Fernando Franco hace suya la consigna evangélica que asegura que el enemigo de la verdad no es la mentira sino el silencio. Y habla, y su protagonista, un sacerdote atormentado por haber abusado de niños, confiesa que ha pecado, mil y una veces, como si decirlo (de la intimidad secreta del confesionario al patíbulo público de la entrevista televisiva) fuera su penitencia sisífica, y resultara suficiente para que el espectador lo perdonara.. Ahí radica lo más problemático de “La luz”, en su doble objetivo, que Franco percibe como único y complementario: si el padre Manuel decide predicar con su culpabilidad a los cuatro vientos es, por un lado, para denunciar la política de encubrimiento ejercida por la iglesia de la que él mismo se ha beneficiado, y, por otro, y eso es lo que más pesa en el centro de gravedad moral de la película, para redimirse, para recibir nuestra bendición. Ese arriesgadísimo planteamiento se sostendría si Franco fuera el Paul Schrader de “El reverendo”, y si Alberto San Juan, habitualmente un actor notable, defendiera al personaje más allá de la estupefacción.. Es interesante acercarse a los casos de pederastia que ensucian el expediente eclesiástico desde la perspectiva del sacerdote criminal, aunque el via crucis de Manuel adquiere, a medida que avanza el metraje, un tono didáctico y discursivo que acompaña un progresivo arrepentimiento que parece, en manos de Franco, convertirle en mártir. En un momento de la película da la impresión de que el director sevillano, nada ajeno a las causas espinosas (la asistencia sexual a los discapacitados en “La consagración de la primavera”, el acoso en “Subsuelo”), transforma a Manuel en víctima para hablarnos de la incapacidad de la sociedad por perdonar. Ni siquiera la interpretación de San Juan, que, en su contención, es incapaz de salir de una sola expresión, que no cambia incluso en las secuencias más dramáticas (el final de la conversación con el periodista que interpreta Luis Callejo), no contribuye a que “La luz” consiga iluminarnos el camino de la verdad.. Lo mejor:. Que la cámara no se separa del punto de vista del pederasta.. Lo peor:. Que se vuelve didáctica y discursiva, y al final el protagonista parece un mártir.
Dirección y guion: Fernando Franco. Intérpretes: Alberto San Juan, Pedro Casablanc, Miguel Rellán, María Galiana. Fotografía: Santiago Racaj. España, 2026. Duración: 120 minutos. Drama.
Fernando Franco hace suya la consigna evangélica que asegura que el enemigo de la verdad no es la mentira sino el silencio. Y habla, y su protagonista, un sacerdote atormentado por haber abusado de niños, confiesa que ha pecado, mil y una veces, como si decirlo (de la intimidad secreta del confesionario al patíbulo público de la entrevista televisiva) fuera su penitencia sisífica, y resultara suficiente para que el espectador lo perdonara.. Ahí radica lo más problemático de “La luz”, en su doble objetivo, que Franco percibe como único y complementario: si el padre Manuel decide predicar con su culpabilidad a los cuatro vientos es, por un lado, para denunciar la política de encubrimiento ejercida por la iglesia de la que él mismo se ha beneficiado, y, por otro, y eso es lo que más pesa en el centro de gravedad moral de la película, para redimirse, para recibir nuestra bendición. Ese arriesgadísimo planteamiento se sostendría si Franco fuera el Paul Schrader de “El reverendo”, y si Alberto San Juan, habitualmente un actor notable, defendiera al personaje más allá de la estupefacción.. Es interesante acercarse a los casos de pederastia que ensucian el expediente eclesiástico desde la perspectiva del sacerdote criminal, aunque el via crucis de Manuel adquiere, a medida que avanza el metraje, un tono didáctico y discursivo que acompaña un progresivo arrepentimiento que parece, en manos de Franco, convertirle en mártir. En un momento de la película da la impresión de que el director sevillano, nada ajeno a las causas espinosas (la asistencia sexual a los discapacitados en “La consagración de la primavera”, el acoso en “Subsuelo”), transforma a Manuel en víctima para hablarnos de la incapacidad de la sociedad por perdonar. Ni siquiera la interpretación de San Juan, que, en su contención, es incapaz de salir de una sola expresión, que no cambia incluso en las secuencias más dramáticas (el final de la conversación con el periodista que interpreta Luis Callejo), no contribuye a que “La luz” consiga iluminarnos el camino de la verdad.. Lo mejor:. Que la cámara no se separa del punto de vista del pederasta.. Lo peor:. Que se vuelve didáctica y discursiva, y al final el protagonista parece un mártir.
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