«Iba perdida. No sabía qué me podía ir bien, qué alimentos debía comer ni en qué cantidad y, pese a estar apuntada al gimnasio, apenas iba porque cuando llegaba no sabía por dónde empezar y todos los ejercicios me resultaban aburridos», cuenta Juliette, de 17 años. Tras su paso por la Unidad de Tratamiento de la Obesidad Infantil del hospital, Juliette dice haber perdido peso y, sobre todo, haber aprendido a ordenar su vida: «ahora voy al gimnasio con frecuencia, tengo una rutina que me gusta y estoy motivada», añade Juliette.. Su madre, Rita, relata que desde que en mayo acudieron por derivación de Atención Primaria su hija «está más feliz, más cómoda consigo misma y con mejor ánimo». Además, la propia paciente subraya una mejora concreta en su capacidad física: «si bien antes sentía ahogo cuando hacía deporte, he mejorado mucho en resistencia».. El Programa de Tratamiento de Obesidad Infantil de Vall d’Hebron se define por un abordaje multidisciplinar: nutrición, apoyo psicológico, valoración farmacológica cuando procede y prescripción de actividad física supervisada. «La adherencia había sido siempre el gran reto y estamos observando que eso ha mejorado», explica Eduard Mogas, jefe de la unidad. Según Mogas, al llegar al programa el 35% de los pacientes presenta una adherencia muy baja a la dieta mediterránea; la intervención consigue mejorar la calidad nutricional y la percepción de la calidad de vida, aunque la pérdida de peso suele ser moderada.. Los profesionales recuerdan que la obesidad pediátrica es una enfermedad con metabolismo alterado y tendencia a cronificarse, por lo que frenar su progresión ya se considera un éxito clínico. En muchos casos la reducción de peso no supera el 10%, pero la estabilización y las mejoras en condición física y hábitos son objetivos igualmente relevantes para reducir riesgo futuro de comorbilidades.. Para reforzar la dimensión física del tratamiento, la unidad incorporó hace dos años un equipo de Medicina Física y Rehabilitación. «Detectamos altas tasas de sedentarismo y baja actividad física entre nuestros pacientes», señala Mogas. Las especialistas encargadas de esta área, la doctora Imma Donat y la fisioterapeuta Berta Canut, explican que la primera visita incluye una valoración de sedentarismo y pruebas funcionales para medir capacidad aeróbica y fuerza muscular.. Si se detecta baja resistencia o sedentarismo, el paciente es derivado a un programa de rehabilitación individualizado cuyo objetivo no es exclusivamente la pérdida de grasa, sino «hacerles ganar fuerza, mejorar la composición corporal e instruirlos en pautas de ejercicio que puedan integrar en su rutina diaria», explica Donat. El plan habitual consta de sesiones grupales semanales de aproximadamente 75 minutos durante tres meses, con grupos reducidos —unos siete niños— para garantizar seguimiento seguro e individualizado. Tras los tres meses iniciales, el programa combina sesiones presenciales con telerehabilitación para facilitar la continuidad.. La estrategia persigue varios frentes: trabajar la capacidad física, construir el hábito y ofrecer un entorno libre de estigmas. «Muchos niños han desarrollado una relación negativa con el ejercicio por experiencias de rechazo; aquí les damos un espacio seguro donde el foco no es el peso sino los hábitos», explica Mogas. Donat añade que entrenar el esfuerzo y dotar a las familias de herramientas prácticas facilita la adherencia a largo plazo.. El componente nutricional y el apoyo psicológico son complementos imprescindibles. Los profesionales subrayan la importancia de no reducir la intervención a consejos simplistas —por ejemplo, «comer lechuga»— sino de enseñar recetas, raciones y estrategias familiares que permitan cambios sostenibles. En determinados casos, y siempre tras un intento intensivo de modificación de hábitos, se contempla un abordaje farmacológico, sobre todo en pacientes con componente genético claro. Sin embargo, los especialistas advierten de una limitación clave: muchos de estos fármacos no están financiados por la Seguridad Social y su coste es elevado, lo que condiciona el acceso de las familias.
La unidad especializada de Vall d’Hebron apuesta por un abordaje multidisciplinar
«Iba perdida. No sabía qué me podía ir bien, qué alimentos debía comer ni en qué cantidad y, pese a estar apuntada al gimnasio, apenas iba porque cuando llegaba no sabía por dónde empezar y todos los ejercicios me resultaban aburridos», cuenta Juliette, de 17 años. Tras su paso por la Unidad de Tratamiento de la Obesidad Infantil del hospital, Juliette dice haber perdido peso y, sobre todo, haber aprendido a ordenar su vida: «ahora voy al gimnasio con frecuencia, tengo una rutina que me gusta y estoy motivada», añade Juliette.. Su madre, Rita, relata que desde que en mayo acudieron por derivación de Atención Primaria su hija «está más feliz, más cómoda consigo misma y con mejor ánimo». Además, la propia paciente subraya una mejora concreta en su capacidad física: «si bien antes sentía ahogo cuando hacía deporte, he mejorado mucho en resistencia».. El Programa de Tratamiento de Obesidad Infantil de Vall d’Hebron se define por un abordaje multidisciplinar: nutrición, apoyo psicológico, valoración farmacológica cuando procede y prescripción de actividad física supervisada. «La adherencia había sido siempre el gran reto y estamos observando que eso ha mejorado», explica Eduard Mogas, jefe de la unidad. Según Mogas, al llegar al programa el 35% de los pacientes presenta una adherencia muy baja a la dieta mediterránea; la intervención consigue mejorar la calidad nutricional y la percepción de la calidad de vida, aunque la pérdida de peso suele ser moderada.. Los profesionales recuerdan que la obesidad pediátrica es una enfermedad con metabolismo alterado y tendencia a cronificarse, por lo que frenar su progresión ya se considera un éxito clínico. En muchos casos la reducción de peso no supera el 10%, pero la estabilización y las mejoras en condición física y hábitos son objetivos igualmente relevantes para reducir riesgo futuro de comorbilidades.. Para reforzar la dimensión física del tratamiento, la unidad incorporó hace dos años un equipo de Medicina Física y Rehabilitación. «Detectamos altas tasas de sedentarismo y baja actividad física entre nuestros pacientes», señala Mogas. Las especialistas encargadas de esta área, la doctora Imma Donat y la fisioterapeuta Berta Canut, explican que la primera visita incluye una valoración de sedentarismo y pruebas funcionales para medir capacidad aeróbica y fuerza muscular.. Si se detecta baja resistencia o sedentarismo, el paciente es derivado a un programa de rehabilitación individualizado cuyo objetivo no es exclusivamente la pérdida de grasa, sino «hacerles ganar fuerza, mejorar la composición corporal e instruirlos en pautas de ejercicio que puedan integrar en su rutina diaria», explica Donat. El plan habitual consta de sesiones grupales semanales de aproximadamente 75 minutos durante tres meses, con grupos reducidos —unos siete niños— para garantizar seguimiento seguro e individualizado. Tras los tres meses iniciales, el programa combina sesiones presenciales con telerehabilitación para facilitar la continuidad.. La estrategia persigue varios frentes: trabajar la capacidad física, construir el hábito y ofrecer un entorno libre de estigmas. «Muchos niños han desarrollado una relación negativa con el ejercicio por experiencias de rechazo; aquí les damos un espacio seguro donde el foco no es el peso sino los hábitos», explica Mogas. Donat añade que entrenar el esfuerzo y dotar a las familias de herramientas prácticas facilita la adherencia a largo plazo.. El componente nutricional y el apoyo psicológico son complementos imprescindibles. Los profesionales subrayan la importancia de no reducir la intervención a consejos simplistas —por ejemplo, «comer lechuga»— sino de enseñar recetas, raciones y estrategias familiares que permitan cambios sostenibles. En determinados casos, y siempre tras un intento intensivo de modificación de hábitos, se contempla un abordaje farmacológico, sobre todo en pacientes con componente genético claro. Sin embargo, los especialistas advierten de una limitación clave: muchos de estos fármacos no están financiados por la Seguridad Social y su coste es elevado, lo que condiciona el acceso de las familias.
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