La compositora Unsuk Chin, coreana residente en Berlín, es la última ganadora del Premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA, uno de los más importantes del mundo que distingue también a la música misma al reconocerla entre las ocho ramas del saber. La música sirve para muchas cosas. En Bilbao se tocó el «Concierto para violonchelo» de Chin, que ha sonado ya más de 50 veces. Son poquísimos los conciertos de ese instrumento que las orquestas acogen en su repertorio: Haydn, Schumann, Dvorák, Saint-Saens, Elgar, Shostakóvich, las «Rococó» de Chaikovski, la «Concertante» de Prokófiev, alguno que se me olvide… ¿y el de Chin? Por qué no. Tiene lo necesario: virtuosismo, fogosidad, hondura, enigma y, sobre todo, expresividad que mueve al oyente.. Alban Gerhardt lo toca increíblemente bien. ¡De memoria! Salió triunfante de las mil dificultades de la obra y de las desafiantes condiciones del Euskalduna. Expuesto en la corbata, a la intemperie acústica, el solista está solo de verdad. El piano sufre menos, porque tiene sus medios de proyección. Zacharias tocó ahí un «Tercero» de Beethoven con la extraña mezcla de distanciamiento y poesía que le caracteriza. Lucas Macías es un directo sobrio de gesto e intención. Lo encauza todo, pero dejando tocar, sin intervenir demasiado, lo que le permite conseguir mucho cuando decide meter la batuta. Al frente de la Sinfónica de Euskadi hizo buenas versiones de los dos conciertos y una «Suite de El caballero de la rosa» de mucho mérito.
Obras: de Bach, Chin, Beethoven y Strauss. Órgano: D. Oyarzabal. Violonchelo: A. Gerhardt. Piano: C. Zacharias. Director: L. Macías. Premios Fronteras del Conocimiento. Bilbao, 17-VI-26.
La compositora Unsuk Chin, coreana residente en Berlín, es la última ganadora del Premio Fronteras del Conocimiento de la Fundación BBVA, uno de los más importantes del mundo que distingue también a la música misma al reconocerla entre las ocho ramas del saber. La música sirve para muchas cosas. En Bilbao se tocó el «Concierto para violonchelo» de Chin, que ha sonado ya más de 50 veces. Son poquísimos los conciertos de ese instrumento que las orquestas acogen en su repertorio: Haydn, Schumann, Dvorák, Saint-Saens, Elgar, Shostakóvich, las «Rococó» de Chaikovski, la «Concertante» de Prokófiev, alguno que se me olvide… ¿y el de Chin? Por qué no. Tiene lo necesario: virtuosismo, fogosidad, hondura, enigma y, sobre todo, expresividad que mueve al oyente.. Alban Gerhardt lo toca increíblemente bien. ¡De memoria! Salió triunfante de las mil dificultades de la obra y de las desafiantes condiciones del Euskalduna. Expuesto en la corbata, a la intemperie acústica, el solista está solo de verdad. El piano sufre menos, porque tiene sus medios de proyección. Zacharias tocó ahí un «Tercero» de Beethoven con la extraña mezcla de distanciamiento y poesía que le caracteriza. Lucas Macías es un directo sobrio de gesto e intención. Lo encauza todo, pero dejando tocar, sin intervenir demasiado, lo que le permite conseguir mucho cuando decide meter la batuta. Al frente de la Sinfónica de Euskadi hizo buenas versiones de los dos conciertos y una «Suite de El caballero de la rosa» de mucho mérito.
Noticias de cultura en La Razón
