En su documento identificativo el apellido que vislumbra es Schoua. Dada su difícil pronunciación, decidió sustituirlo artísticamente por el que ahora aparece en las portadas de sus obras. Esta rareza nominal es obra de un parentesco judío-libanés, dado que su abuelo nació en Beirut. Sin ánimo de avalar con nulas pruebas empíricas la teoría de que las personas con nombres peculiares están destinadas a triunfar, lo cierto es que el camino de la autora Ana María Shua ya parecía estar otorgado desde su gestación.. A pesar de tener aún pendiente la visita al país de Oriente Medio y a Polonia, de donde proviene otra de las ramas de su árbol genealógico, su oficio le permite desplazarse desde su domicilio en Buenos Aires a cualquier enclave planetario.. La escritora obtuvo gran prestigio por sus incursiones en el microrrelato. Incluso uno de sus tomos se titula «Cómo escribir un microrrelato», en el que, sin engañar a ningún rezagado, argumenta las nociones básicas para poder aventurarse en el género. De todos modos, si alguno de los lectores de este periódico le urge la escritura de uno y no sabe cómo empezar, también proporciona algunos consejos orales: «El que lo escribe debe tener en cuenta que está trabajando en una habitación pequeña, por lo que los muebles también han de serlo, y nunca puede ser un resumen de un texto más largo». En esta ocasión trae una antología de cuentos. «El cuerpo roto» (Páginas de espuma) recoge 12 narraciones cuyo hilo conductor es el dolor que vivimos, tanto físico como mental. «No es que encuentre bella la enfermedad, sino la posibilidad de plantear preguntas que rondan la conciencia humana», explica.. «Cuando leemos en la Prensa que alguien falleció por una larga enfermedad, ya sabemos cuál es». En este camino se mezcla tanto la ficción como la realidad. Esta hibridez contempla una estructura circular, ya que el primer y último escritos son autobiográficos. Como apertura se encuentra «Un canto a la vida». En él, la argentina trata una enfermedad que vivió hace casi un cuarto de siglo: un cáncer convertido en metástasis. «He tenido que dejar que pasen todos estos años para convertir mi experiencia en un cuento», confiesa al reflexionar sobre si es difícil tratar el sufrimiento personal en la escritura. El último relato es «Después de la muerte», sobre el velatorio de su padre, fallecido en 1975. «Llegó finalmente el momento en el que el dolor se convirtió en recuerdo y he podido publicarlo».. «Muy disfrutona». Muchas veces se entiende que aquellos que logran sobrevivir a un tumor cambian plenamente de ideología vital. Sin embargo, Shua no acaba de compartir esa convicción: «Siempre he sido muy disfrutona, por lo que al curarme volví a ser la misma de antes». Lo que sí rememora es el temor con el que cada mañana se despertaba, y cómo su primer pensamiento matutino siempre se disfrazaba bajo la palabra «metástasis». Es paradójica la vitalidad con la que la narradora explica el trasfondo de un libro que deposita sus energías sobre el trauma. Naturalmente, tiene una explicación que darle: «Me gusta la relación que el horror da a las relaciones humanas en situaciones límites».. Esta pasión por lo crudo, desgraciadamente, no siempre es bien acogida en círculos en los que el puritanismo prevalece frente a la sinceridad. En su tono esperanzador, alega, sin embargo, que ya se están derribando esos muros: «Cada vez hay menos cosas prohibidas». De cualquier manera, existe un eslabón por rescatar en esta batalla: el tabú del cáncer. «Todavía hoy leemos en un periódico que una persona falleció por una larga enfermedad, cuando sabemos perfectamente cuál era», prosigue.. No obstante, la escritora no quiere que los lectores se queden únicamente con la copla dramática: «Mis cuentos pueden ayudar a entender que alguien puede pasar por trances y seguir siendo útil», confiesa. Ella es el más cristalino ejemplo de ello, pues ni la más poderosa quimio ni el proceso posterior consiguieron que guardara su pluma en el fondo del cajón de su escritorio porteño.
La argentina lanza «El cuerpo roto», recopilación de cuentos donde el cáncer, la muerte y la esperanza conviven
En su documento identificativo el apellido que vislumbra es Schoua. Dada su difícil pronunciación, decidió sustituirlo artísticamente por el que ahora aparece en las portadas de sus obras. Esta rareza nominal es obra de un parentesco judío-libanés, dado que su abuelo nació en Beirut. Sin ánimo de avalar con nulas pruebas empíricas la teoría de que las personas con nombres peculiares están destinadas a triunfar, lo cierto es que el camino de la autora Ana María Shua ya parecía estar otorgado desde su gestación.. A pesar de tener aún pendiente la visita al país de Oriente Medio y a Polonia, de donde proviene otra de las ramas de su árbol genealógico, su oficio le permite desplazarse desde su domicilio en Buenos Aires a cualquier enclave planetario.. La escritora obtuvo gran prestigio por sus incursiones en el microrrelato. Incluso uno de sus tomos se titula «Cómo escribir un microrrelato», en el que, sin engañar a ningún rezagado, argumenta las nociones básicas para poder aventurarse en el género. De todos modos, si alguno de los lectores de este periódico le urge la escritura de uno y no sabe cómo empezar, también proporciona algunos consejos orales: «El que lo escribe debe tener en cuenta que está trabajando en una habitación pequeña, por lo que los muebles también han de serlo, y nunca puede ser un resumen de un texto más largo». En esta ocasión trae una antología de cuentos. «El cuerpo roto» (Páginas de espuma) recoge 12 narraciones cuyo hilo conductor es el dolor que vivimos, tanto físico como mental. «No es que encuentre bella la enfermedad, sino la posibilidad de plantear preguntas que rondan la conciencia humana», explica.. «Cuando leemos en la Prensa que alguien falleció por una larga enfermedad, ya sabemos cuál es». En este camino se mezcla tanto la ficción como la realidad. Esta hibridez contempla una estructura circular, ya que el primer y último escritos son autobiográficos. Como apertura se encuentra «Un canto a la vida». En él, la argentina trata una enfermedad que vivió hace casi un cuarto de siglo: un cáncer convertido en metástasis. «He tenido que dejar que pasen todos estos años para convertir mi experiencia en un cuento», confiesa al reflexionar sobre si es difícil tratar el sufrimiento personal en la escritura. El último relato es «Después de la muerte», sobre el velatorio de su padre, fallecido en 1975. «Llegó finalmente el momento en el que el dolor se convirtió en recuerdo y he podido publicarlo».. Muchas veces se entiende que aquellos que logran sobrevivir a un tumor cambian plenamente de ideología vital. Sin embargo, Shua no acaba de compartir esa convicción: «Siempre he sido muy disfrutona, por lo que al curarme volví a ser la misma de antes». Lo que sí rememora es el temor con el que cada mañana se despertaba, y cómo su primer pensamiento matutino siempre se disfrazaba bajo la palabra «metástasis». Es paradójica la vitalidad con la que la narradora explica el trasfondo de un libro que deposita sus energías sobre el trauma. Naturalmente, tiene una explicación que darle: «Me gusta la relación que el horror da a las relaciones humanas en situaciones límites».. Esta pasión por lo crudo, desgraciadamente, no siempre es bien acogida en círculos en los que el puritanismo prevalece frente a la sinceridad. En su tono esperanzador, alega, sin embargo, que ya se están derribando esos muros: «Cada vez hay menos cosas prohibidas». De cualquier manera, existe un eslabón por rescatar en esta batalla: el tabú del cáncer. «Todavía hoy leemos en un periódico que una persona falleció por una larga enfermedad, cuando sabemos perfectamente cuál era», prosigue.. No obstante, la escritora no quiere que los lectores se queden únicamente con la copla dramática: «Mis cuentos pueden ayudar a entender que alguien puede pasar por trances y seguir siendo útil», confiesa. Ella es el más cristalino ejemplo de ello, pues ni la más poderosa quimio ni el proceso posterior consiguieron que guardara su pluma en el fondo del cajón de su escritorio porteño.
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