Lo dice un proverbio japonés y no le falta razón. La amistad es, en realidad, un milagro que afianza el vivir, el consuelo y la alegría. Con los amigos, asegura el portugués José Tolentino Mendonça, «construimos una historia que es sagrada, aunque nos parezca que sólo está hecha de cosas sencillas y enteramente humanas». En realidad, «la amistad es un encuentro que llena la vida». No se puede decir mejor: «un encuentro que llena la vida «. Pero es también un misterio y un estremecimiento indefinible, o así al menos me lo parece a mí. Lo que acerca a los amigos, lo que les une el uno al otro, es el descubrimiento de una afinidad interior puramente gratuita, pero lo bastante fuerte como para hacer que el cariño, la complicidad, la entrega y el cuidado mutuo, persistan en el tiempo.. La amistad es, también, una fraternidad de elección: «Los amigos son hermanas y hermanos para toda la vida; baluartes discretos, pero inamovibles; faros que proyectan sus señales en la distancia; compañeros de viaje, incluso cuando no están físicamente a nuestro lado. Los amigos hablan un lenguaje propio: basta media palabra para entenderlo todo». Tomo prestadas estas palabras de Tolentino Mendonça, de su último libro titulado ‘La amistad’ y publicado por la editorial Mensajero, porque me parece de lo más atinado que he leído sobre lo que significa la palabra amistad. Me sucede, amable lector, como te pasará probablemente a ti y les ocurre a tantos, que no entiendo la vida sin amigos.. Sin ese refugio seguro que te acepta tal y como eres y te enriquece con su aliento, consejo y compañía. De hecho, alguien ha dicho, refiriéndose a los amigos, que «lo importante no es lo que tenemos en la vida, sino a quien tenemos en ella». Los buenos amigos contribuyen a que vivamos anclados en el amor del alma, la confianza mutua y la generosidad. No existe tratado sobre la amistad, que no recomiende desprenderse, por completo, de las ambiciones materiales en la relación fraterna con los amigos. Conviene no mezclar churras con merinas. El interés empaña la auténtica amistad, que es un torrente de alegría. La amistad tiene que ser, ciertamente, una experiencia radical de gratuidad. Cuando incorporamos a nuestro corazón el corazón del otro, «en este abandono consentido se expresan certezas que nos son extremadamente queridas: «gozo, ternura, presencia, el encuentro, el reencuentro y la comunión» Me gustan mucho, pero mucho, estas palabras de Tolentino Mendonça, que pertenecen a otra obra suya, ‘Ningún camino será largo’, una delicia de libro. En una gacetilla dedicada a la amistad, no puede faltar Platón: «la amistad descansa en el amor y se regula por la virtud». ¿Se puede decir mejor? La amistad es, ciertamente, un acto de amor que trae certezas y contento a la vida; y que despeja, igualmente, caminos de recíproca confianza, que hacen más llevadero el vivir, con la cercanía del corazón recto y limpio del amigo sincero, que nos conoce y sabe lo que necesitamos.
«La amistad tiene que ser, ciertamente, una experiencia radical de gratuidad»
Lo dice un proverbio japonés y no le falta razón. La amistad es, en realidad, un milagro que afianza el vivir, el consuelo y la alegría. Con los amigos, asegura el portugués José Tolentino Mendonça, «construimos una historia que es sagrada, aunque nos parezca que sólo está hecha de cosas sencillas y enteramente humanas». En realidad, «la amistad es un encuentro que llena la vida». No se puede decir mejor: «un encuentro que llena la vida «. Pero es también un misterio y un estremecimiento indefinible, o así al menos me lo parece a mí. Lo que acerca a los amigos, lo que les une el uno al otro, es el descubrimiento de una afinidad interior puramente gratuita, pero lo bastante fuerte como para hacer que el cariño, la complicidad, la entrega y el cuidado mutuo, persistan en el tiempo.. La amistad es, también, una fraternidad de elección: «Los amigos son hermanas y hermanos para toda la vida; baluartes discretos, pero inamovibles; faros que proyectan sus señales en la distancia; compañeros de viaje, incluso cuando no están físicamente a nuestro lado. Los amigos hablan un lenguaje propio: basta media palabra para entenderlo todo». Tomo prestadas estas palabras de Tolentino Mendonça, de su último libro titulado ‘La amistad’ y publicado por la editorial Mensajero, porque me parece de lo más atinado que he leído sobre lo que significa la palabra amistad. Me sucede, amable lector, como te pasará probablemente a ti y les ocurre a tantos, que no entiendo la vida sin amigos.. Sin ese refugio seguro que te acepta tal y como eres y te enriquece con su aliento, consejo y compañía. De hecho, alguien ha dicho, refiriéndose a los amigos, que «lo importante no es lo que tenemos en la vida, sino a quien tenemos en ella». Los buenos amigos contribuyen a que vivamos anclados en el amor del alma, la confianza mutua y la generosidad. No existe tratado sobre la amistad, que no recomiende desprenderse, por completo, de las ambiciones materiales en la relación fraterna con los amigos. Conviene no mezclar churras con merinas. El interés empaña la auténtica amistad, que es un torrente de alegría. La amistad tiene que ser, ciertamente, una experiencia radical de gratuidad. Cuando incorporamos a nuestro corazón el corazón del otro, «en este abandono consentido se expresan certezas que nos son extremadamente queridas: «gozo, ternura, presencia, el encuentro, el reencuentro y la comunión» Me gustan mucho, pero mucho, estas palabras de Tolentino Mendonça, que pertenecen a otra obra suya, ‘Ningún camino será largo’, una delicia de libro. En una gacetilla dedicada a la amistad, no puede faltar Platón: «la amistad descansa en el amor y se regula por la virtud». ¿Se puede decir mejor? La amistad es, ciertamente, un acto de amor que trae certezas y contento a la vida; y que despeja, igualmente, caminos de recíproca confianza, que hacen más llevadero el vivir, con la cercanía del corazón recto y limpio del amigo sincero, que nos conoce y sabe lo que necesitamos.
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