La segunda mitad del siglo XX se había iniciado con el tremendo tirón que tuvo una nueva generación de novilleros llamados a renovar el escalafón y dar un nuevo aire al espectáculo taurino, que, tras la desaparición de Manolete, andaba un tanto alicaído. Aparicio, Litri, Antoñete, Pedrés, Chicuelo II… y Antonio Ordóñez eran los nombres de moda en los carteles, y hubo ferias compuestas a base de novilladas. Aparicio y Litri tomaron la alternativa a finales de la campaña de 1950 y, al año siguiente, el que subió de categoría fue Antonio Ordóñez. Ya había toreado dos tardes en San Isidro aquella temporada de 1951. La primera fue el 20 de mayo de 1951 y, vestido de celeste y oro, hizo el paseíllo junto a José Ortega «Gallito Chico» y Manolo Vázquez para matar un encierro de Buendía remendado con dos utreros con el hierro de Felipe Bartolomé. A uno de ellos, el segundo de su lote y quinto del festejo, el nuevo Ordóñez le endilgó una faena en la que quedaron patentes todas sus virtudes, desde su poderío para reducir lo encastado del santacoloma hasta su arte una vez domeñado el genio y picante de su antagonista. Dos orejas se llevó de este ejemplar y otra más había paseado de su primero. Anunciado al día siguiente, un novillo de Antonio Pérez le atravesó un muslo. Un mes después, en este mismo escenario, tomaba la alternativa y abría una nueva época para el toreo. Era el jueves 28 de junio de 1951; Las Ventas se llenó hasta la bandera en la corrida a beneficio del Montepío de la Policía. Julio Aparicio fue el padrino y Miguel Báez Espuny «Litri», el testigo en un festejo en el que se lidiaron reses de Galache. Y ellos fueron los que triunfaron aquella tarde tan especial para el de Ronda, que vistió de celeste y oro. Sin embargo, las críticas que llovieron sobre la actuación de Ordóñez coincidieron en la proyección de su personalidad como torero y el halagüeño futuro que se le presentaba. El toro de la alternativa, «Bravío», se acabó demasiado pronto y el sexto fue manso, huido y peligroso. Pero el toricantano dio la cara y todo el mundo coincidió en que, si no hubiese fallado tanto con el estoque, al que cerró plaza le podría haber cortado alguna oreja tras una faena tesonera, valiente y de no poca porfía. En ABC, Giraldillo escribía sobre su alternativa que «no ha sido prematura la decisión de Antonio Ordóñez. Su alternativa era un acierto profesional. No tuvo un buen lote y se ajustó a lidiar. Si le juzgáramos por una tarde, podríamos caer en error. Yo le otorgo el amplio margen de confianza que merece». En la revista El Ruedo, su entonces director, Manuel Casanova, recordaba que Corrochano dijo de Cayetano Ordóñez «la Fiesta será lo que tú quieras que sea», y dirigiéndose al nuevo matador sentenció: «Tú, muchacho, serás en el toreo lo que tú mismo quieras ser; de tu decisión depende». En este mismo semanario, Casanova, que firmaba sus crónicas como Emecé, escribi
El 28 de junio se cumplieron 75 años de la alternativa de uno de los diestros más importantes de la historia de la tauromaquia, Antonio Ordóñez. Un torero de dinastía que hizo grande el apellido de su familia
La segunda mitad del siglo XX se había iniciado con el tremendo tirón que tuvo una nueva generación de novilleros llamados a renovar el escalafón y dar un nuevo aire al espectáculo taurino, que, tras la desaparición de Manolete, andaba un tanto alicaído. Aparicio, Litri, Antoñete, Pedrés, Chicuelo II… y Antonio Ordóñez eran los nombres de moda en los carteles, y hubo ferias compuestas a base de novilladas. Aparicio y Litri tomaron la alternativa a finales de la campaña de 1950 y, al año siguiente, el que subió de categoría fue Antonio Ordóñez.Ya había toreado dos tardes en San Isidro aquella temporada de 1951. La primera fue el 20 de mayo de 1951 y, vestido de celeste y oro, hizo el paseíllo junto a José Ortega «Gallito Chico» y Manolo Vázquez para matar un encierro de Buendía remendado con dos utreros con el hierro de Felipe Bartolomé. A uno de ellos, el segundo de su lote y quinto del festejo, el nuevo Ordóñez le endilgó una faena en la que quedaron patentes todas sus virtudes, desde su poderío para reducir lo encastado del santacoloma hasta su arte una vez domeñado el genio y picante de su antagonista. Dos orejas se llevó de este ejemplar y otra más había paseado de su primero. Anunciado al día siguiente, un novillo de Antonio Pérez le atravesó un muslo.Un mes después, en este mismo escenario, tomaba la alternativa y abría una nueva época para el toreo. Era el jueves 28 de junio de 1951; Las Ventas se llenó hasta la bandera en la corrida a beneficio del Montepío de la Policía. Julio Aparicio fue el padrino y Miguel Báez Espuny «Litri», el testigo en un festejo en el que se lidiaron reses de Galache. Y ellos fueron los que triunfaron aquella tarde tan especial para el de Ronda, que vistió de celeste y oro. Sin embargo, las críticas que llovieron sobre la actuación de Ordóñez coincidieron en la proyección de su personalidad como torero y el halagüeño futuro que se le presentaba. El toro de la alternativa, «Bravío», se acabó demasiado pronto y el sexto fue manso, huido y peligroso. Pero el toricantano dio la cara y todo el mundo coincidió en que, si no hubiese fallado tanto con el estoque, al que cerró plaza le podría haber cortado alguna oreja tras una faena tesonera, valiente y de no poca porfía.En ABCEn la revista El RuedoLo mejor que hizo Ordóñez en su primero fueron unos pases ayudados por bajo, modelo de temple y de mando, que se aplaudieron. Eran el tanteo de la faena que se aguardaba. Pero esta no cuajó porque, en los pases que dio con la izquierda, cerrados con el de pecho, ya se vio que el toro no iba. Intentó luego con la derecha, sin que tampoco lograra ligar, y Ordóñez se decidió a matar, en lo que ya decimos que tardó. El juicio quedó expectante.La faena al sexto, si no lúcida, fue francamente buena. Ordóñez tiró del toro con maestría y ahínco, aguantando impávido alguna que otra tarascada. Porfió una y otra vez, adelantando la muleta por si lograba
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