La nuestra es una sociedad desarraigada. Tal afirmación se ha vuelto ya un lugar común. Sin raíces familiares, sin valores compartidos, sin un suelo (asequible) sobre el que construir un camino propio ni un techo bajo el que refugiarse de los diluvios financieros, políticos y mentales; sin un asidero moral ni espiritual en el que orientarse entre los ríos de la vida, el «homo millennial» navega a la deriva de la sociedad líquida, permitiéndose a sí mismo pocas certezas más allá de la seguridad heideggeriana de ser para la muerte. Y, entre toda esta fluidez, un desarraigo particularmente oneroso es el de la razón. Razonar las cosas, preguntarse los motivos y argumentos es cada vez más una excentricidad enemiga de la realidad, una realidad en la que los «líderes» políticos roban mientras denostan el robo, mienten mientras alaban la verdad y blasfeman mientras aplauden al Papa. La razón es una rareza, y quienes la defienden, unos filósofos con poca calle (y menos dinero, por cierto), o unos profetas sin techo. Hace unos años, le pregunté a un amigo periodista a qué voz de los medios de comunicación podía seguir para informarme de modo más o menos crítico y escuchar una opinión razonable de la actualidad. Un nombre surgió casi espontáneo: Alsina. La curiosidad me picó y comencé a escuchar a un locutor que, en su honestidad y bienhumorada resignación, me resultó cada día más simpático. Aquel periodista no se limitaba a contarme cosas —«les cuento una historia, que es muy corta, ya verán»—, sino que también me retaba a interpretarlas y a cuestionar las versiones oficiales, sin dar la suya misma por palabra divina. A través de los años, Carlos Alsina comenzó a acompañarme diariamente —«hacer compañía», según él, es la misión primordial de la radio— y a sacarme risas y sonrisas en muchos días solitarios en países lejanos. Conocí a una persona humilde, agradable y profundamente respetuosa de su interlocutor y de sus oyentes, ya fueran estos políticos, activistas, obispos o víctimas de catástrofes naturales. Sus entrevistas a personajes clave de la vida política española —especialmente la hecha a Pedro Sánchez en 2023— son obras maestras de la dialéctica y de la crítica. Su cobertura de las inundaciones de octubre de 2024 nos brindó a muchos valencianos expatriados una versión tierna, empática y compasiva de la tragedia que hundió durante unos meses en el barro a nuestro pueblo. Sus opiniones de las ocho —sermones, como él los llama— tienen una cualidad nada desdeñable y que resulta hasta cierto punto un atrevimiento filosófico: considerar que la verdad existe y puede conocerse, por mucho que habitualmente solo nos ofrezca un aspecto fragmentario de su hermoso rostro. Carlos Alsina se retira de la primera línea de la radio. Los que anhelamos voces públicas que, sin partidismos ni pretensiones de absoluto, con la sencillez de una humildad sazonada de buen humor, sigan cr
Aquel periodista no se limitaba a contarme cosas, sino que también me retaba a interpretarlas y a cuestionar las versiones oficiales, sin dar la suya misma por palabra divina
La nuestra es una sociedad desarraigada. Tal afirmación se ha vuelto ya un lugar común. Sin raíces familiares, sin valores compartidos, sin un suelo (asequible) sobre el que construir un camino propio ni un techo bajo el que refugiarse de los diluvios financieros, políticos y mentales; sin un asidero moral ni espiritual en el que orientarse entre los ríos de la vida, el «homo millennial» navega a la deriva de la sociedad líquida, permitiéndose a sí mismo pocas certezas más allá de la seguridad heideggeriana de ser para la muerte.Y, entre toda esta fluidez, un desarraigo particularmente oneroso es el de la razón. Razonar las cosas, preguntarse los motivos y argumentos es cada vez más una excentricidad enemiga de la realidad, una realidad en la que los «líderes» políticos roban mientras denostan el robo, mienten mientras alaban la verdad y blasfeman mientras aplauden al Papa. La razón es una rareza, y quienes la defienden, unos filósofos con poca calle (y menos dinero, por cierto), o unos profetas sin techo.Hace unos años, le pregunté a un amigo periodista a qué voz de los medios de comunicación podía seguir para informarme de modo más o menos crítico y escuchar una opinión razonable de la actualidad. Un nombre surgió casi espontáneo: Alsina. La curiosidad me picó y comencé a escuchar a un locutor que, en su honestidad y bienhumorada resignación, me resultó cada día más simpático. Aquel periodista no se limitaba a contarme cosas —«les cuento una historia, que es muy corta, ya verán»—, sino que también me retaba a interpretarlas y a cuestionar las versiones oficiales, sin dar la suya misma por palabra divina.A través de los años, Carlos Alsina comenzó a acompañarme diariamente —«hacer compañía», según él, es la misión primordial de la radio— y a sacarme risas y sonrisas en muchos días solitarios en países lejanos. Conocí a una persona humilde, agradable y profundamente respetuosa de su interlocutor y de sus oyentes, ya fueran estos políticos, activistas, obispos o víctimas de catástrofes naturales. Sus entrevistas a personajes clave de la vida política española —especialmente la hecha a Pedro Sánchez en 2023— son obras maestras de la dialéctica y de la crítica. Su cobertura de las inundaciones de octubre de 2024 nos brindó a muchos valencianos expatriados una versión tierna, empática y compasiva de la tragedia que hundió durante unos meses en el barro a nuestro pueblo. Sus opiniones de las ocho —sermones, como él los llama— tienen una cualidad nada desdeñable y que resulta hasta cierto punto un atrevimiento filosófico: considerar que la verdad existe y puede conocerse, por mucho que habitualmente solo nos ofrezca un aspecto fragmentario de su hermoso rostro.Carlos Alsina se retira de la primera línea de la radio. Los que anhelamos voces públicas que, sin partidismos ni pretensiones de absoluto, con la sencillez de una humildad sazonada de buen humor, sigan creyen
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