Lo que comenzó como un gesto simbólico en los primeros meses del mandato de los Comuns de Ada Colau se ha ido consolidado, en pleno 2026, como una de las transformaciones más profundas de la identidad urbana de Barcelona. La «desborbonización» del nomenclátor no ha sido solo una cuestión de placas; se ha ido convirtiendo en una batalla por el relato histórico de la ciudad.. El goteo de cambios comenzó con fanfarria polémica en 2016. La emblemática Plaza de Juan Carlos I, en la intersección de la avenida Diagonal con el Paseo de Gràcia, fue la primera en caer. El Ayuntamiento decidió recuperar el histórico nombre de Cinc d’Oros, la denominación popular que los barceloneses nunca dejaron de usar. Fue el primer aviso de lo que estaba por venir. El emérito dejaba de tener una plaza bautizada en su honor tras la fracasada intentona golpista del 23 F.. Poco después, la periferia tomó el relevo. En Nou Barris, la Avenida de Borbó —un nombre genérico que englobaba a toda la familia real— pasó a ser la Avinguda dels Quinze. El cambio no fue arbitrario: recordaba el precio (15 céntimos) del antiguo billete de tranvía que moría en ese punto, una victoria de la memoria vecinal sobre la heráldica.. La revisión no perdonó ni a los herederos ni a las infantas. Uno de los cambios más celebrados por los vecinos de Gràcia y Sant Gervasi fue la reconversión de la Avenida del Príncipe de Asturias en Riera de Cassoles. En este caso, el mapa no solo perdió un título real, sino que recuperó la geografía física de la ciudad, devolviendo el protagonismo al curso de agua que antiguamente separaba ambos municipios.. Uno de los últimos cambios fue el del Paseo Juan de Borbó que desde fecha reciente es el Paseo Nacional, recuperando su denominación del siglo XIX.
La capital catalana ha suprimido de su callejero cualquier referencia en su callejero
Lo que comenzó como un gesto simbólico en los primeros meses del mandato de los Comuns de Ada Colau se ha ido consolidado, en pleno 2026, como una de las transformaciones más profundas de la identidad urbana de Barcelona. La «desborbonización» del nomenclátor no ha sido solo una cuestión de placas; se ha ido convirtiendo en una batalla por el relato histórico de la ciudad.. El goteo de cambios comenzó con fanfarria polémica en 2016. La emblemática Plaza de Juan Carlos I, en la intersección de la avenida Diagonal con el Paseo de Gràcia, fue la primera en caer. El Ayuntamiento decidió recuperar el histórico nombre de Cinc d’Oros, la denominación popular que los barceloneses nunca dejaron de usar. Fue el primer aviso de lo que estaba por venir. El emérito dejaba de tener una plaza bautizada en su honor tras la fracasada intentona golpista del 23 F.. Poco después, la periferia tomó el relevo. En Nou Barris, la Avenida de Borbó —un nombre genérico que englobaba a toda la familia real— pasó a ser la Avinguda dels Quinze. El cambio no fue arbitrario: recordaba el precio (15 céntimos) del antiguo billete de tranvía que moría en ese punto, una victoria de la memoria vecinal sobre la heráldica.. La revisión no perdonó ni a los herederos ni a las infantas. Uno de los cambios más celebrados por los vecinos de Gràcia y Sant Gervasi fue la reconversión de la Avenida del Príncipe de Asturias en Riera de Cassoles. En este caso, el mapa no solo perdió un título real, sino que recuperó la geografía física de la ciudad, devolviendo el protagonismo al curso de agua que antiguamente separaba ambos municipios.. Uno de los últimos cambios fue el del Paseo Juan de Borbó que desde fecha reciente es el Paseo Nacional, recuperando su denominación del siglo XIX.
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