“Es más bien una serie de fragmentos. Repeticiones. Una formación de patrones”. La narradora de “La cronología del agua” habla de su propia vida, aunque parece que nos esté describiendo la gramática que estructurará el particular estilo de la película, hecho de “movimientos de tierra”, de “piedras” que siempre dejan un espacio entre sus contornos, de planos como granos de arena o cenizas de un muerto que se escapan entre los dedos de quien los recuerda. Es interesante que una actriz tan singular como Kristen Stewart haya decidido debutar en la dirección con una película “de montaje”, como si en su meditada, a veces rígida, arquitectura visual quiera encontrar los gestos, los tics, que han “montado” su método interpretativo. La película es, por lo tanto, tan sistemática como lo es Stewart cuando está delante de la cámara, y eso no siempre juega a su favor.. Así las cosas, el retrato de Lidia Yuknavitch, inspirado en sus memorias, siempre está sometido a la tensión de una cuerda que tira hacia el futuro (un fast-forward siempre inicia una frase visual) mientras, a la vez, tira hacia el pasado (hacia las imágenes de un trauma primitivo, el de los abusos sexuales cometidos por un padre déspota). Se nota que Stewart ha hecho los deberes, que se ha estudiado las “Tecnologías de género” de Teresa de Lauretis, que está al tanto de las últimas tendencias en cine háptico, que sabe cómo representar la emergencia y eclosión de una subjetividad femenina tan dislocada como la de Yuknavitch contagiándonos la insoportable tactilidad de su experiencia.. Desgraciadamente, a las ambiciones de Stewart les falta la mesura de la madurez, y la película comete el error de aspirar a una intensidad perpetua que empuja a su protagonista a encarnar el cliché de la escritora maldita, con momentos tan grotescos como el taller literario de Ken Kesey (Jim Belushi), y a invalidar los momentos realmente significativos de la vida de esta escritora que pudo ser nadadora profesional. En complicidad con la visión de Stewart, Imogen Potts se abre en canal para ofrecer, eso sí, una interpretación dinámica, descarnada, que encuentra su razón de ser desprotegiéndose de toda máscara.. Lo mejor:. La entrega de Imogen Potts, en sintonía con la intensidad del personaje y la estética de la película.. Lo peor:. Que Stewart, directora primeriza, crea que toda imagen tiene que ser poderosa, significativa, impactante.
Dirección y guion: Kristen Stewart, según las memorias de Lidia Yuknavitch. Intérpretes: Imogen Potts, Thora Birch, Jim Belushi, Tom Sturridge. Reino Unido, 2025. Duración: 128 minutos. Biopic.
“Es más bien una serie de fragmentos. Repeticiones. Una formación de patrones”. La narradora de “La cronología del agua” habla de su propia vida, aunque parece que nos esté describiendo la gramática que estructurará el particular estilo de la película, hecho de “movimientos de tierra”, de “piedras” que siempre dejan un espacio entre sus contornos, de planos como granos de arena o cenizas de un muerto que se escapan entre los dedos de quien los recuerda. Es interesante que una actriz tan singular como Kristen Stewart haya decidido debutar en la dirección con una película “de montaje”, como si en su meditada, a veces rígida, arquitectura visual quiera encontrar los gestos, los tics, que han “montado” su método interpretativo. La película es, por lo tanto, tan sistemática como lo es Stewart cuando está delante de la cámara, y eso no siempre juega a su favor.. Así las cosas, el retrato de Lidia Yuknavitch, inspirado en sus memorias, siempre está sometido a la tensión de una cuerda que tira hacia el futuro (un fast-forward siempre inicia una frase visual) mientras, a la vez, tira hacia el pasado (hacia las imágenes de un trauma primitivo, el de los abusos sexuales cometidos por un padre déspota). Se nota que Stewart ha hecho los deberes, que se ha estudiado las “Tecnologías de género” de Teresa de Lauretis, que está al tanto de las últimas tendencias en cine háptico, que sabe cómo representar la emergencia y eclosión de una subjetividad femenina tan dislocada como la de Yuknavitch contagiándonos la insoportable tactilidad de su experiencia.. Desgraciadamente, a las ambiciones de Stewart les falta la mesura de la madurez, y la película comete el error de aspirar a una intensidad perpetua que empuja a su protagonista a encarnar el cliché de la escritora maldita, con momentos tan grotescos como el taller literario de Ken Kesey (Jim Belushi), y a invalidar los momentos realmente significativos de la vida de esta escritora que pudo ser nadadora profesional. En complicidad con la visión de Stewart, Imogen Potts se abre en canal para ofrecer, eso sí, una interpretación dinámica, descarnada, que encuentra su razón de ser desprotegiéndose de toda máscara.. Lo mejor:. La entrega de Imogen Potts, en sintonía con la intensidad del personaje y la estética de la película.. Lo peor:. Que Stewart, directora primeriza, crea que toda imagen tiene que ser poderosa, significativa, impactante.
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