A estas alturas, es probable que hayan escuchado hablar de «Citizen Vigilante», dirigida por Uwe Boll, un especialista en cine de derribo –barato y radical– que ya es el director más polémico del año. La estrategia comercial de Boll es comprar baratos los derechos audiovisuales de distintos vídeojuegos de éxito, rodar una peli con presupuesto batallero y esperar a que se convierta en un taquillazo. Tampoco le preocupa no conseguir su objetivo, ya que conoce bien los trucos de las leyes alemanas para obtener ventajas fiscales de las películas deficitarias. Hasta ahora su carrera ha sido poco brillante: ha intentado venderse como un campeón anti-Hollywood, cosechando sobre todo críticas espantosas. Los reseñistas han sido tan duros con él que en en 2006 les retó a combatir en un ring de boxeo en Vancouver. Cinco aceptaron y a los cinco noqueó. Pero la gran victoria ha llegado con «Citizen Vigilante», la historia de un brutal detective estadounidense que se toma la justicia por su mano para terminar con la criminalidad que trae la inmigración masiva. El gobierno alemán entró pronto en modo pánico, prohibiendo la exhibición de la cinta en el país, usando el truco burocrático de no darle calificación para exhibirla. Esto ha provocado el mayor efecto Streisand de la historia del cine. Todo muy diferente de lo que ocurrió en España, donde Moncloa ni se enteró de la existencia de la película –absortos como están en su agendas judiciales– y pasó sin pena ni gloria. «Si en la película aparecieran seis neonazis violando a una inmigrante, habría sido la película inaugural de la Berlinale», plantea Boll desafiante. La negativa a que se exhibiera la película tiene que ver con el miedo a que surgieran alemanes dispuestos a imitar al héroe, que no solo ataca inmigrantes violentos sino también a los policías y jueces que considera parte del problema. Se trata de una paranoia infundada: décadas de Charles Bronson, Chuck Norris y Steven Seagal no crearon réplicas en ningún país del planeta. Ni siquiera lo logró la potente saga de Harry el Sucio, protagonizada por Clint Eastwood en la cima de su carisma derechista. El mayor efecto social de aquellos filmes fue sacar de sus casillas a los progres de los años setenta y ochenta. Además, como sabemos, no se le pueden poner puertas al campo: Elon Musk vio enseguida la jugada y utilizó su potente cuenta de X para poner «Citizen Vigilante» a disposición de sus 240 millones de seguidores. No existe ya ninguna democracia capaz de vetar contenidos culturales porque Silicon Valley es más potente que cualquier ministerio de Interior, no digamos ya los de Cultura. Las reacciones no han sido bonitas. La reseña de Variety suena tan crispada que –a ratos– resulta incómoda de leer. «La película es tan increíblemente mala que casi parece que el guionista, director y productor esté saboteando deliberadamente a su protagonista, Armie Hammer , cuyo esperado regreso s
El taquillazo del momento, prohibida en Alemania y promocionada por Elon Musk, tiene todos los ingredientes para inaugurar una nueva escuela de cine, en las antípodas del exhibicionismo moral «woke»
A estas alturas, es probable que hayan escuchado hablar de «Citizen Vigilante», dirigida por Uwe Boll, un especialista en cine de derribo –barato y radical– que ya es el director más polémico del año. La estrategia comercial de Boll es comprar baratos los derechos audiovisuales de distintos vídeojuegos de éxito, rodar una peli con presupuesto batallero y esperar a que se convierta en un taquillazo. Tampoco le preocupa no conseguir su objetivo, ya que conoce bien los trucos de las leyes alemanas para obtener ventajas fiscales de las películas deficitarias. Hasta ahora su carrera ha sido poco brillante: ha intentado venderse como un campeón anti-Hollywood, cosechando sobre todo críticas espantosas. Los reseñistas han sido tan duros con él que en en 2006 les retó a combatir en un ring de boxeo en Vancouver. Cinco aceptaron y a los cinco noqueó. Pero la gran victoria ha llegado con «Citizen Vigilante», la historia de un brutal detective estadounidense que se toma la justicia por su mano para terminar con la criminalidad que trae la inmigración masiva. El gobierno alemán entró pronto en modo pánico, prohibiendo la exhibición de la cinta en el país, usando el truco burocrático de no darle calificación para exhibirla. Esto ha provocado el mayor efecto Streisand de la historia del cine. Todo muy diferente de lo que ocurrió en España, donde Moncloa ni se enteró de la existencia de la película –absortos como están en su agendas judiciales– y pasó sin pena ni gloria. «Si en la película aparecieran seis neonazis violando a una inmigrante, habría sido la película inaugural de la Berlinale», plantea Boll desafiante.La negativa a que se exhibiera la película tiene que ver con el miedo a que surgieran alemanes dispuestos a imitar al héroe, que no solo ataca inmigrantes violentos sino también a los policías y jueces que considera parte del problema. Se trata de una paranoia infundada: décadas de Charles Bronson, Chuck Norris y Steven Seagal no crearon réplicas en ningún país del planeta. Ni siquiera lo logró la potente saga de Harry el Sucio, protagonizada por Clint Eastwood en la cima de su carisma derechista. El mayor efecto social de aquellos filmes fue sacar de sus casillas a los progres de los años setenta y ochenta. Además, como sabemos, no se le pueden poner puertas al campo: Elon Musk vio enseguida la jugada y utilizó su potente cuenta de X para poner «Citizen Vigilante» a disposición de sus 240 millones de seguidores. No existe ya ninguna democracia capaz de vetar contenidos culturales porque Silicon Valley es más potente que cualquier ministerio de Interior, no digamos ya los de Cultura. Las reacciones no han sido bonitas. La reseña de Variety suena tan crispada que –a ratos– resulta incómoda de leer. «La película es tan increíblemente mala que casi parece que el guionista, director y productor esté saboteando deliberadamente a su protagonista, Armie Hammer , cuyo esperado regreso solo
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