Las familias ensambladas no fracasan por falta de amor, sino por falta de estructura. Cuando dos sistemas familiares previos se entrelazan, construir algo nuevo exige conciencia y compromiso.. Somos conscientes del compromiso que implica tener un hijo, pero no siempre del que supone integrarse en una familia donde esos hijos no son propios y aún no existe vínculo. Y, sin embargo, asumimos un compromiso real: convivir con menores o dependientes, llamarnos familia, influir en su desarrollo y formar parte de su hogar. Puede parecer opcional, pero no debería. El artículo 68 del Código Civil establece, al contraer matrimonio –esto es, construir familia– la obligación de «compartir las responsabilidades domésticas y el cuidado y atención de personas dependientes a su cargo» (hijos de relaciones anteriores o hijastros).. Una familia ensamblada no es solo convivencia, es construir familia. Es un sistema que necesita orden, definición y tiempo. Ese orden no existe: hay que acordarlo sin un marco claro que lo guíe. Si no se define, aparece inseguridad. Y los menores necesitan previsibilidad para poder adaptarse. Por eso debe acordarse previamente en la pareja y, si no puede sostenerse, replanteárselo. No podemos decir una cosa y vivir otra.. Una vez tomada la decisión, toca sostenerla y confiar en dónde se construyó, asumiendo que también podemos equivocarnos. Intentar saber desde el inicio si «todo funciona» y hacer depender de ello la decisión genera presión que, en muchos casos, también termina recayendo en los hijos.. El tiempo muestra cómo se organiza el sistema. Lo que parece encajar en un inicio puede responder a adaptación o deseo de agradar; lo que no, a rechazo o lealtades en conflicto (duelos no elaborados o procesos de adaptación que necesitan ser trabajados, no evitados).. Desde una mirada sistémica –como la que trabajamos en STEP–, no se trata de forzar vínculos, sino de ordenar la estructura acordada para que cada uno se ubique y los progenitores la sostengan.. El conflicto no es el problema: lo es la falta de acuerdos. Las normas no vienen dadas: se acuerdan, se construyen y se sostienen antes de convivir. Un hijo no puede quedar al cuidado de la nueva figura sin saber qué esperar de ella: si es referencia, qué autoridad tiene o qué implica ese vínculo.. Tampoco esa figura puede convivir sin saber si sus límites deben ser nombrados o sostenidos, ni si serán respaldados. ¿Quién lo hace? Esa ambigüedad genera desorganización, desgaste en la pareja y malestar en la familia.. A menudo, intentando proteger, los progenitores evitan decidir del todo. Ese lugar intermedio no protege: fragmenta y suele estar vinculado a la dificultad de ordenar la relación con el otro progenitor.. La coparentalidad –la forma en que los progenitores se organizan tras la ruptura para seguir ejerciendo su función parental– es decisiva. Debe permitir la evolución del sistema y, si no lo hace, es algo que cada uno puede empezar a ordenar desde su lugar. Por tanto, no solo se construye una nueva familia: también se pone a prueba si el vínculo de pareja ha podido transformarse en una coparentalidad funcional tras el divorcio, uno de los ejes del programa STEP.. Cuando esta es idealizada o disfuncional, el sistema se bloquea y los hijos lo absorben. Cuando, por ejemplo, se intenta corregir la realidad del otro hogar desde fuera, el niño queda sosteniendo tensiones que no le corresponden.. En estas familias, más que armonía –aunque haya amor, paciencia y generosidad–, lo esencial es previsibilidad, claridad y estructura.. La autoridad no se reparte: se organiza. Los progenitores son referencia, pero la nueva pareja necesita un lugar claro, reconocido y sostenido dentro del sistema familiar. La pertenencia no se impone, se construye. Pero esto no implica permitir rechazo o falta de respeto. El vínculo no se fuerza, pero sí se sostienen límites claros.. Construir pertenencia no es borrar el pasado, sino ubicarlo con coherencia en el presente y con quienes conforman hoy ese sistema familiar.. Una familia ensamblada funcional no compite con la anterior, pero tampoco queda atrapada en ella.. Y, por último, los turnos, rutinas y tradiciones. Momentos como la Semana Santa, donde conviven turnos que no cuadran, distintas tradiciones y un no poder celebrar en dos lugares a la vez…. Algo que ayuda mucho es la contextualización. Te pregunto: si tu hijo estuviera en casa de un amigo, invitado a un plan que consideraras imposible de rechazar y le hubieras dado permiso, ¿lo vivirías igual?. Muchas veces no es el hecho en sí lo que genera malestar, sino el significado que le damos. Y ahí está la diferencia: o lo ordenamos los adultos, o serán los hijos quienes terminen sosteniendo lo que no hemos podido integrar.
Mediadora familiar y fundadora del método STEP de reorganización de familias tras el divorcio.
Las familias ensambladas no fracasan por falta de amor, sino por falta de estructura. Cuando dos sistemas familiares previos se entrelazan, construir algo nuevo exige conciencia y compromiso.. Somos conscientes del compromiso que implica tener un hijo, pero no siempre del que supone integrarse en una familia donde esos hijos no son propios y aún no existe vínculo. Y, sin embargo, asumimos un compromiso real: convivir con menores o dependientes, llamarnos familia, influir en su desarrollo y formar parte de su hogar. Puede parecer opcional, pero no debería. El artículo 68 del Código Civil establece, al contraer matrimonio –esto es, construir familia– la obligación de «compartir las responsabilidades domésticas y el cuidado y atención de personas dependientes a su cargo» (hijos de relaciones anteriores o hijastros).. Una familia ensamblada no es solo convivencia, es construir familia. Es un sistema que necesita orden, definición y tiempo. Ese orden no existe: hay que acordarlo sin un marco claro que lo guíe. Si no se define, aparece inseguridad. Y los menores necesitan previsibilidad para poder adaptarse. Por eso debe acordarse previamente en la pareja y, si no puede sostenerse, replanteárselo. No podemos decir una cosa y vivir otra.. Una vez tomada la decisión, toca sostenerla y confiar en dónde se construyó, asumiendo que también podemos equivocarnos. Intentar saber desde el inicio si «todo funciona» y hacer depender de ello la decisión genera presión que, en muchos casos, también termina recayendo en los hijos.. El tiempo muestra cómo se organiza el sistema. Lo que parece encajar en un inicio puede responder a adaptación o deseo de agradar; lo que no, a rechazo o lealtades en conflicto (duelos no elaborados o procesos de adaptación que necesitan ser trabajados, no evitados).. Desde una mirada sistémica –como la que trabajamos en STEP–, no se trata de forzar vínculos, sino de ordenar la estructura acordada para que cada uno se ubique y los progenitores la sostengan.. El conflicto no es el problema: lo es la falta de acuerdos. Las normas no vienen dadas: se acuerdan, se construyen y se sostienen antes de convivir. Un hijo no puede quedar al cuidado de la nueva figura sin saber qué esperar de ella: si es referencia, qué autoridad tiene o qué implica ese vínculo.. Tampoco esa figura puede convivir sin saber si sus límites deben ser nombrados o sostenidos, ni si serán respaldados. ¿Quién lo hace? Esa ambigüedad genera desorganización, desgaste en la pareja y malestar en la familia.. A menudo, intentando proteger, los progenitores evitan decidir del todo. Ese lugar intermedio no protege: fragmenta y suele estar vinculado a la dificultad de ordenar la relación con el otro progenitor.. La coparentalidad –la forma en que los progenitores se organizan tras la ruptura para seguir ejerciendo su función parental– es decisiva. Debe permitir la evolución del sistema y, si no lo hace, es algo que cada uno puede empezar a ordenar desde su lugar. Por tanto, no solo se construye una nueva familia: también se pone a prueba si el vínculo de pareja ha podido transformarse en una coparentalidad funcional tras el divorcio, uno de los ejes del programa STEP.. Cuando esta es idealizada o disfuncional, el sistema se bloquea y los hijos lo absorben. Cuando, por ejemplo, se intenta corregir la realidad del otro hogar desde fuera, el niño queda sosteniendo tensiones que no le corresponden.. En estas familias, más que armonía –aunque haya amor, paciencia y generosidad–, lo esencial es previsibilidad, claridad y estructura.. La autoridad no se reparte: se organiza. Los progenitores son referencia, pero la nueva pareja necesita un lugar claro, reconocido y sostenido dentro del sistema familiar. La pertenencia no se impone, se construye. Pero esto no implica permitir rechazo o falta de respeto. El vínculo no se fuerza, pero sí se sostienen límites claros.. Construir pertenencia no es borrar el pasado, sino ubicarlo con coherencia en el presente y con quienes conforman hoy ese sistema familiar.. Una familia ensamblada funcional no compite con la anterior, pero tampoco queda atrapada en ella.. Y, por último, los turnos, rutinas y tradiciones. Momentos como la Semana Santa, donde conviven turnos que no cuadran, distintas tradiciones y un no poder celebrar en dos lugares a la vez…. Algo que ayuda mucho es la contextualización. Te pregunto: si tu hijo estuviera en casa de un amigo, invitado a un plan que consideraras imposible de rechazar y le hubieras dado permiso, ¿lo vivirías igual?. Muchas veces no es el hecho en sí lo que genera malestar, sino el significado que le damos. Y ahí está la diferencia: o lo ordenamos los adultos, o serán los hijos quienes terminen sosteniendo lo que no hemos podido integrar.
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