cantante caribeño con quien la catalana mantuvo una relación sentimental y a quien podría estar dedicada “La perla”, la ópera bufa, la pantomima que incluye esta ambiciosa ópera moderna. En ella se caracteriza al amante infiel, “la decepción local, rompecorazones nacional, un terrorista emocional, el mayor desastre mundial”. No me pregunten por qué, pero este cronista no cree que se refiera a Jeremy Allen-White.. A medida que avanzan los cortes, la temperatura del trabajo va cambiando. De un arranque con tintes épicos a lo “Carmina Burana” o «La cabalgata de las Valkirias”, que busca el sonido ascendente, vertical, como las grandilocuentes arias de los clásicos operísticos, se pasa a un intimismo de raigambre popular. En ambos casos, “Lux” es un trabajo plagado de detalles, de capas, de pequeños detalles (unos más estridentes, otros más sutiles) que lo convierten en una pieza única, un diamante que solo podía ser tallado por Rosalía. A medida que el disco avanza y se acerca más a la desnudez de la canción popular, la sencillez favorece a Rosalía y a su voz cristalina, acompañada de auténticas diosas como mariza o Silvia Pérez Cruz. Impagable «La rumba” con su “nonainonaino” y su historia de droga y otras pendencias, guiño quinqui de aquí para el mundo. En suma, un disco asombroso, valiente y que vuelve a colocar a Rosalía como una figura artística de una sensibilidad única.. Empoderarse en el amor. En «Focu ‘ranni» canción grabada en español y siciliano y que solo se podrá escuchar en formato físico, Rosalía «libertad», la cual, explica, no va a dar a cambio de ningún amor romántico. «No seré tu mitad ni de tu propiedad, seré mía y de mi libertad», asegura. En «Novia robot» -otro de los cortes que aparecen en la edición física- tira de ironía distópica para retratar a una compañía que produce amantes femeninas dóciles y sumisas de voz sexy. Satiriza con el negocio de un fabricante de juguetes sexuales que ofrece robots de mujeres y destinadas a ser servidoras del placer masculino. «Querías un robot pero yo soy real», canta. «Ya me liberé”, celebra en español antes de hacer una mención a “RoRo”. “Guapa para Dios, / me pongo guapa para Dios, nunca para ti ni para nadie / me pongo guapa para Dios”.

 

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